Capítulo VII (EEM)

No supe qué contestar. ¡Si tan solo aquella inocente niña supiera quién era yo en realidad! ¡Si supiera qué cosa tan aterradora e insignificante era mi vida! Desde luego que era sincero y no creía seguir los patrones de la sociedad, pero ¿no era yo precisamente parte de esa decadencia? ¿No asistía cada fin de semana a follarme a aquellas putas y embriagarme en antros baratos y buscar placeres en infinidad de labios? ¿No era yo un mero trabajador de oficina con una vida absurda y mediocre, rayando en una absoluta insipidez? ¿No usaba tantas máscaras y a la vez ninguna? ¿Qué clase de hombre había sido todos estos años y en qué continuaría transfigurándome? ¿No había reconocido la decadencia y la estupidez del mundo y había decidido obviarla y entregarme a toda clase de impulsos mundanos? ¿Dónde estaban precisamente mis sentimientos y qué era eso que yo tenía y que el mundo había perdido? ¿Cuál era mi auténtica esencia y en qué clase de pantanosa miseria me revolcaba sin importarme nada más? ¿Acaso había pasado tanto tiempo solo y sin sentido, sumido en reflexiones que no llevaban a ninguna parte, que me había olvidado de mí mismo? ¿Acaso había dejado todo a esta humanidad recalcitrante que rechazaba y adoraba a la vez?

¿Me había olvidado de sentir, de conocerme a mí mismo, de profundizar en el origen de mi yo verdadero? Por supuesto que era decadente, pues todo me era indiferente, incluso si se trataba de la muerte de Jicari o de cualquier otra niña. ¿Qué me importaba también si Melisa si había suicidado por mi culpa? Y ¿qué si mis padres me extrañaban y pedían que los visitara? Y +qué si renunciaba hoy al trabajo, o mañana, o pasado mañana? ¿Qué relevancia tenía comer, dormir o reír? ¿Qué era amar, sentir, extrañar o llorar? ¿En dónde estaba verdaderamente mi corazón? ¿En dónde estaba yo? ¿Quién era yo en este ínfimo fragmento de existencia caótica? ¿Qué jodida y aciaga significación tenía vivir o morir si, en todo caso, terminaba por sentirme del mismo modo cada día? Hacía tanto tiempo que no hallaba la diferencia entre estos conceptos. Hacía tanto que me parecía haber muerto, y, sin embargo, todavía respiraba y creía ser real, al menos tangible y materialmente, al menos en este supuesto plano ignominioso donde la única liberación era lo que Jicari había mencionado. Pero no fui capaz de responderle, sus cuestionamientos y afirmaciones me desconcertaron, como si por primera vez algo quisiera imponerse a mi indiferencia absoluta.

–Supongo que es imposible no serlo, al menos mientras uno esté vivo.

–Y ¿consideras que lo estás? ¿Qué certeza tienes de ello?

Justamente antes de que pudiera intentar responder a tal inquisición apareció Akriza, la madre de aquella inverosímil y mugrosa niña. Noté que, en cuanto la vio subir por las escaleras y dirigirse hacia nosotros, toda empapada y con mal humor, Jicari sonrió y comenzó a brincar estrepitosamente. Debía querer mucho a su madre, realmente era algo supremo y adorable que pudiese abrazarla y besarla, sentir algo en su interior a pesar de querer morirse. Yo me limité a encender un cigarrillo y coloqué mis manos en los bolsillos. La verdad es que fumaba mucho, tanto que ya no contaba las cajetillas que fumaba al día, pero ¿acaso tenía alguna importancia?

Akriza venía sumamente mojada, pues el aguacero no había cesado desde que habíamos entrado al condominio. Traía lo que parecían ser unas bolsas de pan y también leche y huevo. Me pregunté cómo diablos habría conseguido tales alimentos, pero luego opté por no cuestionarme más. No quería ni imaginarme todo lo que tendría que haber hecho y con cuántos. Pero tuve también la extraña impresión de que eso estaba bien. Sí, de que yo no era nadie para alterar las funestas acciones de esa mujer que tanto me inquietaba. ¿Acaso podría cambiar su destino solo porque me atraía con una fuerza misteriosa? ¡Bah! Ni siquiera creía en el destino, ¿para qué complicarse tanto? Mejor sería solo contemplarla y disfrutarla, sin enredarse en asuntos tan profundos.

En cuanto llegó hasta nosotros la devoré con la mirada, percatándome de que no traía sostén y sus pezones lucían muy puntiagudos debido al frío que la invadía. Además, aunque de alguna manera sabía que no era bella, me gustaba demencialmente, me atraía de un modo que no concebía explicarme. Quería tomarla y besarla, hacerla mía cuanto antes, tal como aquel vejestorio lo había hecho. Seguramente todavía traería el esperma en su vagina, pero no importaba, ahora que la tenía tan cerca me era indiferente saber con cuántos hombres se había acostado o cuántas bocas había besado, lo único que deseaba era ser uno más en su lista.

Así ocurría siempre con todas las mujeres, pues, dado que el amor era solo un engaño execrable, lo único que se podía buscar en el sexo opuesto era el contacto físico y el idílico intercambio de fluidos, fuera de eso todo era mísero y obsoleto. Y todos los que se engañaban a sí mismos aparentando que se amaban o que se adoraban me producían estrepitosas carcajadas. El humano no era una criatura apta para amar, solo se trataba de un reflejo instintivo manifestado en la copulación, y nada más existía fuera de esto. Pero así eran estos seres de los que me veía rodeado diariamente, intentando luchar por cosas banales y por meras ilusiones que, en su desesperación, creían reales para dar un sentido al lúgubre vacío de sus tediosas vidas.

–¿Dónde diablos te habías metido, chiquilla del demonio? ¿Es que acaso no te cansas de ocasionar problemas? –fue lo primero que Akriza espetó, casi ignorando mi presencia y tomando a la pringosa Jicari del brazo.

–Estaba con mi nuevo amigo, Lehnik, quien vive en el piso de abajo.

–Y ¿con qué derecho es que te vas con desconocidos y dejas a tu pobre madre batallar en su pensamiento? ¿Acaso crees que no te he buscado como una loca por todo el barrio?

–Lo siento, es solo que me aburrí de esperar.

–Y eso ¿a mí qué? Todo lo que tenías que hacer era vigilar y quedarte quieta.

–Bueno, ya no te enojes así, momi. Además, ha valido la pena el regaño.

–Ah, ¿sí? ¿Y por qué?

–Por mi nuevo amigo, mi primer amigo en toda mi vida.

–Buenas tardes, mucho gusto –dije interrumpiendo a Jicari y aprovechando la oportunidad que tanto había esperado–. Creo que solo nos conocíamos de vista, y realmente yo tenía grandes deseos de entablar conversación con usted.

–Buenas tardes –replicó Akriza como analizando mis intenciones–. Entonces es usted quien trajo a Jicari hasta aquí, o ¿me equivoco?

–Sí, fui yo. Me disculpo si le ocasioné algún inconveniente.

–No, para nada. Lo único que no tolero es que esta sinvergüenza siempre ande queriendo pasarse de lista.

–Pero momi, yo solo…

–Nada de momi, ya verás que algún día lo pagarás cuando tengas hijos y un marido.

–Por eso jamás me casaré ni tendré hijos. Es más, ni siquiera deseo continuar viviendo.

–¡Cállate! Deja de hablar estupideces, ¿qué va a decir el señor Lehnik de ti? ¿Es que no te da pena lo que la gente pueda pensar?

–No; de hecho, creo que su hija es una niña bastante despierta para su edad, es muy inteligente –interrumpí nuevamente.

–El señor Lehnik es un sujeto bastante intrigante, tiene ideas un tanto parecidas a las mías.

–¡Santo cielo! Ahora veo por qué me parecía sospechoso todo esto –se lamentó Akriza, luego se dirigió a mí–. No le haga mucho caso, es solo una niña tonta y no sabe nada de la vida. Me imagino que usted ya sabrá de lo que le hablo, es mejor dejar que su cerebro madure, pues, por ahora, creo que dice puras tonterías.

–Pero momi, yo solo digo la verdad y lo que percibo.

–¡Cállate! ¿Acaso es que te atreves a contradecirme?

–Como usted diga. De todos modos, no creo lo que otros me dicen tan fácilmente, siempre me cuestiono todo –expresé mirando a Jicari y guiñándole el ojo.

–Pues será mejor que así sea. Por ahora debemos irnos, pero le deseo que tenga una tarde agradable y disculpe por las molestias que hayamos podido ocasionarle.

–Hasta luego Lehnik, supongo que podremos hablar con más calma en otra ocasión, ¡je, je! –dijo Jicari mientras sonría y me mostraba sus dientes podridos.

–Seguramente sí, hasta luego.

Y así fue como se marcharon las dos mujeres, tanto la pringosa Jicari como su pérfida madre. Todavía percibí que discutían un asunto mientras se dirigían hacia las escaleras que conducían al tercer piso. Por supuesto que mis ojos solo pudieron observar los movimientos de aquella mujer y fantasear de todas las maneras posibles. Terminé mi cigarrillo y entré en mi habitación, feliz porque al fin había podido, aunque no de la mejor manera, dirigir algunas palabras a Akriza. Barrunté que Jicari podría serme de gran ayuda, pues me daría bastantes detalles de lo que ocurría en su hogar con la mayor fidelidad, pues nunca mentía. Por otra parte, podría usar esto como pretexto para fingir que me interesaba ir a su departamento a platicar y así visualizar la mejor oportunidad para follarme a su madre.

Ni por un momento podría sacar de mi memoria la concupiscencia con que aquel vejestorio se la tiraba. Reflexionaba que, si este viejo había podido hacerla suya, entonces no debía resultar tan complejo que yo lo hiciera; tal vez resultaría mucho más fácil de lo que imaginaba. Posiblemente ella querría dinero, o se vería en la necesidad de solventar los gastos y la renta, cosa que su funesto esposo no haría ni en sus sueños. Lo más extraño de todo era la naturalidad con que se habían enlazado los sucesos, y parecía como si una especie de destino, cosa en la que no quería creer, hubiera actuado misteriosamente. Del señor Golpin no debía preocuparme en lo absoluto, pues casi nunca estaba y, cuando lo hacía, era en un estado de absoluta ebriedad. Así pues, dentro de muy poco conseguiría mis objetivos, solo debía ser paciente y concentrarme en el modo en que lo haría. No cabía la menor duda de que Akriza sería mía en una de las noches próximas, y que al fin saciaría esta ansiedad desquiciante por poseerla.

Terminé el día sin cenar, masturbándome tres veces seguidas con los vívidos recuerdos de Akriza y aquel viejo. Luego, cuando ya me disponía a dormir, volvió a mi cabeza el asunto del suicidio y todo el discurso de Jicari, incluyendo su rara actitud hacia mí y sus inexplicables afirmaciones. Innegablemente existía algo que la había trastornado y yo creía saber qué era. La pobre y mugrosa Jicari lucía endurecida ante esto, con la firme convicción de querer morir y no ser parte de este mundo decadente. Debo confesar que, por unos instantes, me recordó aquella ocasión en que tomé el revólver y casi me volaba los sesos de no haber sido porque escuché un susurro a lo lejos que decía mi nombre. Lo raro fue que, cuando salí, caminé sin dirección alguna, hasta detenerme en un pequeño club de baile, lugar en donde conocería a Melisa y mi vida cambiaría hasta lo que es ahora. En fin, sabía que un nuevo día estaba por comenzar, otra insípida página en este anodino libro que era mi vida, o, tal vez, mi muerte.

Después de desayunar pensé en qué haría el resto del día, era muy temprano y el sol brillaba con intensidad, anunciando un domingo despejado. Supuse que podría hacer muchas cosas si tan solo realmente quisiera hacerlas. Sabía que los humanos eran así siempre, pues llevaban a cabo actos maquinalmente, por mero impulso y sin reflexionar si realmente se trataba de algo que quisieran hacer. La vida, por esto mismo, no tenía sentido. Pues ¿qué sentido podría haber en sentirse forzado en todo momento a hacer cosas que uno no quería para vivir la vida? No era congruente el querer y el hacer, pero tampoco necesario. Las personas trabajaban no por obligación, sino porque así querían hacerlo, ya que en realidad podían decidir lo contrario y morirse de hambre por no comer. Pero siempre se podía decidir, o al menos así me gustaba creerlo, en esta clase de cosas. Y, aunque era un misterio saber si antes de vivir existía también la elección de hacerlo o no, pensaba que este era un tormento sin igual.

La existencia era un gasto innecesario de energía, de inconexos destellos de genialidad y abundantes fragmentos de absurdidad. En todo lo que había experimentado hasta ahora no me parecía que pudiese verme a mí mismo eligiendo vivir. Y, de ser así, ¿qué clase de cosas podrían haberme impulsado a tal elección? ¿Es que debía aceptar que todos estábamos aquí por algo y que esto no era tan absurdo como pensaba? Entonces ¿sí importaba negarse a las pasiones mundanas y vivir bajo un esquema espiritual? ¡Qué oscuro y confuso era lo que me atormentaba! Pero, al fin y al cabo, uno podía creer lo que quisiera y basar todos sus comportamientos y acciones en esto, incluso si fuese una mentira. Porque, de ser así, ¿cuándo tendríamos la certeza de que nuestro modo de vivir había sido bueno o malo, correcto o incorrecto, espiritual o mundano, sublime o vil? Precisamente esta certeza la tendríamos cuando ya hubiésemos muerto, y, por tanto, ya ninguna relevancia tendría.

Siendo así, era válido que el humano se reconstruyera bajo sus propios principios y valores, anulando toda clase de atavismo e imponiéndose no tanto como dogma, sino como guía de un despertar cósmico. Y, si en la muerte no existían respuestas, me sentiría decepcionado, pero también encantado por no volver jamás a esta experiencia infame. De tal suerte que ser decadente o consciente eran conceptos demasiado vagos para tener importancia. Yo era un sujeto tan intrascendente como cualquier otro, por mucho que quisiera encubrir esta angustia.

No obstante, podría pasarme el resto del día intentado discernir lo indescifrable. Con cierto desagrado noté que no tenía ganas de nada, ni siquiera de existir, y era en verdad algo sórdido y agobiante el tener que soportar esta vida banal en esta sociedad repugnante. Fue entonces cuando pensé en mis padres, en esos sujetos que siempre se habían preocupado por mí y a los cuáles no visitaba desde hace ya tanto. Hoy sería el momento, hoy y no otro día era el elegido para visitar aquella casita agradable en las lejanías de la ciudad. Aunque estaba algo lejos, no podía negar que me agradaba pasar el tiempo ahí cuando, hasta hace unos años, todavía no me daba igual que mis padres estuviesen vivos o muertos. Pero todos actuábamos del mismo modo, solo que la hipocresía cegaba a tantos y los atiborraba de prejuicios y obsoletas acciones.

Yo sabía que los padres rara vez entendían los requerimientos de los hijos, y estos a su vez querían libertad e independencia. Solo en los humanos débiles seguía vivo el concepto de permanecer siempre junto a la familia y de agradecer a los padres por todo lo brindado. Esa era otra de las máscaras que se colocaban cotidianamente las personas, aunque yo había decidido hace tiempo que ni siquiera asistiría al funeral. Es más, de preferencia elegiría que los cremasen, pues para nada sería de esos ingenuos patéticos quienes derramaban lágrimas y atascaban las tumbas de flores. Yo no tenía ni tiempo ni ganas para ello, y por eso mis padres se habían molestado conmigo antes de que me fuera de la casa.

Debo decir que en el camino pensé muchas cosas, especialmente me molestaba tener que existir. Sí, eso era una verdadera desgracia. Si tan solo pudiera borrar mi existencia, pero era imposible. Además, ¿qué o quién había decidido que yo tenía que existir? Y, también, ¿para qué existir? Eso era lo más perturbador, que no parecía haber una razón. Todo era tan absurdo, todo lucía tan gris y todo me aburría. Sin duda, como cada vez que elucubraba acerca de esto, terminaba con la misma pregunta: ¿por qué no me suicidaba? Pero, cuando menos lo noté, ya era la hora de bajarme del tren. Era extraño, hacía ya tanto tiempo que no visitaba a mis padres que incluso había olvidado sus rostros.

Era un poco gracioso que ahora yo fuese tan diferente, que ahora todo me diera igual. Por unos momentos hasta me pareció ver a un chico con un balón que usaba una sudadera muy parecida a una que yo usaba cuando iba a jugar fútbol en las canchas del parque. Y lo que más me cautivó era la sonrisa del adolescente, pues me hizo recordar que hacía tanto desde la última vez que me había sentido feliz y que había esbozado una ligera mueca similar a una sonrisa. ¿Desde cuándo todo se había descompuesto en mí? ¿Por qué sentía tal indiferencia? ¿Quién era yo ahora? En fin, al llegar a la casa de mis padres noté que la fachada lucía un poco mejor desde la última visita que había hecho hacía ya tanto. Cuando llamé a la puerta mi padre abrió sonriendo y dándome la bienvenida.

Fue ligeramente exagerada mi llegada, pues mi madre me colmó de besos y bendiciones, mostrándose tan alegre de que, al fin, después de tan prolongado lapso de ausencia, me decidiera a pasar un día en su compañía. Charlamos un poco, aunque me mostré adusto como siempre, pues rara vez lograba tener una plática profunda con alguien. En general, casi todas las charlas que lograba entablar eran muy superficiales, pues para nada me atraía conversar sobre los clásicos temas que la gente consideraba interesantes: fútbol, vidas ajenas, dinero, trabajo y espectáculos. Y, algunos a quienes creía intelectuales engañados, se la pasaban hablando de algunas ciencias particulares o filosofías obsoletas, lo cual también me aburría. Era apático, eso no se podía negar, pero ¿qué hacer? ¿Acaso fingir que me interesaba hablar sobre bagatelas sería más correcto?

Y con mis padres no era distinto, como bien yo sabía, pues, cuando intentaba hablar de temas más profundos o expresar mi verdadero pensamiento, se molestaban y decían que yo estaba demente o que dejara de decir tonterías. Por supuesto que les ofendía en demasía el hecho de que no creyera en ningún dios, pues, cuando el coloquio era religioso, las cosas entre ellos y yo nunca marchaban en paz. Y así con otros tantos asuntos, como también con la mayoría de las otras personas. Por eso casi siempre me mantenía en silencio, interactuando con fines netamente laborales o indispensables. Creo que con quienes más llegaba a entenderme y a hablar eran las prostitutas de la avenida Astraspheris. Entonces pensé en Jicari, indudablemente me había agradado su forma de ser y su percepción. Con aquella niña simiesca y apestosa ¡sí que me entendía bien! Tal vez porque ella, como yo, también vivía obsesionada con la idea del suicidio.

–¡Lehnik! Por fin has decidido visitarnos, estaba un tanto angustiado por ti y tu salud –exclamó repentinamente una voz que reconocí de inmediato–. ¿Por qué has dejado pasar tanto tiempo antes de visitarnos? No tienes idea del llanto que mamá diariamente suelta en tu honor.

–Hola hermano, me da gusto ver que te encuentras bien –repliqué.

El día transcurrió de la manera más sencilla posible, como cualquier otro domingo donde nada en especial hacía. Tras conversar sobre los detalles más intrascendentes, tales como mi empleo, mi salud, mis pasatiempos, etc., acompañé a mi madre al mercado para comprar las cosas de la comida y aproveché para adquirir unas cuántas prendas baratas que consideraba me hacían falta. Mi hermano se quedó en casa puesto que tenía que realizar algunas tareas para la escuela. Estaba ya en el último semestre de la preparatoria y se sentía presionado puesto que también debía estudiar para el examen a la universidad. Según dijo someramente, quería ser químico, o si no, bacteriólogo. A mí me pareció interesante, aunque a mis padres, evidentemente, no les satisfacía esta decisión.

Por otra parte, mi madre parecía feliz y disfrutaba enormemente mi presencia; yo era casi como una deidad para ella. Creía que la quería demasiado, aunque era incapaz de tener la certeza de que así fuera. ¿Por qué habría de apreciarla a tal grado? ¿Era solo el simple hecho de que era mi madre? En cualquier caso, ¿significaba esto que los hijos deben automáticamente querer a sus padres por el sencillo y trivial, e incluso accidental punto de que gracias a ellos existimos? No lo entendía, pero miraba a mi madre reír con tal naturalidad que no quise enfrascarme en reflexiones tan extrañas, al menos no por ahora. ¡Qué raro era pasar tiempo con mi familia después de años sin verlos! En el fondo, sin embargo, sabía que yo no podía ser lo que ellos querían.

Miraba a las personas ir y venir mientras esperaba a que mamá comprara las verduras, lo único que faltaba para regresar a casa. Entonces una nostalgia se apoderó de mí, creo que incluso llegó a ser, en determinado momento, mucho más fuerte que mi indiferencia. Eso era lo que me confundía y me hostigaba de los sentimientos, o lo que entendía por ellos: que siempre cambiaban y no ofrecían tregua, que llegaban tan violentamente para desaparecer con la misma rapidez. Ciertamente, cuando estos inusuales ataques sentimentales llegaban a mí, me mantenía absorto hasta que desaparecían. Era como estarse ahogando en un mar inmenso donde la marea subía y bajaba a cada instante, sin posibilidad alguna de predecir sus movimientos.

Entonces hallaba tan complejo mantener la respiración bajo el agua, y también me resultaba intrincado sentirme fuera. No estaba tranquilo ni dentro ni fuera, sino que buscaba absurdamente que todo se calmara, y esto lo lograba con mi indiferencia. Así era en la caótica existencia, detestaba cuando venían emociones fuertes, ora buenas, ora terribles. Prefería mantenerme inamovible frente a cualquier viento, fuese una ligera brisa o un torbellino. Y aquellas personas continuaban yendo y viniendo, adquiriendo objetos y alimentos, riendo y enojándose, creyendo vivir y resignados a la cotidianidad de su rutinaria esencia. Me entristeció saber que yo, pese a todo, pertenecía a ellos. Y que seguramente, mientras mamá hacía lo mismo cada día, yo me entretenía con cualquier prostituta, o coqueteaba con las mujeres a las que solo utilizaba para divertirme. O, tal vez, estaría hundido en el alcohol en algún antro de mala muerte rodeado de borrachos imposibles como yo, vomitado y hasta orinado, sin poder ni siquiera mantenerme en pie.

Luego estaban ellos, el resto de los seres que causalmente se cruzaban en mi interior. Era misterioso elucubrar que, mientras papá trabajaba para mantener los gastos de la casa y mi hermano estudiaba fervientemente y me idolatraba en su mente, yo proseguía con mi irónico y absoluto desprecio e indiferencia. Ellos seguían sus vidas tan desconsideradamente, sin cuestionarse jamás el sentido de su existencia. Y esas personas yendo y viniendo eran iguales, yo lo era también. Pero a la vez esto contradecía mi naturaleza, pues, si bien era similar al resto de personas, también, muy en el fondo, algo susurraba lo contrario. Si tan solo mamá supiera todo lo que había hecho en estos últimos años, ¿acaso me querría un poco menos por eso? ¡Cuán enigmático resultaba ser todo ese asunto del amor fraternal, tan distinto del apego sustancial en las relaciones de pareja! Y, pese a todo, terminaba por reducirse a lo mismo, a una mera percepción desgastada por el paso del tiempo. Si toda clase de querer y amar convergían a un desastroso percance, entonces ¿para qué hacerlo? Si toda existencia iba y venía, se corrompía y, en última estancia, se extinguía en el ocaso de la eviterna poesía de la muerte, entonces ¿para qué experimentarla?

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Libro: El Extraño Mental


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