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Sempiterna Desilusión 20

Naturalmente, a las personas no les ocasiona problema alguno el permanecer en su irrevocable estado de ignorancia, miseria y envilecimiento. Incluso, creo que se sentirían mal si no se hallaran en él. La naturaleza humana es algo completamente sórdido y desproporcionadamente irrelevante; un trágico vómito del caos que debería ser erradicado sin mayor preámbulo. ¡Qué horrible es la posibilidad que se hizo latente cuando se originó la creación del mono y todos sus delirios! Intento hallar motivos para este sinsentido, algo que pueda arrojar luz sobre las inmensas tinieblas que se ensañan con lo mundano del asunto. Vivo, si es que tal expresión puede aplicarse, en un constante estado de depresión suicida del cual no puedo escapar. No puedo porque no tengo otro estado al cual dirigirme; no tengo otra cueva en la cual esconderme de la pesadilla que devora todo a su paso y que carcome cualquier esperanza. ¡Otros sí que podrían, otros sí que verían sendas en donde yo solo percibo decadencia sin límites! Y también, como ellos, he tomado en ocasiones estas veredas solo para comprobar mi voluntad. Ni lo humano ni lo divino me convence ni me interesa; estoy en el punto medio donde el cielo y el infierno me parecen igualmente absurdos y lo que quisiera más bien es un suicidio que no tuviera principio ni final; un estado de hermosa inexistencia eterna más allá de toda dimensión, plano o realidad.

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Me pregunto si acaso hubo un error en mi esencia o si estaba yo predestinado a existir en otro plano o dimensión, porque pareciera que para nada he sido hecho para las cosas de esta absurda civilización. Odio todo aquello que tenga que ver con lo humano y simplemente me ocasiona náuseas salir a las calles y mirar a las personas con su cara de imbéciles. Espero poder matarme pronto, porque en verdad es ya lo único que añoro antes de dormir. Y espero, tras la muerte, disolverme en la nada… O, cuando menos, olvidar todo lo que aquí he conocido y a todos; incluso a mí, sobre todo a mí. Nada quiero volver a saber de la humanidad, del tiempo o de la vida en cualquiera de sus formas. Solo quiero saber de muerte eterna e infinita, de un estado más allá de lo conocido y lo desconocido en el cual tales conceptos sean incluso insuficientes para expresarse. Sé que mi humanidad es el impedimento principal y que no conseguiré nada hasta que me libere de ella de una vez por todas. ¿Deberé hacerlo yo o esperar pacientemente por el llamado? Mientras tanto, ¿qué hacer? Todo pareciera estar permitido, pero realmente nada me atrae ya. Son tan escasos los momentos en los que puedo sentirme feliz, en los que puedo sonreír todavía. Los ecos del ayer vomitan sobre mí con violenta melancolía, me arrebatan la poca tranquilidad que con tanto esmero parecía haber alcanzado. Me doy cuenta de lo humano que soy todavía y siento náusea de todos mis pensamientos, sentimientos y sensaciones; tomo la navaja y se libra la misma batalla de siempre en mi interior: ¿acabar con todo en este preciso instante o esperar un poco más? Siempre esperar, siempre arrojar la navaja lejos, siempre volver a vivir… ¡Maldita sea la hora en la que se originó mi lamentable y sombrío nacimiento! Me arrastraré por el infierno y desgarraré el firmamento hasta descubrir qué o quién hizo posible y obligatorio mi infame y absurdo tormento.

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No creo que ese tal dios del que hablan en tantas religiones pueda existir. De hacerlo, seguramente nosotros y este nefando mundo ya no existiríamos. Son demasiadas las contradicciones que implicaría aceptar su existencia, aunque puede que más bien nuestros cerebros inferiores no estén preparados para ello. ¿Lo estarán algún día? He ahí una cuestión que debería robarnos el sueño unas cuantas noches, puesto que es de capital importancia averiguarlo. Aunque actualmente ya a nadie le importe en lo más mínimo su propia evolución, menos la de la humanidad. Y, ciertamente, con que nos importase la primera podríamos sentirnos agradecidos con el rocío de las flores negras que han muerto y revivido en los recovecos de nuestro putrefacto interior. No entregarse a aquellos que pregonan la salvación del alma ni tampoco a esos que ofrecen reinos en algún cielo; su palabra se me antoja cargada de demasiada dulzura para ser cierta y encierra demasiado ego enmascarado en dogmas innecesarios. Pero dejemos que continúen lavando cerebros, creo que hoy en día hay cosas mucho peores. Lo que nos atañe a nosotros es escapar de aquí, sincronizarnos con lo divino sin que intervenga el factor humano y sin necesidad de sermones obsoletos. Y he aquí que, para ello, me parece indispensable una sola cosa: equilibrar el odio al yo con el amor al yo. Quizá cuando la balanza alcance el punto de equilibrio perfecto, nuestros ojos se abrirán a una nueva dimensión que nos hará olvidar todo lo experimentado hasta entonces. Ya nada querremos saber de dioses inventados, muertes enloquecedoras ni suicidios encantadores; ya no será necesario cuestionarse, porque la metamorfosis habrá culminado y ahora el infinito fluirá en nosotros como sangre en precipitación anormal y a punto de brotar por la garganta del gran demiurgo.

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Acaso el momento de mayor consciencia que podemos experimentar en nuestra patética y limitada humanidad sea el sentir plenamente, en lo más profundo de nuestras putrefactas entrañas, que nada de todo esto que vivimos es verdaderamente importante y que tan solo la muerte es real. ¿Por qué no podría ser así? Casi siempre se dice y escucha que el tiempo no es real, que es solamente una ilusión. ¿Y qué tal que sí lo es? ¿Qué tal si es lo único real (además de la muerte) y somos nosotros quienes nunca hemos existido? ¿Qué tal que somos nosotros la verdadera ilusión, la simulación de la realidad que constantemente buscamos rechazar? ¿Aquello que nos da vida es, asimismo, aquello que paralelamente nos mata? La ironía existencial sería creer que usando nuestros humanos (e inferiores) razonamientos podríamos descubrir las semillas del árbol sagrado y encapsular sus frutos de tal manera que no pudieran madurarse hasta que estuviésemos listos… ¿Para qué mentirnos tanto? ¿Para qué proseguir con aquellas sinfonías de piedad y amargura? Más nos valdría reconocer nuestra contemplación más apocalíptica y proferir las sentencias que abrirán las siete puertas del olvido sempiterno; en el día donde la luz y la oscuridad se integren en un hermafroditismo cósmico y sepulcral, ahí será cuando las revelaciones de la consciencia universal fluirán de un lado a otro como si se tratase de un manantial imposible de absorber. ¿Qué haremos ante tanta grandeza? ¿Cómo nos redimiremos de todos nuestros desvaríos en tanto nuestra carne es incinerada por el dragón místico de nueve colas? Teníamos alas, pero caímos en picada del tiempo eterno y los dioses no volvieron a mirarnos; mas aquí en la mayor inmundicia es también donde percibo tu presencia inmaculada detrás de esos ojos lapislázuli que me brindan un poco de esperanza en mi desoladora planicie infestada de soledad, tristeza e incertidumbre. ¡Ay, todos nuestros sentimientos están de cabeza y nuestro corazón se siente ensimismado por la locura divina de la que quizá ya no formaremos parte tras el lúgubre suicidio de la nostalgia encarnada! Los símbolos se alejaron, las tumbas fueron iluminadas y nuestro reflejo es lo único que, al fin y al cabo, sigue descendiendo en la espiral de inmarcesible podredumbre.

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Tal vez deberíamos perdonar a las personas a nuestro alrededor, ¿no es eso lo que haría cualquier dios compasivo y misericordioso? Después de todo, ¿tienen ellos la culpa de ser tan inferiores, simples y humanos? Probablemente ese sea el problema: creer que de seres tan mediocres podrá surgir algún día algo someramente divino. Lo mejor sería entonces olvidarse de este mundo y de la humanidad para siempre; olvidar que todos estos monos adictos al sexo y el poder más efímero pueden superarse a sí mismos y rozar el halo de la desesperación mediante el cual un mortal podría purificar su corazón atormentado. ¡Qué tontos somos, siempre persiguiendo fantasmas de grandeza y mitos de eternidad! Jamás conseguiremos cruzar el umbral con maestría sin que antes nos explote la mente y colapse nuestra supuesta cordura. Los estados de mayor paranoia pueden ser también ensoñaciones de algo trágico y sublime que intenta comunicarse, que usa un método distinto al tradicional. Mas ¿a quién le importa ser normal o estar cuerdo en un mundo que de antemano subsiste en el engaño? Podríamos volver a la rueda mil veces y seguir igual o incluso retroceder en nuestro propósito, sangrar más allá de los arreboles multicolor en los que se refugian los bellos ángeles del sol. La dualidad en nuestro interior parece ser demasiado inmensa para conquistarla en un último suspiro de paradójica iluminación, de éxtasis melodramático encubierto por las lágrimas de nuestro espíritu silenciado. ¿Qué verdad tendríamos que descubrir y qué camino tendríamos que recorrer? Cualquiera que no pueda (o no quiera) responder esto únicamente con la voz de su frenético y suicida interior estará reflejándose en espejos que se quiebran con el viento y en desiertos donde ningún mesías acude ya a purificarse.

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El vomitivo mono parlante, entre muchas otras cosas, es adicto al autoengaño. De hecho, su vida misma parte de él y se fortalece conforme sus falsas convicciones se incrementan también. Si desde un principio se exigiera verdad como condición fundamental de la vida, seguramente sería la nada quien reinaría. Denles a esos pobres tontos cualquier ideología masticada por los estragos del tiempo y la creerán irremediablemente; harán de ella la sabiduría que guiará sus vidas y se empeñarán en no rechazarla porque ello implicaría acaso su propia devastación interna. Los pobres se hallan ansiosos de que aparezca algún falso profeta o líder mundial que los conduzca hacia su perdición; requieren arrodillarse ante cualquier vulgar ídolo o ideología irracional que los despoje de su terrible libertad. ¡Sí, nada resulta más terrible para el ser humano que la libertad! El hacerse responsable de cada una de sus decisiones y, en general, de toda su vida. Tal peso es demasiado abrumador para él, lo sumerge en una vorágine de atrocidad y depresión de la cual huye despavorido y acepta cualquier falacia con tal de volver a la superficie de sus nauseabundos delirios. ¡Qué lástima me da la humanidad en su mayoría, tanto que hasta creo que aniquilarlos sería demasiado compasivo para cualquier entidad superior! ¿A quién le importa si este mundo está acabado o no? ¿A quién le importan las tonterías, obras y teorías de los humanos? El tiempo terminará por consumir todo aquello de lo que puedan vanagloriarse tan ridículamente y sus cuerpos, mentes y almas se pudrirán en el vacío eviterno del cual jamás debieron haber surgido.

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Sempiterna Desilusión


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