El mayor momento de lucidez al que podemos aspirar es aquel en el que nos percatamos de que la soledad, la locura y el suicidio son lo más hermoso que podemos experimentar en esta aciaga e inmunda existencia. Estos efímeros instantes, no obstante, no perduran lo suficiente como para hacernos entrar en razón y orillarnos al desprendimiento total de cuanto ha sido, es y podría ser. Nos engañamos demasiado todavía, somos artistas de mentiras y fantasías que nos hacen olvidar brevemente lo miserable de la vida y lo horripilante de la realidad. Mas el reloj se sonríe malévolamente y suspira ante nuestra recalcitrante ingenuidad; ¿algún día nos atreveremos a mirarle de frente y vislumbrar en cada minuto la sonrisa de la muerte y la mirada del abismo? Creo que no, porque no solo estamos conformes con que algo o alguien nos diga qué hacer y pensar, sino también el cómo. Así de patética es la raza humana y así de patético será también su tragicómico desenlace.
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La estupidez, la ignorancia y la irrelevancia son las principales características de una raza conminada al más recalcitrante olvido… Y la humanidad, ciertamente, cumple con ellas a la perfección; ¡incluso las supera, y no por poco! Lo único que puedo sentir ya hacia esta raza de marionetas infames es una profunda y sincera náusea, de tal magnitud que me hace vomitar cada noche sin descanso y me precipita a un desasosiego del que ya ningún vicio o virtud pueden rescatarme. No quiero vivir ni morir, solo quiero sentir que puedo ser yo mismo en la eternidad y el infinito de mi última libertad y mi auténtica esencia.
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El hosco carácter de la existencia es tal que, cuanto más reflexiono sobre ella y sus malditas blasfemias, más deseos de suicidarme llegan a mi mente trastornada. Puede que me haya vuelto loco ya o puede que no, pero de lo que estoy seguro es de que cualquiera que se sienta feliz en una realidad tan horrenda como esta no puede ser sino un inepto que jamás se ha cuestionado absolutamente nada de manera seria y que ha pasado sus días encantado con puras mentiras. La gran mayoría de la humanidad, a mi parecer, encaja a la perfección con esta descripción; y no me equivoco en absoluto cuando afirmo que desde hace mucho ha dejado de interesarme todo lo humano, aunque también todo lo divino. ¿Qué significa entonces tal indiferencia? ¿Es que puede pensarse en soportar la vida cuando no sentimos afecto por el cielo ni por el infierno?
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Todo lo que creemos que somos no es sino un vil espejismo de lo que jamás seremos, pero al menos tal ensueño nos confiere un efímero consuelo en nuestra vida errante. Somos vagabundos del caos y náufragos melancólicos en cuyo interior se recrea a cada momento algo hermosamente horrible: la incertidumbre del aquí y el ahora, la maldición del presente que aniquila cualquier otra posible expectativa.
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Nacimos solos y moriremos solos, ¡qué gran verdad! La compañía de otros seres es, al fin y al cabo, solo una mera ilusión; otra más dentro de la eterna ilusión que es la vida misma. Y es que, con cada día que transcurre sin sentido alguno, podríamos decir que ¿vivimos un poco más o morimos un poco más? La ironía es acaso la principal característica de la existencia y, quien así no lo crea, está destino a padecer sus cruentos y siniestros efectos. El azar o dios, cualquiera que sea el gobernador del tiempo y la realidad, es un bufón cósmico que se regocija cada vez que nos tomamos demasiado en serio las cosas.
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Infinito Malestar