Tú eras la única persona que me importaba en el mundo, lástima que yo para ti siempre fui la menos importante. Pero supongo que así pasa y que es normal tal circunstancia, pues no podría ser de otro modo. No podría el amor estar exento de lo absurdo y lo ridículo que representa la tragicomedia que es la vida, en especial la mía. Todos los recuerdos que tengo de ti morirán cuando muera mi corazón, ¿será así? La imposibilidad de olvidarte me atormenta al mismo tiempo que me consuela, pues al menos ahí, en mi agobiada memoria, todavía puedo imaginarte y sentir que no estás tan lejos; sentir que aún puedo sostener tu mano y refugiarme en tu pecho cuando la soledad decide privarme de su dulce lecho.
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Los recuerdos queman más que el fuego del infierno y tu mirada es lo único que observo a donde sea que vaya. Esos ojos fulgurantes en los que podía desfragmentar cada instante de mi vida y cada pedazo de mi ser… Lástima que ya nunca volveré a perderme en ellos y que su brillo se apagó para jamás volver a centellear. Todo lo que queda es hundirse en la más grotesca decadencia con la esperanza de olvidarte algún día o de poner punto final a mi propia vida. Y creo que lo último sería lo más adecuado para alguien que, como yo, pasa cada tarde ebrio de melancolía y harto de su lúgubre desdicha.
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Ni siquiera mi vida significaba ya algo para mí, pues la infinita amargura que me atormentaba desde hace mucho no me condecía ni un solo suspiro. Las nubes grises se arremolinaban siempre en torno a mí y la lluvia de sangre dañaba no solo mi cuerpo, sino mi alma. Estaba acabado y no entendía qué me impedía matarme, o quizá sí y lo ignoraba. Era ligeramente dulce escanciar hasta la última gota la copa de esta funesta existencia para luego huir a la nada y refugiarme en su nido hasta haber metamorfoseado toda mi tristeza. El proceso debía completarse, no podía yo hacer nada al respecto. Así había sido escrito y el destino siempre es mucho más misterioso e irreal de lo que podríamos colegir. A su lado nosotros, los seres humanos, no somos sino gusanos que se retuercen lastimeramente hasta ser pisados sin la menor vacilación.
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No importa lo que ocurra, ya jamás podré dejar de estar triste en el fondo. Mi sufrimiento no tiene que ver con las cosas de este mundo, sino que se halla en el terreno de lo existencial. Hay algo intangible que no podría describir y que carcome mi corazón desde lo más profundo, acaso incluso se trate de la agonía de ser. No sé, pero siempre ha sido así y así será hasta mi lógica y deprimente muerte. Las telarañas entonces serán removidas y volveré al polvo del que nunca debí haber surgido; cada lamento y sonrisa se unificarán hasta que mi rostro se parta en dos y de él emerja mi verdadero yo.
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Nada de esto debió haber pasado nunca, menos yo. Fui tan solo un error más del azar, un títere irremediable cuyo ego terminó por anonadarlo. Las miserias que me aguardaban en la vida fueron mucho mayores de lo que podía soportar y mi cabeza cedió ante las brutalidades de la sórdida y megalítica pseudorealidad. Ahora no requiero nada, sino que todo termine ya y del modo más benevolente posible. Ya no me interesa permanecer en este mundo ni conocer a nadie, tan solo quiero que esta noche mi verdadero yo conozca por primera y última vez lo que significa la verdadera libertad.
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Entre más reflexionemos sobre la existencia y sus artimañas, más decepcionados nos encontraremos… No solo es que este mundo, esta realidad y la humanidad sean horribles en sí, sino que pareciera que aún no alcanzan su máximo desarrollo en este sentido. Todo han sido puras mentiras y autoengaños hasta ahora, incluso aquello que creíamos que no. Los pilares sobre los que se sostenía nuestra divagante existencia no eran tales, sino solo ilusiones demasiado convincentes. Una mentira tras otra y entonces terminamos por creer que valíamos algo y que servía de algo seguir viviendo. La luz, no obstante, con su infinito resplandor, nos iluminó sobremanera y nos mostró el camino hacia la verdad: el suicidio.
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El Réquiem del Vacío