La muerte no es algo que debamos temer, evitar o aborrecer. Lo que sí debemos temer, evitar y aborrecer es la vida; y, sobre todo, la vida eterna. No es que una sea mejor o peor que la otra, sino que basta con analizar las condiciones en las que actualmente se vive para entender por qué deberíamos añorar la muerte por encima de cualquier rastro de horrible vida que todavía pudiera cautivarnos un poco o demasiado. De todos modos, ¿no estaríamos cediendo en nuestro sendero inmaculado si volviésemos, gracias a algún funesto espejismo o anodina ilusión, a entregarnos como niños indefensos a las artimañas insensatas de esta pesadilla latente? Hemos ya desechado demasiado, hemos ya rechazado muchos delirios como para ahora aceptar que alguno vuelva a atraparnos. No, no es momento de volver atrás y permitir que la vida vuelva a colocarnos bajo su yugo; a menos que se trate de un ocasional despliegue de místico ensimismamiento o de sensual arropamiento. Más allá de eso, seríamos unos tontos si, sabiendo lo que sabemos, volviéramos a enredarnos con las mentiras del mundo y la execrable esencia humana que abunda y enferma cualquier ambiente a su alrededor. Es hora de morir, el tiempo de vivir se ha agotado en todos los relojes cósmicos y más en el nuestro. El acto suicida no debe postergarse más allá de esta noche sombría y melancólica en la cual, no obstante, nuestro triste corazón sigue quebrándose con inquebrantable horror. Y nada podría hacer que esto se detuviese, nada sino solo la soga apretujándonos hasta conducirnos bellamente a la divina escalera donde todo, hasta la oscuridad, se ilumina plenamente.
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Si tan solo no fuera humano, podría amarme por encima de todo y de todos. Pero, por desgracia, no es el caso; así que tan solo me queda odiarme más de lo que odio a los demás. ¿Cómo podría no ser así? ¿Cómo podría no ocasionarme infinito malestar mi natural condición si se trata de algo sumamente horripilante y ridículo? Es este un ciclo infernal del que no se puede ni siquiera pensar en escapar, solo puede uno quejarse tanto como pueda. Encima, hay que soportar a los nefandos y absurdos monos que nos rodean por simple azar y cuyas presencias casi siempre terminarán fastidiándonos más de la cuenta. La humanidad es algo insoportable y atroz; un cúmulo de contradicciones encarnadas en recipientes destinados al sufrimiento y la infelicidad más sórdida. ¿A quién puedo habérsele ocurrido tan perverso mecanismo de condena? ¿Quién fue el creador de este sistema anómalo y repugnante en el que por desgracia nos hallamos inmersos y comprometidos hasta el final? No puedo ya pensar sino en la muerte, en el encanto suicida y en lo aburrido y harto que estoy de esta funesta pseudorealidad. Este mundo es una comedia, un circo que se vuelve más y más trágico a cada instante; y nosotros somos los protagonistas de todas sus quiméricas patrañas, de todos sus desvaríos mundanos… ¡Ay, si tan solo fuera posible evitar el origen de todo lo humano y hasta de sus dioses inventados y humanizados!
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Tan solo reuniendo todo el hartazgo, la ira, el desprecio y la repugnancia que bulle en nuestro interior y llevándolos al punto de algidez máxima es que conseguiremos nuestro anhelado objetivo: el suicidio. De otro modo, seguiremos divagando absurdamente en esta patética y horrible pseudorealidad humana hasta que la muerte ponga fin a nuestra ridícula cobardía. ¿Por qué seremos tan torpes y cobardes? ¿Por qué nos aterran así la muerte, la incertidumbre y el vacío? ¿Hasta cuándo comprenderemos que no sabemos nada y que únicamente somos peones de una existencia que no podría sernos más ajena e insulsa? Nuestro destino, de ser real tal cosa, está solo en nuestras manos en la medida en que aceptemos nuestra falsa libertad. O, mejor dicho, una libertad tan condicionada que difícilmente podría complacernos a nosotros los poetas-filósofos del caos. No pedimos nacer, no elegimos venir aquí y menos bajo las condiciones actuales; no obstante, aquí nos hallamos y ahora tenemos que existir. Ahora se trata no de una elección, sino de la más ominosa de todas las imposiciones. Da igual si, como algunos afirman, hay algo que antecede a esta vida de pesadilla que por alguna ilógica razón hemos elegido experimentar, o si alguna entidad superior, también por alguna razón más allá de nuestro entendimiento, decidió depositarnos en esta época y del modo más trágico. Porque, en efecto, a como yo veo las cosas, la existencia solo puede ser una tragedia irremediable; y, de hecho, la más imperante de todas las tragedias. Con ella comienza nuestro lóbrego naufragio y se determina lo que denota en sí el mayor ultraje a nuestro libre albedrío y amor propio: la deprimente y nauseabunda obligación de ser.
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En este mundo grotesco y patético, aquellos que se esfuerzan por algo son los verdaderos tontos y aquellos que se suicidan son los inteligentes y sensatos. No obstante, aquellos que permanecen en un estado intermedio, como yo, solo tienen un posible destino: enloquecer. Según me parece, este último estado es el más peligroso y abrumador; puesto que nos hallamos en el limbo, en el purgatorio existencial más demente: vivos, añorando la muerte; y muertos por dentro simulando que vivimos en el exterior. Además, ¿qué es la realidad? ¿Por qué existe esa ilusión tan real llamada tiempo? ¿Por qué somos todos nosotros, viles monos ignorantes y necios, sus esclavos impertérritos? Luego, basta una rápida hojeada a lo que es la sociedad actual para terminar únicamente con ganas de encerrarse en un manicomio y querer pegarse un tiro. Y, sin embargo, nada nos trastorna tanto como cuestionarnos el origen de nuestra propia existencia. Sí, solo de la nuestra. ¿Qué nos importa a nosotros el origen de la existencia universal? ¿Qué nos importa a nosotros la vida o la muerte del resto de imbéciles con los que por desgracia debemos coexistir? ¡Que se los lleve el diablo a todos, que todos desaparezcan de nuestra vista por siempre! Y quizás ese sea el secreto para mantener un ápice de supuesta cordura: preocuparnos solo por nosotros mismos y nada más; volvernos lo más egoístas que se pueda y colocarnos en un pedestal muy por encima de la eterna podredumbre de esta dimensión tan absurda y miserable en donde claramente estamos atrapados hasta que tengamos el suficiente valor de desaparecer por completo y por cuenta propia. Quien no se mata, pero tampoco acepta la vida es, acaso, aún más extraño y paradójico que el azar mismo.
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La idea más sensata que podemos concebir en este infinito pandemónium de insensatez absoluta es la idea del suicidio. Querer vivir es querer sufrir, es querer prolongar un error hasta su más profunda esencia. Y, ciertamente, a seres tan vacíos y estúpidos como nosotros no podría fascinarnos con mayor locura el perpetuar nuestra recalcitrante miseria mediante el terrible acto de la reproducción. Hasta algunos han proclamado que es este el único motivo para seguir viviendo, como si fuésemos meros recipientes carnales de placer y procreación. Y, si así fuera, si tal fuese la única razón para seguir viviendo, entonces más motivos tendríamos para rechazar esto, para escupirle en la cara a todas estas concepciones ridículas y largarnos para siempre de este aberrante infierno humano. Mas cada nueva idea solo desplaza a las anteriores en la medida en que nuestras mentes pueden hallar comodidad y cierto siniestro regocijo con el cual justificar un nuevo y atroz amanecer. Nuestros pasos son guiados por cualquier cosa, por cualquier nefanda entelequia del azar; excepto por la racionalidad o el sentido común. ¿Quién nos ha engañado tanto? ¿Nosotros mismos lo hemos hecho al suponer que nuestra esencia debía prolongarse? ¡Claro que no, mil veces no! Y, entre toda esta barbarie de ignominia y sinsentido, quizá yo solo amo a una especie de seres: aquellos que, con una mezcolanza de violencia, locura y melancolía sin parangón, se precipitan a su inefable e inevitable apocalipsis sin importarles absolutamente nada ni nadie más.
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La decisión de morir es, de hecho, la convergencia natural de las cosas cuando nos percatamos de lo gravemente ofendidos que hemos sido al vernos obligados a existir en esta horrible y execrable pseudorealidad. En tales momentos, nos planteamos el por qué deberíamos tolerar todas las mentiras y laceraciones que esta vida tormentosa nos tiene venenosamente preparadas; así como la intolerable marea de concepciones erróneas y tonterías sin fin vociferadas diariamente por los blasfemos monos parlantes que por desdicha divina comparten el mismo tiempo-espacio que nosotros… Pero no vaya a pensarse que nosotros y ellos somos iguales, ¡para nada! Sería incluso una ofensa desproporcionada imaginar cierta clase de símil entre esos ignorantes prisioneros de lo absurdo y nosotros, los poetas-filósofos del caos. Todos ellos para mí no valen nada, podría exterminarlos a todos sin experimentar el menor índice de remordimiento o culpa. ¿Por qué lo haría? Si ultimadamente la existencia o inexistencia de criaturas tan inferiores y efímeras termina por dar igual y por no alterar el orden universal de las cosas. La humanidad entera bien podría ser encapsulada en estas líneas y creo que no habría objeción alguna, salvo quizá que el arte de verdad, la literatura de verdad y la música de verdad podrían simbolizar una ligera excepción en este amasijo de porquería infinita y tragedia irrefrenable. Nosotros somos el virus, mas nuestra ceguera espiritual e intelectual es tal que difícilmente podríamos concebirnos como tal. ¡Pobre y triste humanidad, cada vez se aleja más de lo sublime y lo divino para hundirse con vomitivo placer en lo más insustancial y nimio! Mejor sería que este planeta desapareciera por completo o, cuando menos, que los seres de dos patas que lo han contaminado fueran borrados definitivamente y sin piedad alguna.
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La Agonía de Ser