Capítulo XVIII (EEM)

Virgil me miraba con cara de espanto, pero, al mismo tiempo, había cierta adoración anómala en sus facciones. Para ella yo era como un dios, incluso más valioso y hermoso que el dios con el que había crecido y al que ahora injuriábamos. El alcohol nos embotaba la razón y desvariábamos, vociferando toda clase de filosofías extrañas y alentando nuestra natural sensación de vacío. En el fondo, Virgil y yo no éramos tan diferentes. No, claro que no. De hecho, éramos más parecidos de lo que me hubiese imaginado: ambos carecíamos de motivos para seguir existiendo y, sin embargo, no teníamos el atrevimiento de matarnos.

–Debe ser interesante ser tú, llevar la marca de la dualidad –expresó Virgil, encantada de escucharme hablar tanto–. Solo una cosa: los despojados serían aquellos que ponen sus vidas por completo en manos de dios y renuncian a cualquier tipo de responsabilidad, ¿cierto? Incluso dios sería un despojado, pero él ¿en quién colocaría su fe? ¿En sí mismo o existirá algo superior?

–Creo que todo es metafórico. No me gusta pensar en un dios tan humano, tal y como la mayoría de los monos lo conciben. A todos nos gusta hablar de dios, en el fondo nos hace sentir superiores, esa es la verdad. ¿Has notado la manera tan sensacional en que los creyentes predican su fe? Están tan absolutamente convencidos de su ideología que podrían asesinar a la razón si ésta les mostrara fehacientemente la verdad. Claro, es tan intrincado tratar con uno de ellos, están tan despojados de mente propia y tan ahítos de convicción divina. Pero uno cree cuando de antemano ha renunciado a sí mismo, cuando sabe que ningún camino es capaz de recorrer si no se sostiene de un pilar, el cual converge en un dios. En cambio, las personas que, de antemano no se vencen a sí mismas, son incapaces de mantener una verdadera fe, lo cual tampoco es extraño en nuestra civilización moderna. Recuerda lo que te dije: a veces conviene que dios exista y en otras no, hay que saber utilizarlo para ganarnos su bendición.

–Entonces ¿las personas que se vuelven expertas en el manejo de dios, tal como si fuese una herramienta, son las más peligrosas?

–Podría decirse, al menos las más hipócritas. Pero esto no me sorprende, pues he comprendido a la perfección que la hipocresía y la mentira son las bases de la humanidad. Además, yo no soy diferente al resto, aunque hable de dios y demás cuestiones de reflexión. Tan solo mírame aquí y ahora, ebrio en esta taberna de sueños rotos, mezclado con prostitutas y jugadores enviciados, perdiendo el tiempo y el dinero; sin embargo, sin tener ninguna otra opción.

–Te notas afligido, creo que yo también. Sabes, desde pequeña mi madre intentó controlarme; esa caníbal sin corazón, esa señora a la cual amé y odié. Siempre me restringían todo, me inculcaban un camino que no estaba dispuesta a seguir. Así, fui recatada en todo sentido, fingiendo devoción y predicando en las misas los domingos por la mañana, dando ejemplo de una buena hija, de una señorita que, aunque torpe y sin educación, era de noble condición. Has de saber, por las habladurías, que no conseguí entrar a la universidad y estudiar medicina, el cual no era sino el sueño de mi madre, tras lo cual me dediqué a lavar platos en la cocina y a llorar cada noche, añorando escapar de ese lugar. Y no, tampoco quiero estudiar medicina ni ir a la universidad, solo deseo vivir lejos, construir una bonita y pintoresca casa donde pueda ayudar al hombre que amo. Yo me entregaría totalmente, sería fiel y bondadosa, cariñosa y comprensiva. Mi naturaleza no es la de un ser brillante y profundo, tampoco escribo, pinto ni compongo música o poesía. Yo soy una mujer sin sentido, tan común como tantas otras, que encuentra en la vida corriente placer y felicidad. Si quieres saberlo, diría que fornicar, comer y dormir es lo mejor que podría hacer, además de conocer lugares. Quiero viajar moderadamente, pero no a las grandes ciudades, sino a los pueblitos, a las regiones más pobres. Quiero tener hijos y cuidarlos, dejarlos ser libres, no inculcarles ninguna idea religiosa, política, social o de cualquier otra clase. No me interesa tener joyas ni dinero en abundancia, solo ser feliz con lo más básico, con mis recursos, con mi humanidad. Por ello, me entristece profundamente saber que tú nunca podrías estar con alguien como yo.

–¿Por qué lo dices? ¿Qué es lo que asumes de mí?

–Todo. Tú eres de los pocos que llevan la marca, y esas personas generalmente sufren mucho o se suicidan pronto.

–Bueno, en parte tienes razón. No fingiré que quisiera hacer toda esa clase de trivialidades solo por agradar a una mujer. Porque a mí me parece horrible tener hijos, casarme o intentar ser feliz en un mundo tan decadente y trivial. Me gustaría elevarme por encima del resto, aunque sea solo unos segundos, y luego caer hasta el infierno. Posiblemente es lo que hago con esta vida suicida, embriagándome, desordenándome y también cavilando tan profundamente que hay días en los cuales ni siquiera me puedo levantar de la cama, pues tengo tanto que pensar. Tal vez es como dices, ciertos espíritus pueden contemplar los dos extremos, tanto lo sublime como lo deplorable, lo sagrado y lo execrable. No obstante, creo que, conforme uno se involucra con el mundo, esa mitad de pureza se va reduciendo hasta extinguirse, hasta dejar que la depravación y la decadencia se apoderen del alma.

–Y tú eres unas de esas almas, pero no creo que en ti se haya extinguido la parte de la genialidad y la pureza, pues siempre conservamos un algo de lo que creemos perdido, un recuerdo muy tenue de lo que alguna vez soñamos y que este mundo nos arrebató. En cierta medida todos somos despojados, unos de religión, otros de sueños, amor y felicidad. Y los que llevan la marca de la dualidad, como tú, son los únicos que han mantenido resguardado su interior del despojo y la perdición. Sé que ahora te embriagas como un cerdo, que no crees en nada ni en nadie, que detestas al mundo y a ti mismo por ser parte de él, pero, en el fondo, conoces la respuesta. Ya no eres uno más del rebaño, aunque hagas todo con tal de volver a él. Solo estás dando vueltas en círculo, jugando una y otra vez en la mano de dios.

Permanecí callado, se había hablado demasiado. Ciertamente, nunca colegí que Virgil pudiera ser tan buena compañera de taberna. Siempre tuve de ella la impresión de una mujer devota y temerosa, encerrada en conventos y con la esperanza de que yo llegara a amarla. Pero ¿podía yo aún amar? ¿Qué era el amor? ¿Cómo definir esa sensación en mi situación? Había creído que amaba a Melisa, que con ella podía evadirme de este absurdo, y terminé mucho peor de lo que empecé. El viaje no solo lastimaba, también evitaba morir, pues las garras de la vida sujetaban con mucha fuerza; los falsos placeres y encantos terminaban por conquistar la verdad. Virgil era una estúpida, una mujer corriente como ella misma lo reconocía, de esas que tanto abundan. Era una persona cuya existencia era tan absurda como la de cualquiera, como la mía tal vez. ¿Qué me diferenciaría a mí? ¿Qué era eso de la marca de la dualidad, los despojados y la indiferencia de dios hacia el mundo y el humano? Se había charlado copiosamente, pero sin llegar a nada en específico. Esa era la esencia de estas conversaciones de taberna: siempre discutir, aunque careciera de sentido. Si era yo un cerdo, si me iba a suicidar hoy o mañana, si esto era real o fantasía, todo lo ahogaba en el alcohol.

–Creo que ya debemos irnos, estás comenzando a desvariar –dijo Virgil, brutalmente borracha–. Y yo también… quiero irme, ¿o no? Ya no puedo ni caminar, ¿qué será de mí ahora? ¿Por qué tengo que lavar trastes y morir?

–Bien, no importa. ¡Vámonos, es tiempo de partir! Podemos sostenernos mutuamente, así lograremos llegar. La calle Miraluz no está tan lejos, conozco un atajo, pero…

–¿Qué? ¿Cuál es el asunto?

–No sé, es extraño. Pasar por ahí no es para mí muy grato.

–No importa, si quieres nos vamos por el camino largo.

–No, está bien. Tomemos el atajo.

–De acuerdo, pensé que no querías que te vieran llegando conmigo.

–No, eso me es indiferente. Le hablaré al calaca para que traiga la cuenta.

Acto seguido, el calaca, gustoso, trajo la dichosa cuenta, la cual casi hace que se me salieran los ojos. Pensé, por unos momentos, que estaba mal calculada la cifra. No obstante, considerando lo mucho que bebimos y que a uno que otro bribón que se acercaba le convidábamos uno que otro vaso, creo que fue justo. Pagué sin exigirle ni un centavo a la pobre infeliz de Virgil, ¿qué clase de ganancia podría tener una lavatrastos como ella? No quise indagar y ya casi estábamos por retirarnos cuando la tabla lavatrastos volvió la mirada y vociferó un pequeño discurso:

–Señores y mujerzuelas aquí reunidos –comenzó, agitada, con los cachetes enrojecidos e intentando mantener el equilibrio; su voz era distinta en absoluto–. Escuchen todos atentamente, no quiero que se pierdan ningún detalle de lo que voy a decir, pues es de trascendental importancia. Señores, yo quiero…, yo de todo corazón les suplico…, yo quiero decirles que… ¡Que los amos y los bendigo! Sí, señores y mujerzuelas, les suplico que nunca cambien, que siempre sigan igual y todavía peor. Les pido que jamás dejen de venir aquí, que frecuenten esta taberna, jueguen, se prostituyan y se embriaguen tanto como sea posible. A los que son infieles, les pido que no dejen nunca de engañar a sus esposas; es más, les pido que tengan más amantes. A los que beben sin control, debo pedirles que se superen a sí mismos, que vacíen más botellas de lo habitual. Y así, a cada uno, a cada jugador enviciado y puta descarriada, a los aquí congregados y emparentados por una fuerza misteriosa cuya esencia reside en una belleza mística de taberna, los felicito de corazón. ¿Saben por qué, queridos amigos? Porque esto es lo máximo a lo que se puede aspirar, ustedes son la forma más evolucionada de humanidad. Y eso es porque la existencia no tiene el más mínimo sentido, porque todo está permitido con o sin dios, porque nosotros no conocemos términos de bien y mal, porque este momento es parte de la eternidad y, a la vez, del vacío… Yo me retiro, señores y mujerzuelas, pérfidos y traviesas, me retiro con este semihombre –añadió señalándome y abrazándome–, con el único que lleva la marca de la dualidad. Me voy para volver al amanecer, para perderme en el delirio de la borrachera y entregarme como una ramera al vicio y al placer terrenal. ¿Saben algo más, señores concupiscentes y viejas sucias? Mi madre era esa obesa caníbal que acaban de encerrar en el manicomio, ¡je, je, je! ¡Que el diablo cargue con ella! La odiaba por no haberme permitido conocerlos a ustedes, por haberme cobijado bajo la malgastada sábana de la religión y la piedad. Pues yo ahora sé que no necesito nada de esa basura, que es preferible entregarse a la decadencia que pasársela arrodillado orando por la salvación. Esto es lo que somos todos, incluso él, el puerco nihilista que ahora abrazo, unos desdichados pensadores de taberna. Pero ¿qué creen? No importa, puesto que todos seremos aceptados en el cielo, ninguno rendirá cuentas de ningún tipo si se arrepiente antes de morir. Pero pobre de aquel que muera sin decir lo siento, aunque hasta ese creo que se evadirá del infierno… El diablo es una ilusión, señores y mujerzuelas, también dios… La libertad no debe pesarnos, por eso yo los admiro y podría lamerle los pies a cada uno de ustedes. Yo, una mujer antes virtuosa, amaría pertenecer a su club de podredumbre, eso sería el mayor honor… Por ahora me despido, señeros libertinos y divinas putas, pero volveré al amanecer…, y entonces…, entonces seguirá el ritual. Todos hemos de caer, todos somos unos cerdos. Me voy, es momento, ahora sí los dejo en su cielo, no me olviden, por favor…

El calaca y los demás miembros de la taberna estallaron en carcajadas y aplausos, algunos inclusive se acercaron con otro propósito. Todos observaban con admiración y un respeto sin igual a Virgil. Entre ellos había, tal como ella había dicho, un algo de una belleza misteriosa y ajena a la cotidiana costumbre de lo correcto. Presa de una borrachera sin precedentes no fui capaz de dilucidar en aquel instante lo poético y artístico de Diablo Santo, el consuelo que denotaba para tantos lujuriosos y ladrones, para putas y enajenadas. Todos eran unos despojados, unos miserables sin remedio, unos cerdos alcohólicos. Sin embargo, Virgil, tras ya no saber qué decir ni qué hacer, tiró de mí y en cuestión de segundos la frescura del aire nocturno golpeó nuestras frentes. No sé quién estaba más ebrio ni quien había hablado más, solo quería llegar a casa y dormir.

El camino de vuelta fue tedioso, pues Virgil reía como una loca y yo le hacía segunda. Recordar nuestra conversación era gracioso y a la vez estúpido, pero nos desternillábamos sin parar. Al fin, después de caminar un poco más, puesto que terminamos evitando el atajo, y tras haber espantado a unos cuántos vagabundos, alcanzamos la esquina del parque contiguo al condominio. No obstante, algo llamó mi atención. Era la figura de un hombre, o lo que quedaba de él, puesto que yacía colgado de la rama de un árbol: era un suicida. Lo que verdaderamente me ensimismó fue descubrir la identidad del sujeto, pues era el mismo que horas antes había sido humillado por Volmta y Komar.

Era el diablo de Piji, con su playera de rayas rojas y blancas, su sombrero desgastado, sus pantalones cortos y ruñidos, sus zapatitos manchados de vómito y el aspecto concluyente de un pordiosero. A un costado se hallaban esparcidas unas cuántas monedas, además de comida podrida, latas y una especie de carpa donde supuse que dormía. Me sorprendió no haberlo visto antes en aquel parque, aunque era lógico dado que se ubicaba en la parte trasera, aquella donde casi nadie iba por temor a ser asaltado, y donde había rumores de niños extraviados. Yo no pasaba por ahí seguido, y no por los tontos chismes, sino porque el camino de vuelta de la oficina al condominio 11 estaba en el lado opuesto, donde siempre miraba a Akriza preocupada y a Jicari persiguiendo palomas, pateando a algún perro roñoso o balanceándose en un columpio.

–¡Qué terrible, qué horror! Se trata de una persona… –musitó Virgil en cuanto estuvo lo suficientemente consciente para entender la situación.

–Sí, es un hombre. Seguramente uno de tantos vagabundos que abundan en los parques y callejones de la ciudad.

–¿Por qué se habrá colgado? ¿Qué le habrá incitado a cometer suicidio?

–No lo sé, no es tan extraño que las personas se suiciden. O ¿tú crees que sí?

–Eso lo dices porque la vida te molesta –replicó ella, invariablemente afectada por el alcohol–. A mí me gustaría vivir, en especial de este modo. Antes mi madre me tenía controlada, pero, ahora que está muerta, puedo hacer y deshacer. Es más, considero una suerte que se haya muerto, pues me limitaba su existencia. Nunca había creído tanto en que todo estaba permitido, pero es totalmente cierto. Sin embargo, ¿qué le podría decir a un loco como tú?

Virgil había sufrido alguna especie de renacimiento interno. Su expresión estaba cambiada, lucía radiante. Este nuevo ser que emergía en ella era como una flor que al fin retozaba y conocía lo que era la vida. Y es que, en aquellas reflexiones de taberna, entre los vicios, borracheras, putas y mendigos, tal y como creía desde hace tiempo, existía una belleza indescriptible que en ningún otro sitio podría hallarse. Virgil lo sabía, y se aferraba a ello con todo su nuevo ser, con esa frescura que le proporcionaba el sentirse, después de tanto, ella misma. Este renacer había inflamado sus deseos de vivir, de descubrir y embriagarse. Su madre había sido conminada al manicomio, donde se pudriría hasta la muerte, cosa con la que ella contaba perfectamente. No obstante, ahora ella, muchacha incauta y virginal, se hallaba conmigo en la madrugada, vagando sin rumbo y sin sentido en una sociedad decadente, presenciando a un miserable que no prosiguió tolerando el triste y desdichado matiz de su destino.

–Entremos en el pequeño refugio para ver qué mantenía consigo este miserable.

–Entonces ¿dices que lo conocías?

–Bueno, en realidad apenas esta tarde. Su nombre, creo, es Piji, y también asistía a las tabernas. Por lo que sé, era un mendigo, miserable en todos aspectos. Además, era humillado constantemente por sus dos amigos, quienes ridiculizaban sus ideas y lo utilizaban como diversión.

–Ya veo, creo que entonces tenía derecho a morir.

–Ya lo creo, aunque es indiferente. Lo mejor sería si todo el mundo hiciera lo mismo. Deberíamos incitar al suicidio, salvaríamos el planeta.

–¿Qué dices? ¡Ja, ja! ¡Estás demente! Mejor entremos y a ver qué hallamos.

Así, penetramos en el pestilente refugio.  Se trataba realmente de unos trapos viejos y mugrosos amontonados como cama, rodeados por comida en avanzado estado de descomposición y otra no tan apestosa. Había algunas prendas pringosas que seguramente Piji había recogido de basureros y algunos artefactos que las personas comúnmente tiran, entre ellos relojes, aretes, pilas, audífonos, etc. Era el hogar de un basurero, de un pordiosero víctima de la sociedad decadente. Lo que más me llamó la atención fue descubrir un pequeño retrato de dos mujeres, una de aproximadamente cuarenta años y la otra una jovencita de unos quince.

–¿Quiénes crees que sean? ¿Acaso su familia? –inquirió Virgil asombrada.

–Es posible, de seguro fue un mujeriego y ebrio sin remedio.

–¿Por qué lo dices? ¿Solo por la foto y porque se ha suicidado?

–Quizá sí. Este tipo de sujetos me parecen interesantes, pues siempre cometen una locura y renuncian a lo que creen amar con tal de refulgir al máximo, luego mueren pronto.

–¿Cuántos años crees que tendría este sujeto?

–Le calculo unos cuarenta y seis, incluso menos. No sé, su aspecto desaliñado hacía dudosa su edad.

–Mira, hay algo aquí, parece una nota de suicidio –indicó Virgil.

–Bien, veamos… Lo mejor será irnos, o la policía podría complicar la cosas si nos ve rondando este sitio.

–¿Acaso temes que nos inculpen? ¡No inventes! ¡Ja, ja, ja!

–Con ellos uno nunca sabe. Mejor vámonos, pronto amanecerá.

Salimos dejando las cosas tal y como estaban cuando entramos. Quién sabe desde hace cuánto Piji habría estado viviendo de esa manera. Me había parecido un tipo con ideas extravagantes en la taberna, pero jodidamente infeliz, trastornado por la existencia absurda y mísera que llevaba. Estos tipos no son tan raros como la lavatrastos creía, pues, aunque se enmascare adecuadamente el tedio y la ridícula monotonía de la vida, en el fondo es imposible no sentirse carcomido y vacío. En realidad, eran contadas las personas que podían afirmar tener sentido. La mayoría se conformaba con lo más básico, y, aunque el autoengaño funcionaba superficialmente, en el interior se incrementaba ese sinsentido cotidiano. Las personas se mentían, cada vez con más firmeza, con tal de vivir. Y así se proseguía, siempre con falsas esperanzas, apegado a una necesidad material y sexual, viendo en los hijos y el prójimo lo que jamás ha existido, colocándose los oscuros lentes de una felicidad inexacta y vomitiva, fingiendo sentirse plenos, marchitándose la creatividad y la curiosidad, alcanzando la vejez y siendo un títere más del sistema. La gente genial, los locos, los solitarios y excéntricos eran quienes menos tiempo permanecían vivos, pues soportarse a sí mismos y engañarse les era tan difícil como tener que levantarse cada mañana para ser parte de un mundo que odiaban.

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Libro: El Extraño Mental


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