Desgaste

Y, entretanto, únicamente un pensamiento refulgía en mi desgastada mente, en mi cansada y asqueada humanidad: la imposibilidad de eliminar mi existencia y todos sus recuerdos. Eso me lastimaba, pues ni siquiera la muerte, tal vez, podría eliminar eternamente lo que el tiempo conmigo hizo, lo que la vida arrebató de mí. Quedaría por siempre mi recuerdo y el de mi existencia, de lo que viví y experimenté en este cuerpo, de la fatalidad con que mi esencia se corrompió al luchar contra el mundo y la inmundicia de este sistema opresor y destructor de sueños. Si pudiera borrarme de todo para siempre, entregarme al vacío, exterminar lo que fui, soy y seré de toda dimensión. Si pudiera extirparme de mí mismo y hacer lo propio con los demás. Tan solo quisiera arrancar de mí cualquier rastro de existencia, de vida o de lo que sea esta miseria que jamás se va y que siempre me abruma tan asquerosamente.

No tenía opción, pues, aunque joven, sabía que de nada serviría ninguna clase de iluminación o supuesto despertar. En esta cárcel todo era parte de la misma insania, de la marchitada depresión que se encajaba en mi corazón, que hundía sus garras en mi alma y la destrozaba para que fuese concebible mi galopar en la mentira más ridícula. Ya ninguna pastilla resultaba efectiva, sin importar cuan elevada fuera la dosis. La realidad era una estupidez, algo horrible, aterrador y brutalmente absurdo, pero que, además, violaba cada una de mis débiles defensas mentales en mis vanos intentos por permanecer vivo. Y no lo quería, tampoco lo necesitaba, era solo que había algo misterioso, como un réquiem ilusorio cuya tonada me concebía siempre la opción de reflexionar un poco más. Pero no sería para siempre, tampoco se trataba de resistir eternamente este martirio.

Solo un poco más, lo suficiente para aceptar que el suicidio era lo único que me quedaba ya. Y no sé, tantas recaídas me parecían hasta normales, tantas noches en soledad y depresión, con las muñecas sangrando y las lágrimas brotando, sin ninguna compañía en realidad. Pero eso era normal, pues sabía a la perfección que, en última instancia, todos los humanos nacemos y morimos solos. Y, además, que todos los humanos siempre terminan por mentir, engañar, lastimar y corromperse, pues esa es la auténtica naturaleza del ser que tanto se busca ocultar con falsas ideologías moralistas. Tal vez demasiada verdad nunca venía bien a un simple mortal, pues era esencial escabullirse hasta cierto punto en algunas argucias para tolerar la existencia un día más. En fin, solo me resta decir una cosa más: ¡qué horrible es existir y qué divino será matarse!

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Libro: Locura de Muerte


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Capítulo XX (LCA)

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