El ser, de hecho, no está destinado a nada y el vacío es su máxima esencia. No podría ser de otra manera, pues cualquier otra significaría una absoluta y cerval contradicción. Aunque, ciertamente, la existencia misma pareciera serlo y ¡de qué manera! ¿Qué sabemos nosotros? Seres sumamente inferiores, efímeros y miserables; diseñados especialmente para experimentar agonía y sufrimiento en sus semi-infinitas formas. Nuestro castigo fue haber nacido, haber sido arrojados en este mísero infierno en el que nuestras almas padecerán toda clase de tormentos y angustias hasta que, por suerte, moriremos sin el menor atisbo de verdad o libertad… La tragedia de la existencia, así le llamaría yo a esta barbarie de ignominia sempiterna en la que somos forzados a divagar sin sentido alguno hasta resignarnos o matarnos. Puesto que sí, el suicidio también será siempre una opción y acaso la más hermosa y pura de todas. El verdadero poeta-filósofo del caos solo añora esto último: reírse con la muerte en el ocaso de su fúnebre melancolía, mismo en el que tiene plena certeza de la inutilidad de todo impulso de vida.
*
No hay que dejarse engañar con tantos disparates sobre el sentido de la vida vociferados por personas intrascendentes; el sinsentido es lo único que hay y lo que siempre habrá para seres de nuestra sórdida y abyecta naturaleza. Quizá si desde el comienzo poseyéramos otras cualidades y capacidades más avanzadas, podríamos ir más allá y hasta intentar escapar del vacío insondable e infinito; mas tal no ha sido la sentencia que se confirió a nuestra existencia infame. Quien sea que así lo haya determinado, quiso con ello hacernos uno de los peores maleficios: el de la vida humana. Ahora, solo tenemos escasas opciones para considerarnos libres: la locura, la muerte o la decadencia. Tarde o temprano, todo ser viviente termina por caer en alguna de ellas sin importar cuánto luche o lo niegue. Por ejemplo, ¿no simboliza una locura sin parangón aquella siniestra creencia en el cristianismo? No voy a entrar en detalles sobre este tema, puesto que requeriría un amplio análisis. Como este, sin embargo, existen muchos otros ejemplos que podrían citarse y que nos recuerdan el amplio espectro de la pseudorealidad y sus tentáculos invisibles que penetran de una u otra manera nuestro espíritu carcomido y lamentablemente humanizado. Y puede entonces que ya solo el suicidio nos salve de la vida, de la muerte y hasta de nosotros mismos.
*
Ciertamente, no debemos hacer nada en este mundo ni tenemos misión alguna. Podemos entretenernos con muchas cosas, eso sí. Pero, al final, estaríamos mintiéndonos a nosotros mismos, más de lo que ya nos mentimos, si no admitiéramos que el suicidio siempre será lo mejor. Negar su catártica belleza e inmarcesible encanto equivaldría a ser un tonto que no puede atisbar la única llave para unificarse con su inmanente libertad. ¡Cuántas mentiras podemos engullir sin defecarlas o vomitarlas durante todo el transcurso de nuestra horrible y absurda existencia! Y absolutamente todas relacionadas con la vida, ya que ninguna queremos aceptar que tenga que ver con las cosas de la muerte. Sea verdad o mentira, no nos importa; preferimos siempre la permanencia de lo que está condenado a fenecer de cualquier manera. Y quizá lo que se halla parapetado detrás de este miedo cerval no es otra cosa sino el terror de lo incierto; nada nos apabulla con mayor vigor que lo desconocido, que las telarañas de la más agónica y desesperante incertidumbre. Queremos correr de ella como una gacela tras su presa o como una abeja tras la miel; aunque inútil resulte nuestra frenética huida. Nuestra caída está escrita en el pergamino de nuestro destino y cegarse ante ello es solo ser más humano de lo normal. De la nada venimos y a ella retornaremos en el día fatal, aunque sonriendo ampliamente porque al fin olvidaremos todo lo que aquí alguna vez experimentamos, sentimos o creímos. La luz será de tal magnitud que ante ella no podremos sino sacar la lengua y arrancarnos el corazón con bestial lobreguez, con insensata pesadumbre enclaustrada en nuestros fingidos sollozos de perdición.
*
Podemos intentar huir de todo y de todos, excepto de nuestra propia mente. Y eso, desgraciadamente, es el mayor castigo existencial de todos. Pues resulta muy común que los verdaderos monstruos y más nefandos horrores se parapeten en los rincones más profundos de nuestra sombra, en aquellos laberintos oníricos donde la razón ya no puede auxiliarnos más. ¿Qué es entonces lo que podemos hacer para ganar esa guerra que parece perdida de antemano? ¿Acaso toda esperanza está perdida y no queda nada por lo cual valga la pena subsistir? Para mí, la respuesta es más que obvia. Y, sin embargo, todavía aquí sigo; totalmente derrotado y abatido por mis más blasfemos impulsos y arrastrándome con incipiente melancolía por las catacumbas del ayer. Los recuerdos vienen y van, se columpian de mi cordura y coquetean con mi desgracia; ¡oh, si tan solo fuera posible olvidarlo todo! Con gusto, asesinaría cada uno de los momentos en los que el tiempo ha ultrajado mi ego y en los que la vida ha pisoteado mi esencia. Vivir es un acto de horror puro, un suicidio constante del alma y un homicidio demente del amor propio. Solamente podemos purificarnos al decidirnos plenamente a abandonarlo todo, a cortar todo lazo con la pseudorealidad y los otros. Esto, sin embargo, es tan complicado que la gran mayoría preferimos solo seguir viviendo en la máxima estupidez en lugar de matarnos en nombre de la más sublime sensatez.
*
Nada mejor que salir a las calles y contemplar a la humanidad para deprimirse y arruinarse el día. Esos tontos no saben nada, no han aprendido nada hasta ahora y difícilmente creo que lo harán. Se enfrascan en absurdas conversaciones y hasta se imaginan ser intelectuales y profundos en sus razonamientos y convicciones; ¡ay, si los pobres pudieran percatarse de la cerval ignorancia en la que navegan tan patéticamente! No son sino meros accidentes del azar cuya equívoca y mísera tragedia habrá de culminar tan insensatamente como comenzó. La ironía está entonces en la frenética desesperación con la que los humanos buscan perpetuarse a costa de lo que sea y a veces hasta de quien sea. ¿Existe otra razón que no sea la reproducción para que dos seres del sexo opuesto quieran pegar sus nauseabundos cuerpos y hastiarse de efímero deleite? Hombres y mujeres son la misma tontería, solo que los primeros no disimulan tanto como las segundas sus impulsos sexuales. Mas cuando una mujer ha decidido reproducirse a como dé lugar, no habrá nada que pueda detenerla y fornicará una y otra vez con uno y con otro hasta conseguir su anhelo más fundamental: ser inseminada por el macho. Y este, a su vez, consciente o inconscientemente, cumple su papel consigo mismo y con la naturaleza. ¡Qué horrible es todo esto, siento náuseas con tan solo escribirlo! Lo que indudablemente más me atormenta es saber que yo mismo soy producto de tal sacrilegio carnal y que gracias a esto tengo que vivir.
*
Ya casi no veo películas, series ni documentales; nada, de hecho. Pues me parece que todo es tan ridículo y absurdo; tan solo un gran método de adoctrinamiento masivo que sobrecarga el subconsciente con ideologías de lo más nauseabundas. Y quizás hasta la música, el arte y la literatura misma también estén plagadas de esto; pues han sido originadas en el seno de la pseudorealidad y son, al fin y al cabo, meras creaciones humanas incomparables con lo eterno e infinito del dios solar. Y, sin embargo, puede haber algo de verdad en la más insondable laguna de mentiras; puede haber algo de hermoso en el más recalcitrante infierno que podamos imaginar. Yo no tengo la razón, simplemente comparto lo que pienso y siento desde lo más profundo de mi corazón. Al fin y al cabo, soy también parte de este engranaje siniestro y hasta creo que estoy más demente que el resto. Eso no importa, eso es lo de menos; lo relevante es que el mensaje sea transmitido… ¿Uno de desesperanza? ¿Uno de caos? ¿Uno de destrucción? Pues, ciertamente, para que pueda purificarse y reconstruirse lo que por desgracia ya es, debe primero ser cuestionado, masticado y crucificado por las llamas de la más divina incertidumbre. ¡Qué complicado resulta cambiar el mundo cuando ni siquiera se ha pensado previamente en primero cambiarse a uno mismo, en aniquilarse desde la raíz! El símbolo de todos los tormentos siempre ha sido la imposición, el dogma, el ego humano enmascarado detrás de migajas de amor, sombras de libertad y delirios de grandeza. La existencia en sí misma es lo que es, ni buena ni mala; el ser sí que ha hecho de ella algo peor que una pesadilla brutalmente anodina y sempiterna. Pero todo habrá de culminar muy pronto y, con toda seguridad, nosotros seremos exterminados para siempre y con toda razón.
***
Manifiesto Pesimista