Pensamientos LEEH41

Las banalidades del mundo humano distraían mi mente por unos instantes, pero no los suficientes como para evitar mi suicidio, pues realmente ya nada quedaba para alguien que vivía odiándose a sí mismo y añorando no volver a abrir los ojos jamás.

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Y así, en esta tarde lluviosa y siniestra, culminaba una pequeña porción de las inquietudes de otro espíritu atormentado por la existencia y sus diversas vertientes. Era otra vez esa caterva de reflexiones absurdistas cuya convergencia no podía ser otra sino el hartazgo existencial extremo y la única solución posible: el suicidio.

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Ya no quería hacer nada, tan solo mantenerme alejado del mundo y sus habitantes, de todo este caos blasfemo para el cual no tengo otra cosa más que odio y asco.

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¿Era mucho pedir que la muerte llegase hoy? En verdad no podía saberlo, no dependía de mí la elección, pero estaba ya muy cerca, tanto que hasta toleraba seguir viviendo un día más.

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El suicida no tiene razón más elevada para matarse que el amor hacia una existencia que aparentemente cree odiar y que, por ello mismo, a través de su muerte, se aferra en purificar, pues comprende lo banal y absurdo de la esencia humana y todo lo relacionado a ella.

La Execrable Esencia Humana


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