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Sempiterna Desilusión 24

La vida en sí es ya una absoluta tortura, pero el ser, mediante todo tipo de absurdas y asquerosas ideologías, doctrinas, leyes, normas, guerras, tecnologías y demás, se ha encargado de hacer de esta tortura algo que no podría ser igualado ni siquiera por el más perverso y atroz de todos los demonios. ¡Ay! ¡Qué atroz y lamentable tragedia ha sido la aberrante creación de esta raza de bufones cósmicos! Quizá, somos solamente eso y nada más: el grotesco entretenimiento de entidades siniestras totalmente indiferentes a nuestros placeres o sufrimientos. Fungimos como peones de una intrascendencia inaudita, siempre asediados por el paso del tiempo y perseguidos por toda clase de execrables deberes que ni siquiera garantizan nuestra supervivencia… ¿Se acabará el juego ridículo pronto? ¿Tendremos la capacidad de decidir si volverlo a jugar o no? O, quizá, seremos sencillamente obligados a volver aquí; ignorantes de los horrores que nos esperan y cobijados por una falsa esperanza producto de nuestra infinita estupidez.

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Por contradictorio que pueda parecer, la verdad es que una parte de mí se siente feliz de escuchar y ver la cantidad de personas que mueren diariamente. Claro que hubiera preferido que no sufrieran antes de morir, o que lo hicieran en el menor grado posible… Pero me siento alegre por ellos, porque al menos ya están muertos y no tienen que seguir, como yo, padeciendo las brutales tragedias de esta malsana y ominosa existencia. ¿Cuándo me uniré a ellos yo también? ¿Cuándo caeré en aquella vorágine donde el tiempo se desfragmenta y el espacio se deforma sin parangón? Desde hace mucho, creo que mi alma está condenada. Nunca me he sentido parte de ningún lugar ni tampoco he conectado con ninguna persona en mínimo grado. Quizá porque estoy loco o porque algo en mí siempre busca la soledad como única fuente de consuelo y amor. Ojalá pudiera contemplarte algún día solo a ti, mi hermoso ángel de ojos acendrados y halo refulgente; ¡qué dicha entonces! Si pudiera, por el tiempo más efímero, abrazarte y sentir la calidez de tus alas hechizantes… Pero divago, porque mi tormento aquí está lejos de culminar. Soy un mendigo de tu benevolencia, un pobre tonto que sueña con tus manos etéreas sobre su rostro marchito. Y que, al fin y al cabo, resulta ser solo un fantasma más en el espectral sinsentido de la existencia universal.

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Porque te amo, tengo que matarte… Debes entender que esta es la única manera en la que nuestro amor puede ser salvado. Si no lo hago, entonces seremos corrompidos, tarde o temprano, por las tinieblas del mundo; y lo que más nos vincula ahora no será entonces sino cenizas y trágica decepción. La agonía de ser ha terminado por desfragmentarme y ante su brutal poderío no soy sino un espectro divagante; de mí queda la sombra rota de un ser que jamás anheló otra cosa que la muerte y la extinción de su esencia putrefacta. No obstante, todavía recuerdo el sabor de tus dementes besos y la última mirada que tus ojos melancólicos clavaron en mi rostro asesino aquella psicótica madrugada… A veces, visito tu tumba en el sótano y me sorprende la tranquilidad con la que he podido continuar mis días desde aquel funesto suceso. Si pudiera, te volvería a matar una y otra vez después de haberte hecho el amor. Pero supongo que tal placer está solo reservado para los dioses y no para patéticos mortales como yo; ¡un asesino de su otra mitad en el calvario de lo absurdo!

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Y, por increíble que parezca, siempre preferí aislarme de todos y frecuentar la menor cantidad de lugares posible. No era solo que me disgustara el contacto con todo lo humano, era que en verdad el simple hecho de salir a las calles me producía náuseas. Probablemente, estaba yo loco, triste y solo; pero al menos era sincero conmigo mismo en mi desprecio hacia la humanidad y no pretendía ser algo que jamás podría ser. ¿Cómo será mi muerte? Últimamente, solo pienso en eso y me lleno de más incertidumbre y tragedia. No obstante, no puedo ya sentirme parte de aquellos que se hacen llamar vivos. No pertenezco a este mundo, mucho menos a esta época corrupta y abominable. Yo soy un extraterrestre que por alguna misteriosa razón fue forzado a encarnar en un cuerpo humano, pero que se niega a permanecer atrapado en este plano abyecto por más tiempo.

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Si yo fuera un asesino, mataría solamente a aquellas personas que nunca en su vida han leído un libro de filosofía ni se han cuestionado seriamente quiénes son realidad. Los mataría porque, en realidad, seres así ya están muertos por dentro y tan solo infectan esta (ya de por sí) infecta existencia con su nauseabunda y absurda humanidad. ¿Qué caso tiene cegarse con determinada creencia y hacer de ella una doctrina? En especial, cuando se parte de conceptos tan irracionales como lo hacen las religiones y los gobiernos. El ser aún está demasiado dormido y es un esclavo de tantas cosas, ¡ay! No es posible hacer nada por ellos, puesto que por cuenta propia han elegido la decadencia y el abismo miserable. En parte, siento lástima cuando me veo a mí mismo intercambiando palabra alguna con alguno de estos títeres del máximo sinsentido… ¿Cómo pude yo mezclarme con ellos? ¿Con qué fin? Y, en el fondo, yo también soy un cerdo; un animal dominado por contradicciones irresolubles y creyente del vacío como único estandarte para dar el gran salto en su centro multicolor.

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Ciertamente, es curioso cómo la mayoría de las personas están totalmente a gusto viviendo con base en la mentira. Todo lo que piensan, creen y hacen son puras mentiras; absurdas creencias implantadas siempre por otros o por el sistema mismo. ¿Cómo entonces pueden afirmar estos pobres ingenuos ser auténticos y sentirse merecedores de todo cuanto pueda haber? Me dan lástima, la verdad. Les tengo compasión porque entiendo que seres tan inferiores y torpes como ellos nunca podrían llegar a comprender verdades más elevadas. Son felices en su ignominia e incapaces de alguna sincera reflexión, son casi como animales cuya razón ha sido difuminada por la pseudorealidad… Y, mientras reflexiono todo esto en silencio, me odio aún más a mí mismo por encontrar muchas de estas cualidades repugnantes todavía enclaustradas en mi alma. Quizá por eso añoro tanto la muerte, porque no puedo permitirme seguir existiendo tan miserablemente y volver a perder la batalla contra mi lamentable humanidad. No sabemos amar, yo menos que nadie. Todo lo que sé hacer es odiar y plasmar versos de melancolía infausta, pero solo me cobijo con flores caídas de mi tumba oculta detrás del infierno. ¡Qué más da! Amar u odiar parece lo mismo cuando, en breve, todo explotará para jamás volver a unirse por ningún medio y en ningún tiempo. Nuestro destino ha estado escrito desde el comienzo, ¿por qué nos ha costado tanto vislumbrarlo y, peor aún, aceptarlo? Tal vez, irónicamente, así ha sido programado el mono parlante: para aferrarse con todas sus fuerzas a lo más efímero e irrelevante.

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Sempiterna Desilusión


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