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La Agonía de Ser 66

No existe acto más honesto y desinteresado que quitarse la vida, pues se hace sin esperar nada a cambio y cuando todas las mentiras que nos ha contado por tantos años al fin se desvanecen. Casi nadie, ciertamente, tiene el valor para llevar a cabo tan sublime acto y prefiere seguir siendo un muerto insepulto hasta que la muerte misma viene a recoger su mísero cadáver. La putrefacción el mundo puede explicase de este modo: somos un gran conjunto de tontos, de muertos vivientes que se niegan a morir de verdad porque les aterra demasiado la incertidumbre detrás del mágico umbral. Este mundo es un chiste, un infierno bestial de ignorancia y blasfemia sin límites. Y quizá lo mejor que puede hacerse es hundirse aún más profundamente en la decadencia y hasta agarrar fuerzas en ella; ser aún más ruin, malvado y sombrío que el resto de los monos parlantes a nuestro alrededor. De cualquier modo, ¿qué sentido tiene seguir o no aquí? Detestamos esta realidad, pero no tenemos el valor de pegarnos un tiro o cortarnos la garganta… Vivimos estando muertos por dentro y justificando nuestro sempiterno naufragio con cualquier herramienta de la funesta pseudorealidad: hijos, padres, parejas, trabajos, lecturas, talleres, borracheras, religiones, antros, juegos y demás… En el fondo, da igual con qué se entretenga uno; porque resulta evidente que lo único que hacemos es escapar de nuestra insondable soledad y evitar nuestro reflejo el mayor tiempo posible. Para ello, nos servimos de todas las distracciones posibles y nos relacionamos con seres igual o todavía más absurdos que nosotros. La tragicomedia de la existencia es evidente, mas somos expertos en cegarnos y querer siempre un poco más de mentiras y autoengaños; tememos el inevitable colapso de nuestra insignificante naturaleza sin sospechar que, con esto, solamente nos enfermamos más de aquello que más bien deberíamos vomitar hasta quedar completamente vacíos y sin nada de qué volver a asquearnos. ¡Oh, qué patéticos y cobardes somos todos nosotros! ¡Hermanos míos, lo humano debe ser destruido antes del renacimiento supremo!

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Ninguna persona, sin importar lo increíble que creamos que es, vale la pena lo suficiente como para alejarnos de nuestro ya decidido plan suicida. ¿Qué podría ofrecernos cualquier intrascendente ser humano que no pudiera ofrecernos el suicidio? Muchas veces he sentido el irreprimible impulso de salir a las calles de madrugada y buscar la compañía de algo o alguien… Luego, me he calmado y he reflexionado que no importa a donde vaya, con quien esté o lo que sea que haga, puesto que siempre me sentiré vacío y miserable. El problema, quizá, yace en mi propio interior; en mi esencia delirante y melancólica que no deja de atormentarme ni un solo instante. ¿Con quién estar que fuera menos humano, patético e infame? No conozco a nadie más que a mí mismo y a estas alturas no me importa saber de nadie más. Ni siquiera soy capaz de perdonarme, quererme y amarme a mí mismo; ¿por qué buscaría que otro humano lo hiciera y hacerlo yo con él? Tantas mentiras nos han contado a lo largo del tiempo que creemos seriamente que la soledad es lo peor que pueda pasarnos, mas analicemos quienes son los pobres diablos que han proferido esto y rápidamente nos percataremos que se trata de tontos a quienes un poco de filosofía y verdad los espanta como un león a una cebra. Todos ellos son seres débiles y demasiado humanos; seres a quienes la existencia ha pisoteado como viles cucarachas y cuyas mentes están perdidas por la eternidad. Sus execrables almas, si aún queda algo de eso, danzan en perfecta sintonía con las estratagemas de la pseudorealidad y se hunden con gusto en la inmundicia de la que simplemente ya no pueden despegarse… Pero nosotros, los poetas-filósofos del caos quienes hemos renunciado ya a las mentiras del mundo y hemos abrazado la incertidumbre absoluta, no podemos volver a bailar junto a esos insectos. Quizá todavía no hemos aprendido a amarnos por completo, pero sí lo suficiente como para tener plena certeza de una de las mayores verdades que puede concebir un ser mientras respira: nada ni nadie nos es necesario para vivir ni mucho menos para morir.

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Quien prefiere la vida, pese a ser apoyado por otros (hay que ver quienes), vive en una execrable y dolorosa mentira. Quien prefiere la muerte, pese a ser repudiado, muere en la sublime verdad. No obstante, el mono parlante es adicto al poder, al dinero y al sexo; aunque más todavía lo es a creer en cualquier tontería que otros le impongan. Aquí podemos tomar como ejemplo los disparates de las religiones o las falacias de los políticos… Creo que el chiste se cuenta solo y la burla son todos aquellos idiotas que por alguna extraña razón se aferran a las superfluas concepciones que ya no pueden ser sostenidas por más tiempo. Dios está bien muerto, tanto que hasta me parece que quizá nunca estuvo vivo. Pero esto es algo que actualmente ya ni siquiera vale la pena debatir. ¿Qué más da si dios existe o no, si está vivo o muerto? ¿A nosotros en qué nos afecta o qué nos importa? Si, de cualquier manera, nuestras vidas seguirán siendo igualmente horribles y miserables. Si, de cualquier modo, nunca tendremos la vida que queremos y a cada mínimo instante de supuesta felicidad solo seguirán muchos más de agonía, tristeza y sufrimiento. ¡Qué irrelevante se torna entonces la existencia de un supuesto ser superior que ni siquiera es capaz de impedir que sus propios seguidores violen a un niño! Lo gracioso es que existan pintorescos monos que incluso darían la vida por sus doctrinas retorcidas y preñadas de un ego tan inmenso que acaso solo puede ser equiparable a su fantasía e ignorancia combinadas.

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Un buen punto de partida, aunque no siempre fácil de seguir, para soportar un poco esta insoportable existencia hasta que podamos al fin suicidarnos es aceptar que las personas a nuestro alrededor comparten tres características que rara vez serán incumplidas: están sumamente adoctrinadas, son fácilmente manipulables y, sobre todo, son y serán increíblemente estúpidas conforme más tiempo existan. Esto, sin duda alguna, nos ahorrará demasiados disgustos y absurdas disputas; sobre todo con nosotros mismos, claro. ¿Es que acaso vale la pena volver a relacionarse con alguien que no seamos nosotros? Cualquier interacción con otros, por corta o larga que pueda ser, tendrá como resultado una lucha de egos y un constante deseo por imponerle al otro nuestras creencias, pensamientos y esencia. El ser humano es tan miserable y tiene tanta necesidad de controlar que no puede apreciar ni amar a otros sin querer hacerlo justo como él piensa que es amar o apreciar. Quiero decir con esto que, para poder querer a alguien, siempre trataremos previamente de moldear a esa persona para poder quererla. Amamos lo que nos gustaría que otros fueran, no lo que son en realidad. Y este contraste tan inmenso es lo que, quizá, nos ha impedido evolucionar como especie. Nunca aceptamos, y tal vez ni siquiera podemos percatarnos, de la inmensa estupidez que fluye por nuestras venas y que nos domina por defecto. Si no podemos controlar a otros, si no podemos solo nosotros poseer la verdad, entonces no vale la pena amar ni ser amado… Y las cosas acaso se tornan aun más inextricables al considerar la gran posibilidad que la verdad, por curioso que suene, sea siempre relativa… Sí, relativa al poder en turno y a aquel que tiene los medios para imponer su verdad a la verdad de otros. En esto son expertas las religiones, los gobiernos y últimamente las grandes corporaciones. No importa ya si están en lo cierto o no, lo único importante es tener el poder y el dinero suficiente para hacer que una mentira/verdad sea impuesta a los rebaños como una absoluta verdad. Y los rebaños, por su parte, están tan adoctrinados y ansiosos de que alguien los despoje de su terrible libertad que aceptarán, sin cuestionar ni reflexionar, cualquier ridícula ideología que les indique qué hacer con sus vomitivas y nefandas vidas de esclavos físicos, mentales y espirituales. La pseudorealidad siempre gana tarde o temprano, no importa cuánto intentemos resistirnos a su glorioso y aberrante engranaje.

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La agonía de ser… Esa sensación tan misteriosa y profunda que siempre aparece en conjunto con la desesperación de existir y el hartazgo existencial extremo; en mí era cada vez era más fuerte y no podía ya ser calmada con ningún antipsicótico, droga o borrachera. En verdad, ya no podía ser contrarrestada con nada y tal vez era esta la señal de que mi momento había llegado. Sí, el sublime momento de ser un auténtico héroe; de aceptar mi verdadero yo y, principalmente, de mostrarme un poco de amor propio eliminando de manera definitiva mi asquerosa y patética humanidad por la eternidad. ¿Para qué seguir? ¿Para qué pretender que había motivos para vivir? ¡No los había y quizá jamás lo hubo ni los habría! El pasado, el presente y el futuro eran solo parte de la misma mentira, de la irónica fachada detrás de la cual nos escabullíamos como ratas espantadas de su propia sombra. El infierno, no obstante, también podía ser un lugar cómodo cuando uno estaba dispuesto a convertirse en un demonio y hacer arder en su interior la pasión del vicio en igual proporción que la virtud. ¿A quién le importábamos realmente? ¿Quién se preocuparía por salvarnos o siquiera por acompañarnos esta noche de impertinente nostalgia y atroz melancolía? Yo estaba cada vez más solo, triste y roto; mas me preguntaba, ¿no era esto bueno en sí? Me sentiría mal de sentirme bien en un mundo donde reinaban el sexo, el dinero y el poder más efímero. Lo que yo necesitaba era terminar de asesinar la humanidad que en mí habitaba y luego, como si de una dulce pesadilla se tratase, despertar de la vida para volverme uno con las caricias de la muerte. Cualquier otro camino que no implicase la autodestrucción, el sufrimiento interno o la devastación de mi cordura suicida no me interesaba ya en absoluto. La vida era para mí una sórdida enfermedad espiritual de la que había que librarse pronto o, si no, se corría el riesgo de quedar atrapado en su telaraña infernal hasta que nuestra funesta silueta fuese devorada por el color de la nada o el réquiem del vacío.

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La Agonía de Ser


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