Era peligroso ampliar la percepción más allá de los límites establecidos, pues entonces se podía terminar detestando todo lo que era el mundo, el humano y hasta uno mismo. Una vez atravesando este peligroso umbral, ya no había vuelta atrás y el verdadero infierno comenzaba… ¡Qué cercanos se hallaban siempre la verdad y la locura! Quizás, en cierto punto, resultaba imposible separarlos y solo quedaba refugiarse en la mezcolanza que pudiera entenderse en términos humanos. Nuestra mente colapsaría irremediablemente si pudiese siquiera rozar la superficie de lo que era la existencia en su totalidad; algo fuera de toda lógica y más allá de toda concepción. Por fortuna o por desgracia, seres tan miserables e inferiores como nosotros no habíamos sido programados para entender nada de todo esto. ¿Para qué habíamos sido creados entonces? Quizá solo para experimentar la vida como tal, sin hacer algo en particular y sin propósito alguno por cumplir. Esto, tristemente, podría ser lo más cercano a una razón universal; al fin y al cabo, la existencia parecía adoptar siempre matices tan variados y contradictorios que quien quisiera analizarla y descomponerla terminaba en un manicomio o en una prisión.
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Decidí no hablar más con las personas cuando comprendí que ser estúpido y patético era lo que las mantenía vivas, aquello de lo cual extraían la voluntad suficiente para existir sin sentido, para imaginar que sus actos y deseos tenían significado alguno en este infierno regido por el dinero y el sexo. ¡Qué repugnante era todo esto en el fondo! El ser humano no había sido diseñado para alcanzar grandes cosas ni para cumplir propósito alguno más allá de reproducirse y alimentar este fatal experimento de tristeza infinita y anomalía eterna. Y nosotros siempre creyéndonos el centro del universo, el ente alrededor del cual orbitaban los planetas, el sol y las demás estrellas; pero no éramos sino lo opuesto: una insignificante lamentación cuyo eco cada vez retumbaba con mayor fuerza, pero era, paradójicamente, silenciado por el eviterno sinsentido que todo lo ahogaba sin importar tiempo o dimensión. ¿Éramos tan necios e ignorantes como para aferrarnos a nuestras más nefandas fantasías y delirios con tal de seguir respirando? Y ¿para qué? ¿Para qué vivir? ¿Para qué morir? ¿Para qué ser? Los dados habían ya sido arrojados, en nuestras manos solo yacía la oportunidad para decidir cuánto prolongar su intrínseco resultado; solo eso y nada más.
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¿Quién o qué realmente soy yo más allá de este cuerpo inmundo infestado de corrupta e inadmisible humanidad? Quizá solo la muerte podría mostrarme una respuesta lo más cercana posible a la verdad, pues en la vida todo lo que encuentro son absurdas contradicciones de una realidad putrefacta en donde cada vez me perturba más y más permanecer. Sigo aquí totalmente en contra de mi voluntad, puesto que el encanto suicida he decidido postergarlo un poco más. Ninguna razón queda en mí para proseguir, para inyectar con falsa e inmunda esperanza la bestia que devora mi interior con fuerza descomunal. Mi sombra ha decidido ir a dar un paseo con el sol negro y las nubes ríen majestuosamente cuando me imagino lejos de mi sendero de melancolía y siniestro malestar existencial. No debería yo estar tan triste; posiblemente existía otro camino para mí, aunque fuese en las lejanías donde nunca e imaginé aterrizar tan atrozmente. ¡Es demasiado tarde ya, mi tiempo está a punto de culminar! Todo lo que puedo hacer es abrazar mi muerte con infernal placer y suplicarle que no vuelva a abandonarme aquí, que no me deje caer en las vomitivas cumbres de esta existencia tétricamente execrable en la que nunca quise ser yo.
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Los humanos suelen creer que su patética existencia está justificada, que toda esta blasfemia que nos rodea debe tener un motivo para ser y que, por ello, deben continuar reproduciéndose y enfermando la naturaleza con su deplorable y malsana esencia. Ciertamente, nunca hubiese pensado que la estupidez de la humanidad podía alcanzar tan insospechados niveles. La locura entonces se ha apoderado de la realidad, la ha masticado como un hueso podrido al que ya no le queda nada que arrancar. Y nuestra carne hirviendo en deseos de placer y compañía también terminará por arder en el fuego sempiterno donde lloran los demonios y sonríen las alimañas adimensionales. No podemos hacer nada para evitarlo, es nuestro trágico destino el arribar sombríamente a los aposentos de la muerte sonriente que jamás se desespera ni suplica por nuestro silencio. ¡Cuánto hablamos, sin embargo, de todo lo que quisiéramos todavía hacer en la vida! Y todo sin sospechar el poco tiempo que nos queda; la melancolía que nos invade podría ser el mejor símbolo de ello. Las voces truenan detrás de la montaña cerúlea y danzan risueñas las melodías que otrora cautivasen mi espíritu ensangrentado; no soy ya el mismo, soy una criatura aún más apagada y carcomida por las espirales del azar y los lloriqueos del mago astral. El espejo cruje todavía, pero estamos ya demasiado cansados para intentar siquiera escuchar uno más de sus susurros en la oscuridad perenne de nuestros ojos cegados y nuestros labios desangrados.
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No hay peor castigo, a mi parecer, que el hecho de existir sin saber por ni para qué, tal y como el deplorable mono parlante lo hace. No hay, empero, ninguna otra senda qué recorrer para nosotros; es esto todo lo que somos y seremos irremediablemente. Marionetas del tiempo que se entretiene con nuestros desvaríos y que sufre con nuestros anhelos inmortales; cristales que ya no reflejan brillo alguno porque la pseudorealidad los ha descompuesto siniestramente y ha absorbido cada uno de sus sueños. En esta caverna nos recostamos buscando un poco de consuelo (¿para qué), un poco de conmiseración divina o demoniaca que pueda hacernos sentir que vale la pena seguir… Mas esto nunca llega, las sombras no se dispersan con ningún rayo de luz; por el contrario, se incrementan y nos doblegan más allá del caos supremo. Resulta entonces increíble que todavía respiremos, que todavía soñemos con un resplandeciente mañana que, tristemente, jamás llegará. La existencia nos ha ofendido, ha raptado nuestra voluntad y nos ha privado de nuestra indiferencia. Nuestras emociones son absorbidas y, asimismo, dispersadas en la nada tras haber servido como combustible a entidades siniestras que no podríamos siquiera imaginar. Puede que yo esté enloqueciendo o que me esté curando de la enfermedad que hasta ahora me ha identificado como un pobre mono más atrapado en una cárcel de barrotes irrompibles e invisibles de la cual nadie, en verdad nadie, ha conseguido hasta ahora escapar.
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Encanto Suicida