No importa lo mucho que lleguemos a amar u odiar a alguien, la muerte se encargará de hacernos olvidar tales traumas (y muchos más) de manera definitiva.
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En realidad, casi ninguno de nosotros quiere amar, sino tan solo queremos ser amados. Hay una abismal diferencia en esto, pues amar implica sacrificio, esfuerzo y anhelo, mientras que ser amado implica complacencia, facilidad y consuelo. Ser amado es sentirse vivo, es regocijarse de ser uno mismos. Pero amar, especialmente cuando no somos correspondidos, ¡demonios!, debe ser más bien como lo más parecido a estar muerto.
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Los sonidos cósmicos no tenían un orden en particular y, sin embargo, todo parecía fluir en armonía. Era como si de algún modo, pese al casi infinito sufrimiento que reinaba en el mundo, hubiera algo que me indicase que todo estaba extrañamente bien… Ese algo, que venía escuchando desde hace tiempo, no tenía un origen en particular ni tampoco me parecía que fuera humano. Ese algo era misterioso, pero tenía una cualidad de dulzura que no podría explicar en simples palabras. Ese algo, hoy lo sé bien mientras veo a todos llorar inútilmente en mi hermoso funeral, no era otra cosa sino el susurro de la muerte que siempre estuvo conmigo desde el día en que nací.
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No existe nada más bello que la muerte de un ser amado, excepto nuestra propia muerte, pues es ahí donde descubriremos al fin el propósito/despropósito de todas nuestras humanas especulaciones.
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Quizá no seas el amor de mi vida, pero no me importa: me basta y me sobra con que seas el amor de mi muerte.
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No concibo acto más puro que suicidarme tan solo para ti, pues solo así, ¡oh, querida mía!, podría expiar todos los males de mi horrible corazón para poder posarme a tus pies y recibir tus encantos en el más allá…
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El Color de la Nada