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El Color de la Nada 56

Llegó el punto en el que soportaba más a las moscas que a las personas, ¡así de inmenso era ya mi odio hacia la humanidad! Y creo que ni siquiera era odio; más bien, era un hastío descomunal y una infernal sensación de no volver a saber nada de nadie jamás. Quería estar solo, hundirme solo con mi melancolía y mi tristeza… Quería ahogarme en aquel océano de deprimente miseria del que ya no podía ni quería escapar, pues esta existencia para mí era ya únicamente una grotesca alucinación.

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Jamás entenderé a las mujeres, tampoco a los hombres; como tampoco jamás entenderé a la especie humana ni sus irrelevantes y patéticas ideologías. Y, en verdad, creo que jamás entenderé nada de la vida ni mucho menos de la divina esencia de la muerte. Jamás entenderé nada del amor, el sufrimiento ni la soledad. Ni siquiera creo alguna vez poder entenderme a mí mismo más allá de los lamentables espejismos detrás de los cuales se oculta mi alma mancillada. Y jamás entenderé, sobre todo, por qué tuve que existir y conocer toda esta inmundicia que tan insustancial y poco adecuada se me antoja: lo humano.

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La forma más segura de llegar a la locura es cuestionarse el porqué de todas las cosas. Y, si se quiere tomar un atajo hacia el encanto suicida, debemos preguntarnos también el para qué de todo cuanto existe; y, en especial, por qué aún seguimos respirando el aire contaminado de este plano putrefacto y sórdido.

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He muerto por dentro tantas veces en vida que creo que, cuando realmente muera, más bien será como si volviese a nacer; pero esta vez con la ilusoria posibilidad de auténtica libertad y amor incondicional. ¡Ay! ¿No son estos elementos precisamente aquellos que han muerto ya en este mundo nauseabundo y siniestro?

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Mientras uno no se mate, está condenado a padecer todos los trucos e ironías de esta blasfema existencia. Está condenado, así pues, a ser humillado una y otra vez por la vida; y cada vez de formas más atroces y ridículas.

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Nunca conviene aferrarse a nada ni a nadie, pues recordemos que, en breve y por fortuna, hemos de disolvernos en el sublime color de la nada por la eternidad. Ese y no otro es el mejor consejo que podemos adoptar en nuestra cotidiana absurdidad cuando, por una u otra razón, creemos tan patéticamente que algo o alguien nos hace falta o nos extraña. Nacimos, sufrimos y moriremos solos; cualquiera que no acepte esto, debe estar aún demasiado aterrado de mirar sin ningún filtro la horrible realidad en la que se pudre su cabeza adoctrinada.

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El Color de la Nada


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