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El Réquiem del Vacío 33

Y, cuando finalmente pude aislarme de casi todas las personas, lugares y actividades, me di cuenta de que el problema, en efecto, era yo. No solo me resultaba imposible soportarme por mucho tiempo, sino que me percaté de que estando a solas conmigo era cuando peor me sentía. Mas también me cuestionaba una y otra vez, en mi recalcitrante y mísera soledad, si existía un solo ser capaz de soportarse a sí mismo por un largo periodo. ¿No éramos todos unos mentirosos, impostores y esclavos de todo aquello que decíamos detestar? En el fondo, solamente una cosa le hacía falta al mundo: amor. Un amor puro, real y sincero; un amor más allá de lo humano, un amor divino y superior. Pero ¿tal amor podría existir? Y, de hacerlo, ¿estaría a nuestro alcance? Dios era amor, se solía decir constantemente. Quizá ni uno ni el otro eran reales, sino tristes y vagos ensueños a los cuáles nos aferrábamos con todas nuestras fuerzas porque teníamos tanto miedo de aceptar que no había nada más allá de las cosas superfluas y absurdas de esta grotesca pseudorealidad. La miseria, la desesperanza y la tristeza parecían ser lo único constante; siempre volvían y con mayor fuerza destrozaban cada simulacro de felicidad con el cual tan patéticamente creía haber escapado de mi atroz irrelevancia… No había salvación alguna, ni humana ni divina. Todo eso eran puros cuentos, puras fábulas ideadas para consolarnos temporalmente y siempre renunciando a nuestra esencia a cambio de más mentiras. El único consuelo real para mí, desde hace mucho tiempo, era solamente el suicidio; o, cuando menos, la idea del suicidio. Solo la muerte me parecía justa, hermosa y sincera; no como la vida, no como el mundo, no como nosotros. ¡Ay! ¡Qué inenarrable tragedia haber existido y seguirlo haciendo absolutamente en contra de nuestra frágil y absurda voluntad!

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Quizá mi problema era que nunca había podido autoengañarme lo suficiente como la gente ordinaria con cualquier persona, actividad, pasatiempo o vicio. Simplemente yo no podía hacerlo, pues cualquier cosa se volvía intolerable después de cierto tiempo. Así pues, terminé por concluir que yo no había sido diseñado para las cosas de este mundo; que no había sido provisto de las mismas herramientas que el resto o que acaso algo en mí se había descompuesto para jamás volver a repararse. Como sea, estaba yo destinado a fracasar y a deprimirme; y no había nada ni nadie que pudiera hacer algo al respecto. Y solo la muerte, tal vez, podría consolarme un poco… ¿Quién o qué más podría consolar a mi corazón roto? No tenía nada por qué vivir y, aunque lo tuviera, no quería hacerlo. Podía seguir como ahora durante muchos años más, cada vez más solo y triste; ¿con qué fin? La divergencia dentro de mí había carcomido toda esperanza y me había arrojado terriblemente a un pantano de deprimente melancolía donde no había posibilidad alguna de volver a sonreír. ¡Oh! A veces, desde el fondo de mi funesto abismo de amargura y podredumbre, podía vislumbrar una silueta parecida a la de un ángel… Supongo que eras tú, mi hermoso y nostálgico ángel de alas celestiales y ojos lapislázuli. Te he fallado, porque en realidad creo que soy solamente un títere más de la ominosa pseudorealidad y que nada queda en mí que merezca ser salvado.

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No me arrepiento de haber pasado casi todo mi tiempo en melancólica soledad… Más bien me arrepiento de todos aquellos momentos donde, tan absurdamente, decidí abandonar tan divino estado e involucrarme de algún modo con los estúpidos y banales seres de esta horrible realidad. ¿Qué obtuve de ello sino más sufrimiento, tragedia y mentiras? No hay nadie que valga la pena realmente, mucho menos uno mismo. Venimos a este plano a ser esclavos de entidades oscuras y de corporaciones siniestras, hasta que un día desaparecemos por completo sin que a nadie le haya importado lo más mínimo cómo nos sentíamos por dentro. Puede que para alguien suenen demasiado crudas mis palabras o que espere alguna especie de sermón digno de un cuento de hadas, pero no tengo nada de eso. Estos versos son pura sangre que emana de mi espíritu atormentado y divagante, ya tan solo anhelante de la navaja cortando mis venas en la cumbre de mi fúnebre demencia.

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¿Para qué continuar viviendo cuando todo lo que siento desde los rincones más profundos de mi ser es precisamente lo opuesto? ¿Qué caso tiene fingir que me interesa todavía relacionarme con la funesta y absurda humanidad? Ni siquiera soy capaz de soportarme ni mucho menos amarme a mí mismo, ¿cómo podría hacerlo con algo externo? Y, a decir verdad, cualquier interacción me parece ya demasiado banal e insuficiente… ¡Ay! El anhelo más profundo de mi alma atormentada no se encuentra en este plano infernal, y ¡quién sabe si en alguno! No tengo certeza de nada, solo que no puedo ya permanecer vivo ni una sola noche más. ¡Que mi sepulcro arda en llamas y que el amanecer corone mi atroz sufrimiento inmanente!

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¿Qué pasa cuando de pronto no sabemos ya hacia dónde dirigirnos, con quién hablar o qué hacer para evadir un poco más la avasallante pseudorealidad de lo absurdo y lo caótico? ¿Es que acaso, una vez penetrando en tal estado, estamos condenados a permanecer en él y vagar como hojas arrastradas por el viento sin sentido ni rumbo fijo? ¿Cómo puede una persona, entonces, disfrutar su vida cuando la incertidumbre y la amargura lo han conquistado por completo? En verdad creo que hemos sido arrojados aquí solo para agonizar espiritualmente y para que nuestras emociones alimenten a la gran bestia. No podemos, empero, luchar por siempre; terminaremos quebrándonos tarde o temprano y quizá solamente la locura sea nuestro sempiterno consuelo en esta abyecta dimensión. Estamos perdidos, ahogados en múltiples contradicciones y añorando el encanto suicida con toda la fuerza que nos permite nuestro carcomido corazón. ¡Ay! ¿Por qué tuvimos que existir? Nunca hay respuestas, solo dudas que crecen sin cesar y una melancolía sórdida que ensombrece cualquier efímero bienestar.

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La incertidumbre existencial es el peor de todos los desgarramientos internos que se puedan llegar a padecer. Más todavía sabiendo el nulo control que tenemos sobre las cosas y sobre nosotros mismos, tanto que hasta resulta aterrador siquiera concebir la posibilidad de que mañana podamos asesinar a alguien tan solo por mero aburrimiento. ¿Dónde está nuestro libre albedrío sino encapsulado en un laberinto cósmico del que jamás podremos escapar? Las pastillas ya no significan nada, tampoco la bebida ayuda por un periodo prolongado. ¡Estamos imbuidos en un ominoso sistema de putrefacción carnal, emocional y mental! Pero no podemos percibirlo, puesto que tenemos tantos velos sobre nuestros verdaderos ojos y hemos absorbido tantas mentiras que renunciar a lo que el sistema ha hecho de nosotros significaría quizá la muerte misma. ¿Dónde está Dios? ¿Es que se nos adelantó y se suicidó ya antes que nosotros? No lo culpo, porque si yo fuera un Dios habría hecho exactamente lo mismo. Pero divago, porque soy un simple gusano cuyas percepciones están atrofiadas y cuyo nulo juicio es ya incapaz de distinguir lo bueno de lo malvado. ¿Por qué existe todo esto? Este vomitivo carrusel que gira sin parar y del cual jamás se obtiene nada apropiado… Tal vez la muerte es solo la culminación de todas nuestras tragedias, miserias y quejas; o tal vez se trata de una metamorfosis forzada que, de otra manera, no estaríamos dispuestos a aceptar. ¡Qué más da! Lo único que quiero es que todo termine ya, que esta vez no haya ningún posterior renacimiento. Nacimos siendo esclavos del tiempo y de nuestros bestiales impulsos, y tristemente creo que estamos condenados a fenecer en un estado mucho más irrelevante y absurdo… No hay salvación, solamente queda resignarse al infinito malestar que envenena nuestra alma y del cual ni siquiera el llanto de los ángeles puede purificarnos. Estamos solos, tremendamente solos; siempre lo hemos estado y siempre lo estaremos. ¡Qué fantasía creer que alguna vez la felicidad o el amor pudieron ser algo más que desvaríos nefandos de nuestra trastornada imaginación! Pese a todo, parece que la asfixia alada tomará su rumbo y nos arrastrará por el infierno muchas veces más sin que nuestra humana voluntad importe lo más mínimo. Nuestro libre albedrío es únicamente un trivial recordatorio de la tragedia que nos ha originado: solo está ahí para infestarnos de endemoniadas posibilidades que destrozan nuestra razón y la depositan en las catacumbas del olvido eterno.

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El Réquiem del Vacío


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