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La Agonía de Ser 44

El suicidio no es una rendición de nada, sino todo lo contrario. Puede ser, ciertamente, considerado como cualquier cosa, menos como rendición. Pues, ¿de qué lo sería, en todo caso? Si en esta vida no hay nada por qué luchar y, por consiguiente, nada a qué renunciar. El que se suicida no renuncia, simplemente apela a la lógica para abandonar un estado que le produce profundo hartazgo, desesperación y aburrimiento. Suicidarse jamás es rendirse, sino salvarse: de la vida, de la muerte y de uno mismo también. Suicidarse es preferir la absoluta libertad por encima de cualquier clase de esclavitud terrenal.

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Realmente nunca podemos confiar en nadie, tan solo podemos autoengañarnos lo suficientemente bien como para pretender que no seremos engañados por alguien más. Es decir, nos engañamos a nosotros mismos para no aceptar que seremos engañados por otros. Tal es el funesto mecanismo de defensa que adoptamos en un vano intento por no aceptar la realidad: solo podemos contar con nosotros mismos y con nada ni nadie más.

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Por supuesto que todas las religiones tienen algo en común: todas son solo una estúpida y vil mentira para adoctrinar a las masas, una aberración que no debería continuar en su pestilencia casi sin nombre. Aunque, ahora que lo pienso con detalle, resulta incluso evidente que hoy en día hay cosas peores, en verdad mucho peores que las religiones; tan solo por mencionar algunas: los gobiernos, las corporaciones y, ¡cómo no!, las malditas redes sociales.

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Claro que la raza humana es una raza débil y patética, por eso requiere en todo momento de algo en qué creer, de un dios o deidad a la cual idolatrar, de un ídolo ante el cual inclinarse y, en última instancia, de algo que le brinde una falsa y efímera esperanza ante el desolador vacío existencial que lo circunda irremediablemente. Y este dios, de hecho, no precisamente debe ser religioso, puede ser de cualquier ámbito: científico, político, económico, material, filosófico, etc. Lo importante no es en sí la deidad, sino lo que implica en la mente de su adorador: una falsa razón para seguir existiendo y para evadir un día más el inefable grito del suicidio.

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Quizá ya no la amaba como antes ni ella a mí, pero no podía permitir que ella amara a alguien más de la manera en que una vez me amó. Fue así como, en mis obsesivos delirios, la acuchillé una y otra vez aquella noche psicótica e inefable embriaguez. Y todo solo para asegurarme de que me amaría por la eternidad solo a mí, de que a nadie más sus labios volverían a hechizar ni sus piernas a envolver.

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La Agonía de Ser


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