El ser tal vez no esté diseñado para permanecer en un estado tan miserable. El problema es que la sociedad misma lo envuelve dentro de un capullo execrable, el cual le aporta un efímero bienestar con el cual se conforma repugnantemente. No obstante, nada se compara a la grandeza de ver más allá de esta vida ilusoria y discernir las claves para abandonar esta realidad por siempre. ¿Qué queremos aquí y por qué fingimos todo el tiempo que tenemos algo que hacer o que encontrar? Actuamos como si verdaderamente nuestra esencia perteneciera aquí y como si el tiempo mismo fuese nuestro amo irremediable. Nunca, o casi nunca, nos permitimos ser nosotros mismos por un largo periodo; estamos dominados por todo tipo de miedos, dudas y preocupaciones de lo más superfluas. ¡Oh! Si tan solo pudiéramos vislumbrar la falsedad de lo material y la impertinente perorata de la realidad a la que tanto nos aferramos… No somos más que unos tontos incomprendidos, retractores de lo divino y amantes de la corrupción más nefanda. ¡Que venga ya la dulce muerte y me lleve muy lejos de mí! ¡Que me arranque de esta forma pestilente que me hace recordar a cada segundo lo humanamente patético que siempre seré!
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Por supuesto que este mundo es un lugar hermoso… Y sería el más hermoso de todos si tan solo no existiéramos nosotros: sus infames demonios. Lo humano es el único impedimento para la perfección, aquello que no concuerda con la sabiduría divina y de lo que siempre cabe esperarse toda desgracia. No sé si alguna vez estuvimos en el paraíso, solo sé que ahora ni el infierno nos querría en él. Estamos en el limbo, tenemos el mundo que merecemos y, aun así, nos empeñamos en hacerlo todo mucho peor. ¿Es que acaso la miseria del mono parlante crecerá indeterminadamente? ¿Nadie vendrá a poner punto final a esta cruenta aberración? ¿Qué es este plano nefando sino la más evidente prueba de que el sinsentido puede también evolucionar y gobernar con excelsa maestría? No queda esperanza alguna, no queda nada por salvar. Estamos condenados y nuestro nacimiento simboliza la mayor de todas las tragedias, pues con él dio inicio el tormento inaudito de nuestra inmunda existencia. Mas somos aún demasiado necios y tontos para reconocerlo, supongo. Y quizá por ello proseguimos alimentándonos de creencias ridículas y argucias solemnes, pero todo para nada. Al final, todos los teatros serán incinerados y en cada uno habremos de lamentar la posible catarsis de nuestro espíritu asfixiado. ¿Cuánto más tardará este mundo triste y enfermo en hundirse por completo en el infinito abismo de su eviterna y estúpida intrascendencia? No lo sé, lo que sí sé es que el encanto suicida siempre será mucho mejor consuelo que cualquier absurdo consejo o sermón esparcido por cualquiera de nuestros patéticos semejantes. ¿Quiénes son ellos para meterse en nuestros asuntos? Si nosotros queremos matarnos, a ellos ¿qué más les da? Que se preocupen por sus insignificantes vidas y que, a nosotros, los poetas-filósofos del caos, nos dejen entregarnos placenteramente al embriagante cáliz del límpido más allá. En verdad, esta realidad ya mucho me ha desfragmentado y todos sus ídolos para mí no han sido sino fieles reflejos de la enfermiza necesidad del ser por adorar todo aquello que es incapaz de reconocer en él mismo: lo divino, lo infinito y lo eterno.
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Entre más se intente crear consciencia en los despojados de sus auténticos sueños, más cerca se estará de perder la razón. Los seres que habitan esta onerosa pseudorealidad no solo están sumidos en la podredumbre más sórdida, sino que están conformes con ello. Hasta creo que sería una locura intentar despertarlos de esta pesadilla carnal en la que se regocijan tan míseramente y en donde están condenados a morir sin ningún sentido. En última instancia, nosotros no somos salvadores de nada ni de nadie. Y, a quien proclamaba serlo, ya hemos visto cómo terminó: clavado en una cruz y traicionado por sus propios seguidores, quienes deformaron sus enseñanzas en algo totalmente vomitivo. ¡Ay! ¡Cuántos descalabros más tendrá que sufrir la triste historia de esta raza patética hasta que se extinga por completo en su infinita estupidez! La humanidad es algo que debe ser superado y a lo que jamás se debe volver, puesto que, para empezar, nunca debió haber sido. ¿Para qué todo esto? Solamente para crear guerras sin fin, para esparcir drogas, armas y violencia sin límites, para mostrar que el sufrimiento siempre puede ser peor… Si yo fuera el creador de seres así, me sentiría no solo arrepentido, sino totalmente desconsolado. Y creo que quizá hemos sido abandonados, pero no podría culpar a nadie por dejarnos aquí… Todo lo que puedo hacer es vivir añorando mi muerte. Sí, añorando ese glorioso instante en que finalmente me haya desvanecido en el color de nada y no tenga que saber nada de nadie por la eternidad; mucho menos de este mundo plagado de miseria, angustia y sinsentido extremo. No tenemos que preocuparnos por irnos al infierno, porque claramente ya estamos en él.
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Sin importar qué color intentase crear en mi psicótica mente para matizar un poco esta aberrante existencia, ésta siempre se tornaba gris y aciaga; tal como un demonio al que le molestaba tanto ser perturbado por quiméricas ensoñaciones. Jamás supe quién era yo en realidad y creo que en este punto no serviría de nada averiguarlo. Lo que necesito discernir sí o sí es la señal para atravesar las montañas y desgarrar los cielos; para escalar hasta la cumbre prohibida y, una vez ahí, arrojarme hacia mi destino en un cromatismo de angelical incredulidad.
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Me pregunto si elegimos venir a esta vida como algunos dicen, porque creo que he hecho la más absurda e insensata elección al aparecer en esta famélica mentira considerada por todos, irónicamente, como una irrefutable verdad. Todo aquí me aburre, me asquea o me deprime; y ni hablar de las personas. Esto es un asco, una blasfemia cuya purificación acaso jamás acontezca. ¿A quién le importaría limpiar un infierno como este? ¿Quién podría comprender mi inmanente e inmenso dolor? ¿Quién secaría mis lágrimas con sus alas blancas y sus manos etéreas? Tanto tiempo desperdiciado, tanta sangre irónicamente derramada y esparcida entre mentiras y lloriqueos insensatos. Mas nada de eso fue algo verdaderamente significativo, sino espejismos para los caídos y sermones para los incrédulos. La magia, la auténtica metamorfosis siempre acontece en el silencio del tiempo y la paciencia del espíritu; y es tan sutil que difícilmente podríamos percatarnos de su presencia.
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Pensé que quería vivir, luego supe la verdad sobre la vida. Entonces ya solo pensaba en morir, aunque estaba aún preso en las estratagemas de la vida. Debía buscar incansablemente una manera de atravesar el frenético umbral que me impedía contemplar a los mensajeros del más allá, pero por ninguna parte parecía hallarse pista alguna. Creí estar perdido, y quizá así es y será… Una chispa surge en la terrible oscuridad, algo de esperanza después de lúgubres tormentas de incierta crueldad. Debería confiar más, debería no ser tan necio, tan humano… ¡Debería cortarme las venas ahora mismo y descubrir qué significan todos esos ecos que resuenan por doquier! ¿Soy un cobarde o un soñador? ¿Qué es la realidad sino una fantasía que no deja de cautivarnos hasta que comprendemos la trampa detrás del cazador? Si alguien sabe quién soy yo, ese no soy yo.
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La Execrable Esencia Humana