Me causaba una satisfacción monumental pensar en mi suicidio. Era casi como un regocijo divino imaginar los rostros de aquellos desafortunados quienes encontrasen mi cuerpo. Ya fuese que lo hallasen oscilando de un lado a otro como un péndulo, con una cuerda alrededor de mi cuello y con las piernas sueltas, o que lo descubriesen con las venas ensangrentadas y en medio de un charco hermoso de sangre carmín. O tal vez con un agujero en la cabeza o en la boca, todo destrozado por el impacto. En fin, me daba igual. Ni siquiera consideraba ya el dolor que podría experimentar los segundos que viviese antes de mi muerte, tan solo me era indispensable no permanecer ni un día más en esta triste y anodina existencia. Ya nada tenía sentido, ya todas las personas me parecían aburridas y todos los lugares patéticos.
Y todos siempre preguntaban acerca de mis seres queridos, de mis amigos, de mis padres y así. En fin, de todas esas personas que, por simple casualidad, había conocido, y que se supone deberían de importarme. La verdad es que no podían serme más indiferentes sus sentimientos; de hecho, creo que les haría un favor marchándome de esta existencia. Pues ¿es que acaso nadie pensaba en mí de manera seria? Y ¿qué? si no quería vivir. Y ¿qué? si me detestaba por completo. ¿No sería más sensato dejarme cometer el acto más hermoso en lugar de preservarme egoístamente en esta realidad malsana, en esta vomitiva prisión donde cada vez me siento más desquiciado y donde he perdido cualquier deseo de existir? Pero no lo entenderían, nunca sabrían el sufrimiento que se esconde detrás de una mirada tan triste como la mía.
Lágrimas de sangre y cristales conformados por todas las ocasiones en que mi corazón fue masacrado sin piedad por los más aborrecibles gritos de la vida. ¿Qué más hay? ¿Qué sentido tiene seguir vivo? Despertar cada mañana era la peor de las desgracias, lo más repelente que podía ocurrirme, la tragedia más ponzoñosa y vil. ¡Cómo odiaba volver a mí, ser consciente de esto que creo es mi existencia! Quisiera evaporarla cuanto antes, extirparme de este infierno humano a la brevedad. Y, así, doblegar los corceles que me persiguen en las telarañas multicolor donde imagino no ser yo. Una nave viene, liderando las olas de un mar negro que inunda mi cabeza, que persigue cada recuerdo y lo tergiversa. Y es que hace tanto tiempo que ni siquiera me siento con ánimos de volver a mí, hace tanto tiempo que olvidé cómo se siente ser efímeramente feliz.
.
Libro: Anhelo Fulgurante