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Corazones Infieles y Sumisos I

La tragedia se presenta comúnmente aunada con la incertidumbre. El vivir por el simple hecho de tener consciencia de ello no denota una superioridad racional en los cerebros estrechos. Pasa que los humanos se aferran a cosas sin sentido, a personas cuya esencia no pueden ni deben atrapar, cuya fragancia se impregna en sus vomitivas garras y adorna la falacia. Con la impertinencia de los seres ignorantes surge una especie de búsqueda absurda, una empresa tal que cavilar sobre su convergencia resulta efímero. No se crean vínculos divinos, sino tan solo ataduras y una empecinada monotonía. Se trata, pues, del mayor impedimento en el progreso y del error cometido en todos los siglos a través de las diversas civilizaciones decadentes en el halo del vacío. Indudablemente, se ha obviado la destrucción de los órdenes mundiales y se ha adorado un régimen tan nauseabundo como ningún otro, pero la culpa es solamente del mono.

La belleza y la sexualidad se han amalgamado en la mayor quimera de los espíritus beatos, en meras bagatelas sin interés alguno. Nuevamente, se encierra la libertad y se enmohece la creación del destino. ¿Quién sospecharía en su vaga concepción del cosmos que existen realidades irrelevantes y otras incomprensibles? Nada queda para el ser acondicionado; todo el posible atavío de trémulas mareas se reserva para el sacrificio del poeta y la creación de los inmortales a través de la conquista del yo principal. Y así es como, triste y absorto, el muerto se levanta para vivir y retroceder en la ilusión del devenir, para sobornar las estultas creencias en la blasfemia del ser. La explosión interna no deja dudas sobre el sacrilegio cometido por los perseguidores de aquellos insanos en la vulgaridad del tedio monumental. La encarnación hace imposible el amor supremo encabezado por la deserción de este.

Ciertamente, el patetismo de la evolución hace impensable la progresión infinita de la humanidad en su estado actual. No queda, de hecho, otro camino que no sea el del suicidio masivo a favor de un nuevo amanecer donde la justicia y la libertad imperen por encima de todo, principalmente sobre la ambición y sed de poder que tanto atosigan la infame existencia humana. La infidelidad y la sumisión han conquistado todas las posibilidades y han sellado el ciclo del apocalipsis, aniquilando cualquier vestigio de lo que aún se cree que pueda ser el amor.

El día menguaba entre la sórdida sensación de la inutilidad inherente a la existencia. Alister tenía que partir, después de todo no le agradaba la idea de encontrar tanto tráfico de vuelta a su hogar. Sería lo mismo de cada noche: mirar a las personas, repugnarlas y sentir asco de todo, incluso de su propio yo. Pero así era la vida en el mundo humano, todo se trataba de soportar la estupidez del rebaño y de hacer un magistral esfuerzo por no suicidarse al despertar. ¿Por qué serían las personas tan imbéciles e hipócritas? Esa era la pregunta que se repetía diariamente en la cabeza de Alister. ¿Tenía sentido alguno? Es decir, ¿por qué un mundo como este existía? ¿Por qué continuaba la especie humana, tan adoctrinada y ominosa, reproduciéndose y contaminando este planeta? ¿Cuántas de las personas que existen merecerían hacerlo? ¿Por qué no matarlos? ¡Eso es! ¿Por qué no acabar con todos?

Esa era, al menos para Alister, la verdad desde la cual miraba todo; era ese el punto de referencia desde el cual había decidido observar y juzgar: el mundo estaba podrido, las personas eran cada vez más estúpidas y vacías, y, si se quería realizar un cambio verdadero, no había de otra más que destruirlo todo para luego construir un paraíso. Pero ¿quién merecería habitar en tal idilio? Indudablemente, mientras hubiera humanos, volvería a ser lo mismo. Tal vez al principio todo estuviese bien, pero, con el paso del tiempo, volvería la ambición, la sed de poder y todos los elementos que ahora hacen de este mundo un lugar horrible. Entonces ¿qué hacer? Tristemente, no había elección: solo quedaba suicidarse. No obstante, Alister aún no quería hacerlo. Creía, ilusamente, que había algo; o alguien, mejor dicho, por quién valía la pena soportar esta existencia de porquería.

–Espero que regreses con bien –insistía Erendy, su novia, quien lo apreciaba sobremanera y lo cuidaba tanto como podía, más de lo que hacía por ella misma.

–Sí, no te preocupes. Sé cuidarme solo, te prometo que la próxima vez me iré mucho más temprano. Ahora solo abrázame, no hay algo que me importe más que estar contigo, pues eres la mujer que quiero a mi lado y con quien puedo entenderme –arguyó Alister con los ojos ilusionados.

–Me hacen muy feliz tus palabras, mi mayor sueño es permanecer contigo cuando todo lo demás caiga. ¿Puedes prometerme tú lo mismo?

–Desde luego que sí. No entiendo por qué lo preguntas, estaré contigo porque te amo. Sin importar lo que ocurra, yo te cuidaré.

Aunque bucólico e idealista, nada resulta más fantasioso para el humano que prometer aquello que no le pertenece ni jamás lo hará. Los sentimientos, las emociones y las voliciones son cosa sumamente inextricable. Se puede prometer todo menos amor, amistad y cualquier otro sentimiento desconocido y fuera de control en nuestro actual estado. No cabe duda de que el ser representa la exégesis de sus tormentos manifestados mediante quiméricos sueños futuros.

–Hasta pronto, amor mío –decía Erendy mientras veía partir a su caballero plateado a lo lejos–. Espero que llegues con bien.

Se habían conocido en la cafetería de la escuela, de un modo inusual, casi guiado por la casualidad. Ahora que estaban enamorados todo era destino, así se distorsionaba la percepción a causa de un idílico sentimiento supuestamente llamado amor.

Nunca pensé que Erendy algún día llegaría a representar esto en mi vida –meditaba Alister al viajar en el metro que lo llevaba de vuelta a casa.

Alister amaba demasiado a su musa dorada, sentía por ella algo que no podía controlar. Cuando no estaban juntos, una desesperación infernal le corría las entrañas. Este era su onceavo mes en su apacible relación y todo lucía bien hasta ahora. Sus vidas parecían coincidir de un modo inverosímil y fantástico. No había duda de que la suerte y el destino usaban la misma máscara.

–Ya llegué –dijo Alister descolgándose la mochila para saludar a sus papás, quienes aguardaban impacientemente.

–No me agrada que llegues tan noche, pasas mucho tiempo con esa jovencita –replicó su madre.

–Mamá, yo la quiero y disfruto su compañía. Además, tú seguramente hacías lo mismo cuando veías a papá, o él contigo.

Justo cuando la madre de Alister estaba por soltar una nueva y más feroz reprimenda, su padre intervino.

–Déjalo ya, a su edad tú y yo hacíamos lo mismo. Él tiene razón. ¿Recuerdas la vez que nos fuimos por una semana al bosque y se infartó tu padre?

–¡Cállate! Ni siquiera me lo recuerdes; sin embargo, ahora las cosas son diferentes. Yo lo hago por el bien de nuestro hijo, pero, si eso piensas, entonces déjalo que haga lo que quiera, solo no me culpes después.

El papá de Alister no dijo una palabra más y este se retiró a su cuarto. Una vez ahí, no esperó ni un momento para escribir un poema a Erendy; era algo que le resultaba más que natural. Ya le había dado casi una colección completa y esperaba el momento de contactar a una editorial y publicarlos, no por dinero, tan solo por amor a la literatura. Ciertamente, veía con tristeza como cada vez los escritores eran más simples y los libros más mediocres, pero en eso se había convertido la literatura actualmente: en un negocio más donde cualquiera se sentía con el derecho de escribir estupideces y darlas a conocer a un público aún más estúpido. Pocos eran los escritores que todavía preservaban esa magia en sus escritos, y Alister soñaba con ser un poeta de verdad.

En fin, así de peculiares eran aquellas dos estrellas binarias, aquel par de locos enamorados. Y así de fugaces eran los campos elíseos donde retozaban sus anhelos. El brillo se había encendido con una ferocidad inquebrantable que incluso el viento más mortífero no significaba riesgo alguno para el sublime resplandor de dos espíritus enloquecidos e inflamados por la falsa llama del romance.

El día siguiente llegó y la misma rutina enfermiza se repitió, pero Alister no lo atisbaba porque aún estaba enamorado. Incluso, su misantropía había menguado un poco. Mientras viajaba en el metro hacia casa de Erendy, pensaba en sus últimos meses. Antes de conocerla le parecía que todo lo que hacía carecía de sentido, pero no era tan simple. Había leído algunas cosas, había adquirido ejemplares de Camus y Cioran, pero ahora la situación iba más lejos. Pensaba intensamente que la vida podía ser bella y ahíta de sentido, pero que los humanos mismos se encargaban de diseminar ese sentido con su absurdo comportamiento. A final de cuentas, lo que cada persona atribuía como el sentido de la vida estaba condicionado a situaciones terrenales, y por ello temporales; no existía un sentido que pudiera ser impertérrito, o al menos que no estuviese basado en la posible existencia de otra persona. Por este cauce iban los pensamientos de Alister cuando el metro finalmente alcanzó la estación en que bajaba.

–Por fin rozaré los labios de mi amado retoño con los míos, y nuestras bocas encajarán tan magnificentemente como jamás otras lo hicieron –pensaba Alister, que ya no podía esperar más para abrazar y acariciar el rostro suave y bello de Erendy.

Y es que Alister era atractivo en todo sentido. Físicamente era de estatura mediana, tenía ojos color marrón, el cabello chino y radiante como el sol; además, era de piel blanca y barba tupida, aunque siempre se rasuraba. Entre sus pasatiempos favoritos estaban tocar la batería y ayudar a los animales heridos a encontrar un hogar. Por otra parte, siempre se sentía en constante peligro, tenía una especie de alucinación de que alguien lo seguía. Estudiaba física e inglés, practicaba calistenia; también leía a Camus, con tendencia existencialista, sabía la verdad sobre el mundo y le gustaba platicar sobre conspiraciones. No muchas personas lo entendían, y menos aún podrían considerarlo un ejemplo a seguir. Por otra parte, Erendy era muy curiosa. Sus ojos eran negros, muy profundos. Sus cabellos eran muy lacios y cafés, casi rojos. Su piel era muy suave, ligeramente clara. De estatura baja y con cuerpo delgado, bien trabajado debido a que entrenaba crossfit. Lo que le interesaba era la lectura, particularmente la teosofía y el misticismo. A veces se complicaba la existencia preguntándose cosas sobre temas muy diversos, le parecía que las personas debían hacer mucho más que conformarse con la trivial vida que llevaban. Estaba por ingresar a la universidad e iba a estudiar criminología.

–Hola, ¿cómo se encuentra usted? –expresaba tímidamente Alister frente al señor Franco–. Vengo a ver a Erendy, no sé si pudiera ser tan amable de llamarla.

–Sí, claro. Pero pasa por favor, ahora mismo es la hora del desayuno. Yo ya casi me marcho, llevaré a arreglar esta bicicleta vieja, espero no tardar. Mi esposa preparó unos deliciosos pastelillos especialmente para ti.

–¡Oh vaya, eso no lo sabía! Erendy no me avisó ni me comunicó algo sobre eso ayer, debí intuirlo por su actitud tan sospechosa cuando mencioné que llegaría más temprano que de costumbre.

–Sí, pero tú no te preocupes y, por favor, pasa, que mi esposa tiene un carácter horrible y, si la haces esperar, tendrás dos mujeres de las cuáles preocuparte –respondió el señor Franco.

–Alister, mi amor, ya estás aquí. ¡Qué felicidad! No te dije algo sobre esto ayer porque quería que fuera una sorpresa –dijo Erendy, que usaba un conjunto rojo de muy bella tonalidad, que combinaba a la perfección con sus cabellos color sangre.

–Te ves bien; bastante…, diría yo –exclamó Alister sobresaltado por la belleza de su novia–. ¿Es nuevo o no lo habías usado?

–Sí, es nuevo, de hecho. Mi madre me lo compró ayer, es único. En verdad la tela es tan fina y además tiene grabado mi nombre en la parte interior, fue cortesía de la tienda.

–Vaya, eso sí que parece interesante –replicó Alister mientras se deleitaba con uno de aquellos pastelillos rellenos de fresa y cubiertos con chocolate.

–Y ¿a dónde irán hoy? –inquirió el señor Franco.

En ese momento la mamá de Erendy, la señora Laura, entró en la sala, interrumpiendo la respuesta de Alister.

–Pero ¡qué gusto me da verte por aquí, muchacho! Hace tanto tiempo que no te veía.

–Mamá, pero si ayer vino y fuimos con Vivianka a comprar sus vestidos nuevos para el cumpleaños de su amiga –dijo Erendy rápidamente.

–¡Oh, cierto! Perdona mi torpeza, es que últimamente me he sentido muy despistada con estas pastillas que estoy tomando.

–¿Qué pastillas? Y ¿para qué específicamente las toma? –preguntó Alister curiosamente.

–Bueno, no estamos aquí para hablar de enfermedades, mujer. Mejor vayamos a desayunar –interrumpió esta vez el señor Franco.

De ese modo, los padres de Erendy se adelantaron a preparar la mesa para el desayuno y los dos enamorados pudieron disfrutar una agradable plática.

–¡Buenos días a todo el mundo! –exclamó una angelical voz.

–¡Buenos días, princesa del sueño! –exclamó la madre de Erendy–. Ahora sí se te pegaron las cobijas.

–No es eso, es solo que ayer me acosté muy noche por planchar los uniformes –respondió Vivianka, adormilada.

Vivianka, la hermana de Erendy, era la que apoyaba a sus padres en todos los gastos concernientes al despilfarre, tales como ropa que no requerían y joyería innecesaria, también era quien más involucrada estaba en la religión. Físicamente era blanca, de estatura baja, de complexión normal, más delgada que robusta, con grandes senos. Su cabello era corto, negro y lacio. Sus ojos eran de un tono café oscuro, casi negro, y su cara guardaba un halo de angustia. Profesionalmente era excelente en su labor, aunque hubiese querido ser química. Tenía dos hijos pequeños y su matrimonio era un completo desastre. Su meta era conseguir una bonita casa en algún país de Europa y comprarse un automóvil del año.

Alister no le dio la mayor importancia, aunque le pareció bonita la voz, era muy dulce. Ahora estaba demasiado ocupado contemplando a su querida princesa.

–Bueno, y entonces ¿a dónde irán? –inquirió el padre de Erendy, retomando la pregunta que había sido interrumpida por su impertinente esposa.

–¡Iremos al bosque de los árboles rosas! –replicó Erendy muy emocionada.

–¡Ah! Muy romántico para mi gusto –interfirió nuevamente la señora Laura–. ¿Ese en donde hay bugambilias regadas por todo el lugar?

–Sí, precisamente ese –afirmó Alister–. ¿Usted lo conoce o sabe algo acerca de él? Dicen que es un lugar mágico, se cuenta una leyenda sobre él, parte de una maldición para ser precisos, aunque no sé mucho.

–Desde luego, es un lugar legendario conocido por todos aquí. Yo sí sé de qué trata esa supuesta leyenda de la que dices. Te puedo contar si gustas… –expresó la señora Laura.

–¡Ah, bueno! Es que yo vengo desde lejos y no conozco mucho de las tradiciones de este lugar, por eso decía que solamente he escuchado, pero no he horadado en tales asuntos.

–Eres solo un niño –exclamó Vivianka, quien, a decir verdad, simpatizaba con Alister, pues le parecía muy inteligente y lo miraba con ojos extraños, casi pasionales.

–Bueno, en ese caso, te contaré. Se dice que en aquel singular bosque las cosas tienen voluntad propia, no obedecen a los designios del destino. En especial, se comenta bastante sobre esas extrañas flores violetas que seguramente has visto al pasar. De estas hay muchos relatos, pero el más común e intrigante habla sobre un joven enamorado que hace eones juró amor eterno a su princesa.

–No se trata sino del clásico cuento de amor convergiendo en tragedia –arremetió nuevamente Vivianka, para quien esas cosas del amor no eran más que quimeras.

Todos se miraron y enmudecieron, pero luego se animaron nuevamente y rieron. Vivianka era escéptica con respecto a asuntos amorosos, y parte de ello se debía a su maltrecha relación, a un casamiento absurdo que ahora la había sumergido en la desgracia. Y eso, quizá solo eso, bastó para que codiciara algo que, en principio, no le pertenecía.

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Corazones Infieles y Sumisos


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