Disociación

Silencio, un hermoso y catártico silencio se impuso entre nosotros, atrofiando cualquier especie de vibración, ensordeciendo el ruidoso tropel de emociones fulgurantes y sentimientos orlados que coronaban esta caravana poética, símbolo ingrávido de la extinción romántica. Acertijos trepidantes burlándose de la insensatez humana al caer del trono ficticio, al saborear el lodo iridiscente de la verdad injustificada. Nada más plausible pudo escindir a los amantes ignorantes del destino cruento y del tiempo matizado. Ningún dios acudió para pregonar la magia sublime o siquiera para apostar una renovación, un deseo de muerte que fecundara la inmolación. Una estrella aún centellea débilmente, pero sé que ya no me pertenece su brillo, acaso jamás lo hizo. Y solo la observo alejarse para siempre mientras me acribillo.

Tan pronto como apareciste, el fuego consumió los besos que, con taumaturgia y precisión, robaste a mi escueta boca. Y que, con demencia y explosión, nos transportaron a los palacios de ónix negro para venerar al pájaro que paulatinamente devoraría nuestro amor. Veíamos, como el resto del rebaño ignorante, tan independiente de nosotros la única seductora de la existencia ignota, la purificadora máxima de los eternos designios. Y, sin embargo, aullaba en las sombras que se esparcían tras cada encuentro, que añoraban comer nuestra carne y batirse de nuestra sangre. Nos disociaba sin que pudiésemos percatarnos, sin que pudiésemos hacer algo para evitarlo; todo para aceptar que nuestro antes magnificente amor ya se estaba muerto.

Estocásticas las manecillas que restaban por avanzar en el reloj cósmico y perenne de la comunicación fraudulenta. Pensamos que estaríamos en armonía con nuestro interior si juntos recorríamos el plano superior de los siete por dilucidar. No obstante, un grito atroz marcó el retroceso, absorbió la naturaleza de nuestros instintos y los impulsos delirantes que nos ataban con el mundo de los huesos. Y, entre el dolor y la tristeza, entre lamentos y murmullos, se secó para siempre el manantial donde se posaban los cuervos para graznar hacia la gibosa y pálida luna sangrienta, único testigo del principio y el fin de esta absurda historia en la que creíamos tan ilusamente amarnos.

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Libro: Locura de Muerte


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