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El Color de la Nada 45

Las cadenas más sólidas que no podemos quitarnos bajo ningún motivo son y serán siempre las mentales. Desde que nacemos somos adoctrinados con todo tipo de estúpidas creencias, ridículas normas y supuestos principios que rigen esta execrable sociedad. No obstante, desprenderse del todo de todo lo impuesto quizás implicaría desprendernos de nuestra propia vida en el proceso, pues ya estas nefandas semillas han germinado y han extendido sus ignominiosas ramas por doquier en nuestro lúgubre interior. Siendo así, podemos decir que lo que creemos que somos jamás será algo que nosotros elegimos ser; será únicamente el funesto producto de todo aquello que hemos absorbido durante este absurdo naufragio terrenal. ¿Quiénes somos en realidad? No puedo evitar pensar que nunca podremos conocernos del todo y quizá ni siquiera un poco. Nuestro verdadero yo, de existir, está opacado y sumergido en la más repugnante cloaca de donde nada podrá salvarla. La pseudorealidad se ha encargado de colocarla allí y desde luego que esto conviene sobremanera a sus fines malévolos y aberrantes. Lo realmente lamentable es que somos demasiado débiles para luchar y estamos demasiado encantados con nuestra maravillosa estupidez, misma a la que nos ceñimos tan ridículamente en un vano intento por no enloquecer.

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La neblina continuaba acumulándose y mis lágrimas de sangre purpúrea no cesaban de caer. Pero me veía a mí mismo en un cuerpo no humano y experimentaba una percepción alterada de la realidad que tampoco era la humana. ¿Había terminado de enloquecer al fin? ¿Habrían dejado de hacer efecto los antipsicóticos? ¿Habría funcionado aquel conjuro para abandonar aquella ominosa realidad y posesionarme del cuerpo de alguna entidad en alguna otra dimensión a años luz de la vía láctea? ¿Dónde me hallaba justo ahora? ¿Había sido tan poderosa la distorsión tras el choque de dimensiones y coordenadas temporales? Algo me decía que no había arribado todavía a mi último destino, pero que lo que aquí conocería me serviría en demasía para acercarme a la flama del corazón dorado que yace en los rincones menos horadados del cosmos más distante… Entonces el suicidio me serviría como único guía y tendría que abandonar todo lo que conocía para poder fundirme con lo más divino.

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En esta vida no tenemos nada que ganar y sí mucho que perder. Perdemos nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra dignidad, nuestro orgullo, nuestro ego y nuestra esencia… Y, a fin de cuentas, no ganamos nada a cambio sino tan solo sufrimiento, locura y muerte. ¿Cómo entonces apreciar algo así de injusto y doloroso? ¿Es acaso este periodo una transición indispensable en el camino hacia la máxima evolución? ¿Por qué no podemos tener certeza de ello? ¿Por qué el ser humano debe vivir así? En constante conflicto, preocupándose por lo más irrelevante y ambicionando lo menos importante. Quizás esa es la gran anomalía enmarañada en el caos y el tiempo: la de difuminar nuestro yo más profundo en las múltiples argucias de lo mundano. Son tantas las cosas que nos atormentan y diluyen nuestro yo que, de hecho, podría decirse que, a partir de cierta edad, solo vivimos en un estado de inconsciencia extremo. Percatarse de esto resulta tan improbable que la pseudorealidad ni siquiera presta atención a tales acontecimientos, pues, en todo caso, dichos individuos serán tachados de dementes o criminales. Mas el auténtico crimen nunca será otro sino la renuncia a uno mismo y a la voz de su propio corazón, y a cambio únicamente de las mentiras y falsas doctrinas e ideologías que se encargan de encadenar al ser a la rueda de la eterna devastación existencial.

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No cabe duda de que el segundo mayor error que cometemos es seguir viviendo, pese a que tengamos unas ganas incuantificables de volarnos la cabeza. El primero, desde luego, es haber nacido; pues el nacimiento, ciertamente, es el origen de todos nuestros males. La tragedia de la existencia nos perturba sobremanera, aunque decidimos no hacer nada al respecto sino permitir que nos destroce lentamente. ¿Qué podríamos hacer, ciertamente? No veo muchas opciones y todas tienen que ver con el encanto suicida o el réquiem del vacío. Parece que no importa desde qué perspectiva miremos el mundo y nuestro papel en él, pues en todas encontraremos que la desdicha está implícita y la desesperanza es lo único que reina y ríe en el trono de la imperecedera sombra del absurdo.

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Quien se suicida, tiene al menos una esperanza en algo: en la muerte. En contraste, quien continúa viviendo con el vehemente anhelo del suicidio en su corazón, no tiene ya ninguna esperanza: ni en la vida ni en la muerte. La locura le espera con los brazos abiertos, una especie de limbo terrenal que deberá padecer y que terminará por horadar en su corazón melancólico con la fuerza de mil aguijones. ¿Cómo es que alguna vez pudimos aceptar tal sinsentido del modo más pacífico y vil? Sin duda, todo es culpa del moldeamiento inicial al que nos vemos sometidos sin elección alguna. Debemos olvidar todo lo que nos han enseñado sobre la vida, porque, en su gran mayoría, serán puras falacias y contradicciones. Debemos explorar y experimentar por nosotros mismos la vida, el tiempo, la realidad y la muerte. Nadie posee la sabiduría ni el poder suficiente para indicarnos cómo debemos comportarnos, qué debemos pensar o en qué creer. Yo creo en las cosas de la muerte, en el encanto suicida, en mi profunda nostalgia… Si alguien cree que estoy equivocado, no me interesa en lo más mínimo; porque, en todo caso, él también creerá en cosas que yo podría tachar de ridículas o estúpidas. La esencia de una persona no se determina por lo que otros crean u opinen, sino por la fuerza con que puede seguir la línea de su destino hasta el final sin importar qué implique en sí tal camino. La mayoría nunca podrá entenderlo, porque desde el comienzo han renunciado a ellos mismos y han aceptado, con una facilidad que asquea, que sean otros los que decidan por ellos y les impongan todo tipo de creencias, dioses e ideologías que solo los arrastrarán muy lejos del autoconocimiento y la autopercepción verdadera.

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El Color de la Nada


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