Tal vez por eso era soportable vivir, al menos por el efímero tiempo que debíamos hacerlo. Y lo era porque, al fin y al cabo, siempre quedaba la muerte como consuelo y el suicidio como alternativa. De no ser así, no quiero ni imaginarme cuán infinitamente más insoportable sería nuestra miserable y abyecta existencia. Siempre preocupados por lo más irrelevante, tratando de obtener un aumento en el trabajo o por adquirir más bienes materiales. Buscamos el progreso en el sentido material, totalmente ignorantes de que nada de esto es más que una mera y atroz ilusión. Nos sentimos encantados de vernos rodeados de seres miserables como nosotros y en sus esencias putrefactas nos cobijamos, dado que estar con nosotros mismos y contemplar nuestro repugnante reflejo nos aterraría sobremanera. En el exterior hallamos siempre algo que nos distrae y perturba, que nos hace olvidar cuán apabullada se halla nuestra alma atormentada por tanta melancolía y siniestro olvido. No vemos las cosas con los ojos de la verdad porque hemos decidido de antemano asirnos de la falsedad y creer, tan ilusamente, que esta blasfema y mundana dimensión lo es todo. Siento infinita tristeza por la humanidad, puesto que evidentemente ha errado el camino y ha renunciado demasiado pronto a su escasa divinidad. Lo mejor es aislarse, buscar consuelo en el ostracismo y algún día, con motivadora alegría, pegarnos un tiro o cortarnos la garganta en un acto de magnificente amor propio.
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Lo que me parecía paradójico era el hecho que, en cuanto me había percatado de que la existencia no tenía ningún sentido, no me hubiese suicidado de inmediato. Al parecer, incluso si todo era ridículamente absurdo, aun así, algo en mi interior intentaba ilusamente encontrar algunos débiles rayos de sol en este arrebol de sempiterno sufrimiento y recalcitrante miseria. El amor, asimismo, es solo otra mísera entelequia; solo otro desvarío que de nada sirve y a nada conduce sino solo a más destrucción y dolor. En un mundo como este lo mejor que podemos hacer es intentar amarnos solo a nosotros mismos y a nada ni nadie más. ¿Por qué otros merecerían nuestro cariño, comprensión o atención? ¿Cómo amar algo tan imperfecto y efímero como lo humano? En especial, sabiendo que la más abyecta insustancialidad fluye por sus venas y que la más malsana avaricia ha conquistado sus corazones putrefactos y carentes de ternura. Los seres humanos que habitan esta odiosa pseudorealidad se han convertido en bestias esclavizadas por la tecnología y el sinsentido, en meros productos de más esclavos mediante el vomitivo acto de la fornicación. También se han inventado una que otra tontería mística a la que han dado el falaz nombre de religión. ¿Hasta dónde puede llegar la tremenda hipocresía y el desatino mental de seres incapaces de amarse a sí mismos y de hallar en su propio interior lo divino o lo sublime?
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Cada día mi pesimismo, hastío y depresión se encarnizaban más cruelmente contra mi mente divagante. Asimismo, entendía a la perfección que la puerta permanecía siempre abierta; pero me mantenía en esta vida tan solo para contemplar hasta dónde podía soportar esta inútil y triste experiencia carnal. Probablemente, era yo un tonto por no poner fin a mi impertérrita miseria cuanto antes; aunque, por otro lado, pensaba que, al fin y al cabo, la muerte, tal como la vida, tampoco tendría nada relevante qué ofrecerme. ¿Qué certeza podría tener de que al haber acabado conmigo, al menos con mi forma material, las cosas cambiarían? Bueno, al menos ya no estaría en este plano de ignominia y estupidez infinitas; ¡eso ya sería un gran avance! Sí, largarme de aquí para siempre y no volver a saber nada de la humanidad ciertamente me llenaría de inmensa alegría. Luego, ya vería qué hacer en aquel extraño más allá o donde sea que arribara mi forma espiritual. Mi alma solo gritaba una palabra: libertad. Sí, quería finalmente salir de este cuerpo y expandirse más allá de los límites de la razón; más allá de las anodinas y limitadas concepciones que cualquier mono podría concebir. Todas las perspectivas me parecerían entonces bellas, aunque estuviesen impregnadas de atroz sufrimiento y cruenta agonía; yo podría comprender, así pues, que todo ello no era más real que un juego de niños o que una comedia en un teatro de lo absurdo. La existencia era algo espantoso, algo de lo que era mejor deslindarse tan pronto como fuera posible; ¿por qué aún yo no me había entonces deslindado de esta pesadilla grotesca y ridícula? Supongo que era yo todavía demasiado humano, que tenía todavía demasiado miedo de conocer mi verdadero yo.
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Creía tener cierta idea un tanto misteriosa de por qué los banales seres de este mundo abyecto no se (auto)erradicaban de la existencia. Quizá porque siempre era mejor continuar aquí, aunque fuera de la manera más miserable y ruin; aunque no tuviera el más mínimo sentido todo lo que hacían y aunque sus patéticas vidas transcurrieran siempre entre la desgracia y la rutina. Al menos, así es como considero que ha proseguido esta ignominiosa y absurda pesadilla a la que estúpidamente nos aferramos y donde tantos títeres pretenden ser libres y auténticos. ¡Qué risa me dan todos y cada uno de ellos! Pobres tontos e ignorantes, adictos a la insustancialidad y esclavos de sus impulsos más blasfemos. La pseudorealidad ni siquiera se ha esforzado al conquistar sus mentes, puesto que estaban ya vacías de antemano. ¡Cómo no! Si desde el origen de la creación el mono ha sido privado de toda perspectiva sublime y, en su lugar, ha sido atiborrado con cualquier tontería que le haga vivir el tiempo suficiente para ser usado por el sistema y luego desechado indiferentemente como la triste basura que siempre fue. No hay escape para ninguno de nosotros, todos estamos destinados a la misma tortura existencial y a ser arrojados a ese calabozo del que nadie ha podido volver.
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Aquel reflejo en el espejo, que observaba solo en muy contadas ocasiones, dejó de parecerme tan espeluznante cuando me percaté de que era yo, como tantos otros, únicamente un muerto más que aparentaba estar vivo. Y era así porque desde hacía tanto no tenía ninguna esperanza, sueño o propósito que me animara a salir de la cama por las mañanas; tan solo seguía adelante por mera inercia, obligación o, más seguramente, estupidez… También esto era paradójico en sí, puesto que no quería vivir ni morir; solo quería que todos me dejaran en paz, que nadie volviera a molestarme. Eso y no otra cosa era lo único que sabían hacer las personas: molestar. Sus conversaciones, presencias y actos me parecían tremendamente vomitivos y ridículos; no soportaba estar cerca de ellos por un efímero tiempo. Siempre sentía nacer en mi interior, con infernal rapidez, el sublime deseo de alejarme y aislarme durante periodos prolongados en los cuales más se reforzaba mi melancolía y mi deseo suicida. Pero entendía que tal era mi destino, que alguien como yo no podía ya volver atrás y ser como esos monos parlantes que se entretenían con cualquier irrelevante pantomima o vulgar pasatiempo. En todo caso, ellos no podían percatarse de esto y proseguirían solazándose en su imperante intrascendencia. La humanidad había sido siempre así y nada había cambiado a lo largo de estos siglos donde se hablaba de evolución y progreso: al fin y al cabo, bastaba de muy poco para robar la energía y opacar el aura de esos títeres que, con aciago placer y una aberrante sonrisa en el rostro, se agrupaban en funestos rebaños y acudían a nefandos templos en donde les era lavado el nulo cerebro que les restaba. Luego, ya no fue necesario hacerlos salir de sus casas; ya que se inventó un aparato de la más novedosa tecnología que atrapaba sus mentes y almas con una facilidad nunca vista y que superaba a las religiones, los gobiernos y las organizaciones en su fantástica manera de control y adoctrinamiento. ¡Pobre humanidad, que los dioses de apiaden de tan horripilante vómito andante!
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Alguna vez creí ser feliz a tu lado, eso es lo que debo agradecerte antes de dejarte ir para siempre. La navaja espera mi regreso y hoy he decidido que ya nada me detendrá, que este mundo me será para siempre indiferente y que, en el ocaso de esta triste y absurda existencia que he soportado todos estos años, sonreiré al recordar tu magnificente sonrisa y tu inmarcesible mirada cuando finalmente me cuelgue esta tarde. Debo reunir toda la repugnancia y náusea de que es capaz mi espíritu y usarlos como motivadores para cumplir con mi sagrado propósito. Finalmente, seré libre… Y, si no, al menos sí que ya no tendré que volver a soportar un día más en esta execrable sociedad. ¡Qué alegría siento cuando imagino el inefable momento en que todo fundirá a negro y el olvido eterno ocupará el lugar de lo que alguna vez llamé mi vida! ¡Ya nadie volverá a fastidiarme ni tendré que seguir existiendo por obligación! No habrá más días en donde me sienta solo y abrumado por la irrelevante esencia de lo humano y la trivial máscara de lo cotidiano. De cualquier modo, mi existencia era tan miserable y absurda como la de cualquier otro esclavo: condenado a la infame rutina de los días que pasaban sin que hiciera lo que yo quería, porque mi tiempo debía dedicarlo a un trabajo que odiaba tan solo para sobrevivir. ¡Mejor estar muerto, mejor que la soga estruje mi cuello mientras la lluvia afuera me hace alucinar con este último y sepulcral recuerdo!
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Encanto Suicida