,

Encanto Suicida 54

El mundo sería un mejor lugar tan solo si desapareciera casi toda la humanidad y si los pocos que quedaran vivos se despojaran de todo rastro de su anterior esencia. Esa es la única manera que se me ocurre para purificar este desvarío cósmico que tanto ha ensuciado la grandeza de lo divino y lo eterno; ¿por qué tuvo que existir lo humano? ¿Por qué esa imperfección, estupidez y vileza tuvieron que unirse y dar origen a algo así de funesto? Nunca lo comprendería, nunca habría explicación alguna que sivierta de consuelo. Todo lo que podía hacer era encerrarme en mi habitación y hundirme en mis lágrimas, mi esperma y mi sangre.

*

Los fragmentos que laceraban el espíritu eran los mismos que el ser usaba para deleitarse con sus humanos vicios y absurdas quimeras. Y yo era mi mayor enemigo, aquella monstruosidad blasfema que siempre me acuchillaba cuando los cielos parecían iluminarse y el resplandor de sol más sublime se me figuraba. Debía asesinar cada fragmento en mí que todavía se aferrase ridículamente a esta forma humana y decadente en la que temporalmente había sido encapsulada mi alma sangrante; debía hacerlo sin importar si, en el proceso, terminaba destruyéndome por completo. Eso era preferible, en todo caso, que seguir existiendo como hasta ahora.

*

Las ironías de las divinidades demoniacas eran las sagradas adoraciones de la esencia mortal; de esos tontos inconscientes quienes sentían en lo más profundo de su patético y nauseabundo interior la imprescindible necesidad de arrodillarse ante algo o de rendir culto a aquello que ellos, en su aterradora miseria, jamás podrían ser, rozar ni alcanzar. Porque, en efecto, nada amilana más al mono que la libertad y el vasto cúmulo de posibilidades que de ella se desprenden; y que destrozan las limitadas concepciones a las cuales todavía se enganchan tan ridículamente.

*

Las ironías de las divinidades demoniacas eran las sagradas adoraciones de la esencia mortal, de tontos inconscientes quienes sentían en lo más profundo de su patético y nauseabundo interior la imprescindible necesidad de arrodillarse ante algo o de rendir culto a aquello que ellos, en su aterradora miseria, jamás podrían ser ni alcanzar. Porque, en efecto, nada espanta más al humano que la libertad y el vasto océano de posibilidades que de ella se desprenden.

*

Después de vivir supe lo que se sentía estar muerto; sin embargo, después de morir, ¿sabría lo que se sentiría volver a estar vivo? Ojalá que no, ojalá que todo termine con una sola vida y una sola muerte. ¿Es que no he tenido suficiente hasta ahora con todas las calumnias y miserias de mi intrascendente existencia? ¡Si lo único que añoro ya es desvanecerme en la nada, en el réquiem del vacío! ¡Qué absurdo me parecería volver a vivir! Y quizá tanto como haber ya vivido una vez y sin siquiera saber para qué o por qué. Solo más dudas, más preguntas que destrozarán mi cabeza y que nunca tendrán respuesta; el silencio es el amo de la verdad y el amante de la locura.

*

No sabía si quería existir, aunque al abrir los ojos supe que no tenía opción. No me había sido cuestionada la voluntad de hacerlo o no, sencillamente tenía consciente de estar vivo… Pero ¿por qué hasta ahora me lo cuestionaba? ¿Es que acaso mi razón había sido extirpada por la infame succión de la pseudorealidad y licuada ominosamente con todos mis sueños atroces y emociones retorcidas? Lo sabría tal vez demasiado tarde, cuando el sonido de aquella vetusta marea ahogase mi última respiración y cuando la agonía de ser hubiese al fin desfragmentado los laberintos más profundos de mi espíritu acongojado.

***

Encanto Suicida


About Arik Eindrok

Deja un comentario

Previous

El Halo de la Desesperación 43

La Execrable Esencia Humana 54

Next