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Infinito Malestar 14

¡Qué falso y contradictorio es el ser! No quiere morir, le aterra que el fin pueda llegar en cualquier momento (cosa muy probable). Y, sin embargo, tampoco sabe qué hacer con su miserable vida; es más, ni siquiera quiere hacer algo más allá de aquello que le proporciona el sustento del día a día.

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Algún día, tal vez, esta infame raza de monos parlantes será lo suficientemente evolucionada y razonable como para entender que su extinción siempre ha sido lo mejor. Y, con suerte, ella misma se encargará, por su propio bienestar, de extinguirse.

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Quizá tan solo existimos para darnos cuenta de lo agradable que hubiera sido nunca haberlo hecho. Es casi como una broma del destino o de lo que sea que nos puso aquí; es casi como si la existencia actuara de manera irónica y, casi siempre, en nuestra contra.

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El pesimismo, pese a todo, es lo más real que puede haber en un mundo donde ser optimista es la ilusión de la que se alimentan las adoctrinadas mentes de toda esa caterva de idiotas que diariamente vemos por las calles. El pesimismo no solo es esperar lo peor, es siempre asumir que todo en la vida son probabilidades y, siendo así, es de esperarse que muchas veces, a veces más de lo que nos gustaría, todo terminará siendo un fracaso. Pero esto no es para nada algo malo, sino la cruda verdad que el ser, en su infinita y humana arrogancia, ha decidido ignorar con el único fin de autoengañarse una y otra vez con la ridícula idea de que su estancia en este mundo sirve de algo.

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Si tan solo las virtudes o los vicios fuesen más satisfactorios, al menos podríamos inclinarnos hacia un extremo u otro. Si tan solo el ascetismo o la decadencia encerraran algo que se sintiera más verdadero y que resonara con nuestro interior, pero no. Para los locos y suicidades vivientes como yo, cuya principal característica es la desesperación de existir, ningún camino resulta convincente. Ni meditar ni embriagarse, ni ayunar ni fornicar, ni rezar ni apostar. Todo es como una entelequia cuyo significado está lejos de ser entendido, pero cuyas consecuencias laceran más que cualquier cuchillo.

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A veces me pregunto en qué momento aceptamos convertirnos en esto… Una persona absorbida totalmente por la monotonía de una vida sin sentido y con los sueños fracturados. Aceptando la manera en la que debemos hacer las cosas según otros, padeciendo todas las miserias ocasionadas por ritmo absurdo de la cotidianidad: levantarse temprano, sufrir con el tráfico para llegar a la oficina, pasar casi todas las horas en ella, comer a prisa o ni eso, volver a sufrir con el tráfico para llegar a casa y, tras todo esto, simplemente quedar tan asqueados que lo único que queremos es dormir. Luego, al día siguiente lo mismo y así por el resto de nuestras vidas hasta que la vejez o la muerte terminen de destruir un cuerpo que más bien es un cascarón ya sin esencia ni ánimos. Pero, sin duda, lo más triste de todo esto es saber que hay miles de personas que no solo no ven nada de malo en todo esto, sino que incluso agradecen cada noche a una inexistente deidad divina por ello.

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Infinito Malestar


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