La tristeza, cuando anida y termina por conquistar el corazón del ser consumido previamente por la melancolía, no puede tener otro fin que no sea el fabuloso encanto suicida. Tal parece que no queda otro camino para los verdaderos poetas-filósofos del caos, para aquellos que no pueden volver a abrazar las argucias que atrapan la mente y el alma de la humanidad entera. ¿Qué tanto hay que hundirse en el abismo para volverse completamente consciente de esto? ¿Solo el sufrimiento puede enseñarnos algo ya? El tormento siempre traer consigo una carga emocional y espiritual que acaso ninguna especie de alegría o felicidad pueda igualar; de ahí que la tragedia de la vida puede no ser sino el preámbulo de algo mucho mayor. Y no sé si mejor o peor, porque en aquel umbral todo juicio y conocimiento humano deja de ser relevante. Quizá la locura y la muerte tienen más en común de lo que podríamos colegir, acaso tanto como la soledad y la libertad. ¿Qué hay que hacer aquí? ¿Dónde hallar las respuestas al rompecabezas de nuestra propia tragedia, de nuestra sempiterna miseria? Y, aun así, la paradoja del tiempo vuelve a volarnos la cabeza; vuelve a taladrarnos el corazón con su flujo irrefrenable. Un parpadeo es la vida, una sucesión de desgracias barnizada por ocasionales simulacros de felicidad. Nos aferramos a ella como si se tratase de una cuerda que cada vez se desgasta más y más, hasta que termina por romperse y romper con ello cualquier fatal esperanza de renacer. Porque quizás no existe el renacimiento, solo el vacío eterno en el cual los ángeles y los leones rugen y cantan hasta integrarse al paroxismo demente del firmamento más allá de lo enigmático y lo incoherente.
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Y es que para mí ya no quedaba absolutamente nada… No era en sí que no pudiera disfrutar de los efímeros placeres de la vida, sino que con el paso del tiempo incluso se tornaron tan irrelevantes como la vida misma. Ni viajar, ni embriagarme, ni fornicar, ni drogarme, ni mis padres, ni mis hermanos, ni mis amigos, ni las mujerzuelas, ni la poesía, ni la filosofía, ni la literatura, ni el arte, ni la música y ya ni siquiera la soledad me podían ofrecer un consuelo duradero y real. Tan solo la muerte, como bien me lo susurraba el bello revólver que ahora sostengo entre mis manos, podría ofrecerme un placer que no se disolviera entre las abundantes miserias de una existencia infame; en pocas palabras, un placer que sí fuera eterno… ¡Qué asqueado estaba de todo y de todos! Ni yo mismo comprendía por qué siempre experimenté esta náusea y por qué se incrementó tan exponencialmente conforme más solo me encontraba. Asistir a lugares públicos me atormentaba sobremanera, pues, en general, las ridículas pláticas sostenidas por aquellos monos parlantes que se hacían pasar por racionales solo podían entristecerme o, en su defecto, hacerme lamentar con todo mi ser el pertenecer a la execrable especie humana. Mas entendía que, quizá, la culpa no era suya… ¿Qué culpa podían tener si su único crimen era ser unos completos imbéciles? Tal vez la existencia misma los había diseñado de este modo y no tenía caso contradecirla; ciertamente, era algo muy probable. Tan probable como el hecho que yo no pertenecía a esta dimensión y que no podía evitar sentirme atrapado en este cuerpo cuyas necesidades solo me enfermaban y trastornaban cada día más.
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Entonces vi aquella silueta a lo lejos que se desvanecía en las aguas… Supe que nada podía hacerse para evitar tan divino suceso y así era como todo debía culminar. Luego de una existencia absolutamente deplorable y malsana, ahogarse era lo único que quedaba por hacer. Pensé en detener a aquel sujeto, en tratar de disuadirlo de su firma propósito, pero sería un sinsentido. Ciertamente, no debía interferir en la muerte de aquel que hasta hace unos cuantos minutos todavía podía reconocer como yo mismo. ¿Para qué frenarlo de abrazar su irremediable destino? Todo su sufrimiento culminaría en una poética emanación del más allá, en una grieta de lúgubre melancolía por la que se filtrarían todos esos momentos en que la sonrisa de la muerte pareció coquetear desde una lejanía ensordecedora y extraña. Pero, por extraño que todo esto suene, nunca pude ocupar el lugar de observador; nunca pude realmente analizarme desde una óptica que no fuera la mía. Acaso esto pudiera ser un error o un acierto, lo cierto es que no me arrepiento de todos los instantes en que me coloqué a mí mismo por encima del mundo entero, del tiempo y de la existencia. Y, en mis más dementes fantasías oníricas, vislumbraba a un rey sin corona, al león alado, al ángel del sol cuyas lágrimas de sangre imploraban por mi absoluta emancipación de la horrible y absurda realidad.
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Es mejor nunca intentar nada en la vida, pues realmente no hay nada por lograr y nada que valga la pena hacer. Además, si nunca intentamos nada, nunca fracasaremos en nada y, por ende, nadie nos podría llamar perdedores ni fracasados. Así pues, probablemente el mayor éxito posible al que podemos aspirar sea tan solo la inacción y, posteriormente, la inexistencia. Esto es lo que muchas veces he razonado y, sin embargo, todavía existe dentro de mí un anhelo fulgurante que intenta llevarme más allá de los límites atroces de mi sórdida naturaleza. ¿Qué es esa pequeña luz, esa voz melancólica, esa divina chispa de esperanza? ¿No había yo ya sucumbido a la desesperanza desde hace mucho? ¿No había renunciado a cualquier posible bienestar mientras estuviese vivo y fuera dominado por la influencia del tiempo inverso? Quizá le he mentido a todos durante todo este pasaje, pero me he mentido más a mí mismo al creer que podría alguna vez olvidarte. Todavía recuerdo nuestras pláticas en aquel parque y la manera tan fantástica en la que alguna vez nuestras vidas se vincularon para sentir que ni siquiera la muerte podría separarnos. La vida sí que pudo y quizá fue lo mejor; quizá habría tenido que matarte o matarme de cualquier manera. Aprendí mucho de ti, me enseñaste cosas sobre mí que no podría descubrir en ningún libro, templo o filosofía. Esta noche ya no he buscarte más, ya no he añorarte con frenesí enloquecer; esta noche ya no, mi eterno e imposible amor… ¡Esta noche ya solo a la muerte he de permitirle volver a recorrerme por dentro!
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Mi inmortal tristeza fue demasiado profunda aquella noche salpicada de tu celestial reflejo; tanto que decidí que no podía permanecer más en tal estado. La desesperación de existir también me apabullaba como nunca y no hallaba ya manera de detenerla. ¿Qué sería de mí entonces? ¿Alguien vendría en mi auxilio? ¿A alguien todavía le importaba un ebrio melancólico como yo? Hacía tanto que estaba tan solo y que nadie se preocupaba por mí desde que ella había muerto. Pues ahora, pese a que le había prometido que no lo haría todavía, debo incrustar la navaja en mis venas y desgarrarme las muñecas. Es la única manera que aún tengo para mitigar el dolor y marchar hacia un más allá que, espero, resulte mucho más placentero que esta vida infame y nauseabunda. En otros tiempos, cuando la amargura y la nostalgia venían a visitarme, podía usar sus recuerdos para contrarrestar la miseria. Creo que todavía soy capaz de hacerlo, pero cada vez me cuesta más sentir su presencia conmigo; sentir que sus manos pueden todavía acariciar etéreamente mi rostro contrito y que sus labios no se han olvidado por completo de los míos. ¡Cuánto llegué a amarla y odiarla en el mismo suspiro de caótico ensimismamiento espiritual! ¡Cuántas veces no sentí desfallecer cuando entre sus sublimes piernas mi boca era inundada por los más afrodisiacos elíxires del ayer! ¡Oh, mi eterno e imposible amor? ¿Es que podré olvidarte algún día antes de que la vida me olvide a mí?
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¿Cómo podría apreciar las cosas buenas de la existencia cuando las malas las superan no solo en número, sino en intensidad? ¿Qué son los efímeros goces que obtenemos en comparación con la incertidumbre y el caos que nos torturan diariamente? ¿Qué otra alternativa sino el suicidio tenemos en contra de tan injustas y ridículas condiciones? Tal parece que esta vez no queda sino un fantasma de lo que pudimos haber sido y de lo que fuimos en el ayer; el presente se incrusta cruelmente como una daga envenenada en nuestro corazón atormentado. Realmente, el tiempo ha dejado de ser relevante desde el preciso instante en que encarnamos un cuerpo y fuimos sometidos a este lóbrego ensueño. Miles de distracciones, enmascaradas de formas que no podríamos siquiera barruntar, nos atarán pies y manos con maestría infernal; es entonces nuestro debes luchar hasta la muerte, hasta que el melancólico susurro del abismo nos atrape en su telaraña demente. Mientras eso no acontezca, de ninguna manera podemos rendirnos y renunciar a lo que por derecho divino nos ha sido conferido. Los humanos, acaso, somos instrumentos de una voluntad suprema que no conoce de bueno o malo en los términos tan absurdos que aquí se han planteado. Unificarnos con nuestro destino es la tarea primordial y quizá la única por la que deberíamos darlo todo; y, si morimos en el intento, será mejor eso que seguir viviendo en las imposiciones de la pseudorealidad. ¡Qué tontos somos al permitir que nuestra mente, cuerpo y alma sean atrapados con tan blasfema facilidad por las atroces entelequias de este mundo nefando! Sobre todo, en lo más inofensivo es donde se halla el mayor peligro; aquello que parece cobijarnos es, en realidad, la prisión más sutil de la que debemos escapar definitivamente y sin mirar atrás.
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Infinito Malestar