¡Cuán ridículas son las concepciones del ser que pretende basar su felicidad en una persona, una actividad, un trabajo, un objeto, una ciencia, un deporte o lo que sea cuando claramente esto no es sino una estratagema más de la pseudorealidad para que continuemos imbuidos en este absurdo y decadente sistema! Aunque creo que, en cierta medida, esto es más que normal si comprendemos que la esencia del mono está basada en la repugnancia y la estupidez más sórdidas. No solo desde el comienzo se les ha enseñado a los títeres a amar y defender su eviterna esclavitud, sino que estos execrables patrones se han reforzado constantemente hasta quedar grabados de manera definitiva en lo más profundo de su alma putrefacta. Estamos condenados de antemano, puesto que el simple hecho de haber nacido en esta ominosa dimensión y poseer un cuerpo nos arrastra entre todo este funesto amasijo de miseria recalcitrante que es el mundo moderno y civilizado. ¡Cómo detesto yo a la patética raza humana, a esos pobres ignorantes de la sabiduría divina! Todas sus ideologías destacan por lo risible y abyecto, por ser tan humanas y conducir solo a la misma barbarie de la que han nacido. La verdadera cuestión sería entonces por qué o para qué existen este mundo y esta realidad; a como yo lo veo, solo hay una posible explicación: estamos irremediablemente en el infierno.
*
¿Cómo interesarme en lo que le pasa a los demás cuando ya ni siquiera me importa lo que me pase a mí? Mi propia vida ha perdido todo valor y sentido, se ha ido a un abismo de locura y depresión del cual nada puede salvarla. Yo estoy ahí, en el fondo de la máxima devastación; sometido a esta humana existencia que no hace sino trastornarme más de lo normal. ¡Cuántas veces no me he propuesto poner punto final a todo esto! ¡Cuántas veces no he derramado lágrimas de sangre queriendo solo desvanecerme en el ocaso de mi dulce y fatal nostalgia! Las hojas secas que caen lentamente son lo único que miro por la ventana de muerte sugerente, enclaustrado en aquella alcoba donde mi corazón es atormentado por toda clase de desvaríos y recuerdos inconexos. ¿Es posible para un alma como la mía albergar tal melancolía mientras todavía se supone debo continuar con vida? ¿Qué hacer cuando el último suspiro de mi solitaria sombra se haya desprendido para jamás volver? No habrás más melodías tristes ni colores que puedan ser consumidos por la tormenta cerúlea, solo habrá lamentos de amargura que me apabullarán con impasible soltura. La desesperanza es algo que nace y se apodera de la razón, que nos sugiere la realidad más inmediata de las cosas y que nos incita a llevar a cabo ese fulminante y apocalíptico desprendimiento que habrá de conducirnos a la única y sublime libertad del yo: el suicidio.
*
¿Qué podría ser más hermoso que la belleza parapetada en la inexistencia absoluta? Pero los humanos nos aferramos a existir; aunque, más allá de nuestros más insensatos delirios y nefandos autoengaños, sepamos que carece de todo propósito dicho acto. En fin, supongo que deberemos esperar a que la muerte ponga punto final a nuestra inútil verborrea y nuestro miserable andar por este horrible mundo para comprender esto. Somos unos artistas de la mentira, unos bufones de lo divino que no saben hacer nada mejor que envilecerse. Y quizás esto en sí no sea una desventaja, sino más bien una contradicción que atañe a nuestro desconocido origen. Conocer la verdad se halla acaso a años luz de nosotros, tan distante que cada paso mediante el cual creemos aproximarnos a ella no hace sino alejarnos aún más. ¡Qué inútiles parecen todos nuestros actos, obras y teorías vistos desde la óptica del tiempo infinito y la eternidad misma! Y pensar que, en infinidad de ocasiones, nos hemos aferrado al más efímero de los placeres, al más vil de los sentimientos o al más atroz despliegue de poder… Mas para aquellos que pueden todavía reírse de su insustancialidad, únicamente la muerte podría ya complacerlos; se dirigen hacia ella con paso firme y sin disposición de ánimo para todo aquello que no tenga que ver con el más allá. Pues, ciertamente, no pertenecemos aquí; somos solamente viajeros atormentados por la vida misma, náufragos en este vasto desierto de inmundicia carnal y material en el cual divagamos sin esperanza, sin sentido y sin nada por lo que valga la pena seguir adelante. ¡Qué triste parece el atardecer, pero quizás ahora sí esta sea la última vez que mis ojos melancólicos contemplen el bello resplandor del sol y su despedida hiriente!
*
Entonces, mientras yacía tirado en el suelo y brutalmente ebrio, vino una mariposa, negra y hermosa, y se posó en mi nariz. Suavemente, como si se tratase de un sueño, me dijo en una especie de susurro: “la muerte es igual a salvación”. Medité profundamente aquella sentencia al volver a mi habitación y la hallé bastante sensata; ¡no podía ser de otra manera! En verdad, justo ahora no me hallaba con las ganas de pensar en tales cosas; no obstante, no podía evitar experimentar una náusea blasfema y atroz cada vez que debía asimilar el pasar un día más en este pandemónium terrenal y obsoleto. ¿Por qué? Nunca había respuestas, nunca nadie profería más allá de unas cuantas tonterías o sermones que supuestamente conducían a la sabiduría y la perfección. Mas yo sentía en mis adentros un profundo asco cuando los miraba y escuchaba, porque sabía que, en realidad, todos ellos eran unos malditos monstruos como yo. Dudaba en demasía que alguno de esos brutales simios tuviera la fortaleza para estar solo por periodos prolongados y mucho menos para quitarse la vida; ¡eran todos iguales! No se trataba sino de unos cobardes enmascarados de intelectuales, espirituales o sabios; pero ninguno de ellos, pese a todo, estaba dispuesto a morir por sus creencias. Al contrario, las usaban para justificar sus crímenes y para hacer morir a otros, pero nunca para un ideal propio. E incluso aquellas marionetas que morían a causa de su religión, tampoco me convencían. Sí, morían, pero ¿a causa de qué? Siempre de lo externo, de lo impuesto; nunca por un sincero anhelo del alma cansada de este viaje sinsentido y sin color.
*
“Háblame de ti ahora; cuéntame que ha sido de tus sueños, metas y demás argucias que te repetiste por tanto tiempo para evadirme. Dime también cómo te sientes al saber que, en breve, nadie te recordará y que todo por lo que alguna vez luchaste es ridículamente absurdo. Mírame, yo soy la única y última verdad que alguna vez conocerás…” Así susurraba la muerte tras haberme finalmente decidido, aunque demasiado tarde, a cruzar aquel majestuoso umbral arrojándome del edificio donde tantas veces odié y maldije mi vida; misma que ahora, entendía, no tuvo nunca el más mínimo sentido. O quizá sí, pero ya no importaba saberlo. La existencia era una paradoja, algo que no debía ser analizado mediante la trivial lógica humana. Era algo demasiado enloquecedor, casi como un cúmulo de esquizofrénicos lamentos oponiéndose a toda racionalidad inservible y apagada. Solamente cuando las dos fuerzas opuestas convergían podía uno tener plena certeza de lo que eran el pasado, el presente y el futuro. Ninguna máscara servía para ocultarse, ninguna sombra restaba por ser iluminada, ningún cuadro tenía ya que ser pintado. Las revelaciones no cesaban de aparecer y la inmensa vorágine de sucesos entremezclados era de una intensidad tal que sentía como cada partícula de todo lo que yo era (y al mismo tiempo ya no era) danzaba al mismo compás de las estrellas más resplandecientes y distantes. El firmamento me parecía ahora diminuto, mientras algo se desprendía de mi forma humana y dejaba atrás el último vestigio de lo que pude alguna vez llamar yo.
*
Los ingenuos (99.99 % de la humanidad) escriben, hablan y luchan; los iluminados (0.01 % de la humanidad) callan, reflexionan y se matan… Vida y muerte; es la eterna danza cósmica que se librará hasta que el día final quiebre esta dimensión y doble el tiempo definitivamente. Colores, olores y sonidos serán vomitados por doquier; no habrá un solo resquicio de tierra en el cual refugiarse. Las llamas incendiarán el agua y el viento soplará por encima de todo lo que se creyó impertérrito; ¡ay, nosotros seremos los primeros en ser desplazados! Y volaremos todos como papalotes que no hallan rumbo y tampoco lo desean; puede que esa y no otra sea la única esperanza de conocer la libertad. Ya no habrá necesidad de más agonía, sufrimiento ni desesperación; todo se habrá equilibrado mediante la catarsis de destrucción. Ningún espejo volverá a reflejar nuestras formas, ningún sonido volverá a retumbar en nuestros oídos y nada podrá perturbarnos en aquel páramo de probabilidades infinitas. Los sueños no serán más sueños y la realidad no será más realidad; ambos se habrán mezclado tan perfectamente que hasta los conceptos arcaicos de locura y verdad habrán desaparecido de nuestro mísero entendimiento. En una sola reliquia de la fantasía oscura de una deidad hermafrodita yacerán los restos de nuestras emociones masticadas por el azar; no nos serán concedidos más pensamientos de pesimismo cerval ni mucho menos la capacidad de arrepentirse por nuestra divina inutilidad. ¿Qué importa, corazón divagante y arruinado? Algo se aproxima y nos enseña la banalidad de lo determinado y la felicidad detrás de las cortinas atemporales; allí donde la sangre derramada en el tormentoso ayer se arrodilla ante el caos supremo en la antagónica demencia de nuestros dioses menos humanos.
***
La Agonía de Ser