El mundo, la humanidad y todo lo derivado de ella, incluyéndome, no hacían otra cosa sino asquearme hasta el punto de pensar solo en la muerte como el único remedio a tan atroz desvarío. Y, quien sea que haya diseñado todo esto y que me haya puesto aquí, no puedo sino aborrecerlo aún más. Para algunos, tal entidad es Dios, pues para mí Dios es el Diablo; ¡y vaya que lo hace muy bien! No creo que nadie más pudiera hacer un trabajo más excelso y personificar una indiferencia más grotesca.
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¿Hasta cuándo proseguiría resistiéndome y soportando esta terrible y tétrica agonía? ¿Hasta cuándo aceptaría, finalmente, que la existencia humana no tenía ningún sentido y que mi vida solo era una vil patraña más en medio de un deprimente mar negro de infinitas argucias, ruines contradicciones y soliloquios suicidas? ¿Quién era yo sino un completo extraño que, por motivos aún más extraños, había sido destinado a habitar este cuerpo y experimentar con ello un desconsuelo sin precedentes y sin límites? Jamás terminaría por entenderme, tampoco a la realidad. ¿Qué diablos eran el tiempo, el absurdo o la nada? Entre más me cuestionaba, más evidente parecía ser mi descenso a los abismos donde ya solo la locura y el suicidio tienen sentido.
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Tantas cosas había cuestionado, tantas reflexiones me habían quitado el sueño; de tanto me había asqueado con el paso del tiempo y la inutilidad de la vida… Y ahora, cuando creía haberme desprendido de las inmundicias que habían contaminado mi deprimente esencia desde que creía existir, al fin el suicidio me llama y se apiada de mí; al fin conoceré el único bienestar asequible, eviterno y verdadero: el de la muerte. Y puede que inclusive nada de lo que siempre he creído haya servido de algo, mas esto solo me haría aún más reflexivo y adusto; solo haría que mi camino se viese asaltado por mariposas de colores extraños y hermosos cuyos mensajes deleitarían mi alma más que cualquier cosa de este mundo o de cualquier otro.
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¡Cuánta falsedad imperaba en la absurda sociedad humana, siempre contaminándolo todo y ensuciándolo hasta el límite! ¡Y cuánta estupidez abundaba en las frágiles mentes de las personas, quienes aceptaban todo cuanto los gobiernos, las religiones y las grandes corporaciones les dictaban! El mundo era un caos viviente, nosotros éramos sus muertos insepultos. La verdad había muerto o acaso nunca había sido real; en su búsqueda cuántos no habían perecido o enloquecido absurdamente. El desorden se intensificaba y los colores, a su vez, sollozaban cuando las tinieblas más oscurecían la poesía del dios sempiterno.
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Lo más patético en el ser no es el sinsentido de su existencia, sino la atroz forma en la que se aferra a su ominosa banalidad y siniestra ignorancia. La inconsciencia parece ser su símbolo, pues a ella se entrega plácidamente y sin importarle nada más. ¡Qué triste es la vida en general! ¡Siempre gobernada por el absurdo, el azar y la miseria cotidiana! El ser se ha encargado de acrecentar este infierno al máximo y me parece que, de existir, ya ni siquiera el diablo querría permanecer en este mundo tan repugnantemente humano. Todos somos unos viles mentirosos, unos filósofos de la nada y adoradores de los más insulsos elementos. Somos unos idiotas adictos al placer a quienes cada vez resulta más difícil complaces y para quienes cualquier clase de sufrimiento resulta intolerable y hasta pareciera ofendernos. En resumen, casi que el ser es como una cucaracha que se escabulle sin sentido y a quien se puede aniquilar con bárbara facilidad de un pisotón cósmico y eterno.
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La Execrable Esencia Humana