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Lamentos de Amargura 08

La libertad es un camino que espanta a cualquiera y ante el cual es mucho más cómodo para la gran mayoría de monos el autoengañarse con cualquier banal doctrina o nefanda ideología que, al final, resulta ser otra rama más de aquello que en teoría tanto rechazan: la pseudorealidad. Embadurnarse con cualquier tendencia barata, con cualquier dogma funesto que los despoje de su voz interna es lo que las masas adoctrinadas reclaman. Nada parece ser más insoportable para esos ineptos que la responsabilidad de su horrible existencia en todo el sentido de la palabra, independientemente de si hay o no motivos para existir. De cualquier manera, se deben tomar decisiones diariamente y se tiene que subsistir. Buena o mala, la estancia en este mundo implica moverse entre los pantanosos y vomitivos acontecimientos de los que por desgracia formamos parte por un tiempo muy corto que, en ocasiones, parece nunca terminar. ¡Oh, si fuera posible acortar este ridículo periodo! Si fuera posible hacer nuestra execrable vida lo más corta posible, ya que no nacer no es ya una opción… ¡Qué felices seríamos si nunca hubiésemos conocido nada de esto ni a nadie! En un universo paralelo donde no existimos, nuestras consciencias pre-humanas deben estar regocijándose en el hermoso réquiem del vacío cuya belleza no puede ser igualada por nada. Mas en este calvario sempiterno es donde hemos sido condenados a pudrirnos hasta que el apocalipsis propio o universal sea concretado de una vez por todas.

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No importa lo que otros crean de ti, solo importa lo que tú creas de ti. El yo es lo más real que pueda existir; todo lo externo no es sino acaso un mero espejismo de nuestros más trastornados sueños. Tan es así que, mediante todo tipo de absurdas creencias, han hecho que las personas admitan que deben deshacerse del yo porque los orilla al egoísmo y la soledad. ¡Como si esto fuera algo erróneo o malvado en sí! ¿Qué de malo o soberbio puede haber en el inefable hecho de querer alejarse de la horripilante humanidad y querer trascender por cuenta propia? Quizá todos ellos son los que están equivocados, pues cantidad no significa para nada verdad. Además, la raza humana no sabe nada; no conoce su origen ni su final; no sabe a ciencia cierta qué es el tiempo, la realidad y mucho menos la muerte. ¿Por qué habríamos de creer que es verdad lo que dicen unos cuantos hombrecillos con túnicas y que predican sermones obsoletos y mundanos? ¿Un hombre clavado en una cruz que resucitó a los tres días? ¡Vaya tonterías más grandes! Ni siquiera sé con qué cara pueden estos viles farsantes proferir tales estupideces sin que se les caiga la lengua; yo estaría avergonzado de creer en algo así… Pero bueno, ahora el mono ha cambiado unos mitos por otros; ha creído ser libre, aunque solo se ha colocado bajo un yugo mucho más sutil y peligroso.

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Una vez que de verdad comienzas a creer en ti mismo, te percatas de que no necesitas creer en nada ni en nadie más. Todo se convierte entonces en una falacia: la realidad, las personas y el mundo entero. Y tal vez es porque siempre lo ha sido y simplemente era ese velo el que nos impedía atisbar las cosas en su más pura esencia, en su constitución más elemental. La humanidad no es otra cosa sino un gran conjunto de idiotas que por desgracia poseen la capacidad de hablar. No saben nada y creen saberlo todo; creen poder descubrir los enigmas de la realidad mediante sus teorías demasiado mundanas y doctrinas sumamente ridículas. ¡Pobres tontos, necios infames! Yo mismo no me excluyo, también yo debo ser igual y necesito ser eliminado. ¡Que todo sea destruido, que toda esta podredumbre arda con el fuego sepulcral del vacío eterno! Nada merece ser conservado, nada vale la pena preservar. Incluso el arte, la filosofía, la poesía o la música nada significan en realidad y no son sino efímeros intentos de algo valioso en una inmensidad de caos y absurdidad sin límites. ¿Para qué fingir que algo de esto puede salvarnos o justificarnos? Somos un error, nuestras vidas no tienen ningún sentido y nuestra muerte es, acaso, lo único agradable que podremos alguna vez experimentar. ¡Basta ya de tantos autoengaños, pues eso y no otra cosa es lo que tanto nos ha cegado hasta ahora!

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No solo dios ha muerto, también el diablo lo ha hecho. Y, con ello, se han ampliado nuestras perspectivas y posibilidades hasta el infinito; ahora todo dependerá del ser, absolutamente todo. Y creo que con esto se puede definir una tercera entidad que va más allá del bien y del mal, de lo bueno y lo malo, de la luz y la oscuridad; una fuerza que se halla en el centro del halo de la desesperación: el «dios-demonio hermafrodita» del caos existencial. Ahora es cuando el ser se probará a sí mismo quién es en verdad y cuánto de sublime o de perverso se halla en su corazón. Ahora, ciertamente, es cuando la auténtica espiritualidad deberá brotar de nuestras consciencias y esparcirse como un dulce eco en las luminiscentes tinieblas de la nada y del todo unificados. Vida o muerte, locura o cordura, ignorancia o consciencia… Nunca en todo el curso de la historia nuestra existencia había estado más expuesta a tan reveladora oportunidad, a tan exótico despliegue de probabilidades sin fin. Aunque atisbo que ya casi todo está perdido y que indudablemente el fracaso ha triunfado; el mono ha sido conquistado por la estupidez y el envilecimiento más atroz. No puede ya vivir sin estar pegado a esos aparatos electrónicos que le secan el escaso cerebro que le quedaba; todo se ha ido al abismo y nadie podrá devolvernos la poca sabiduría a la que alguna vez aspiramos. Esta vez, me temo que ni siquiera el diablo o dios podrán condenarnos; pues claramente ya nos hemos condenado a nosotros mismos por cuenta propia y con magistral repugnancia. ¡Ay, hermanos míos! ¿En verdad es este el trágico destino de nuestras marchitas almas y nuestros corazones carcomidos?

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El conocimiento en el ser es aquello que lo aleja de dios en cierto modo, pero en otro resulta aquello que más lo asemeja a un dios. Las religiones no quedan muy bien paradas ante esto, pues resulta evidente su incansable esfuerzo por mantener al ser en las penumbras de la ignorancia y la mansedumbre. Y todo ¿a cambio de qué? ¡De nada, en realidad! ¡De viles patrañas totalmente imposibles de comprobar y contrarias a todo sentido común! Aquel que en verdad aspire a la libertad, la verdad y la sublimidad debe necesariamente rechazar y declarar la guerra a muerte a toda religión, gobierno o corporación del mundo moderno y del futuro también. Y en verdad creo que ya solo la muerte puede salvarnos, ya solo el encanto suicida puede ofrecernos un camino por seguir entre la inmensa maraña de mentiras que nos han atormentado hasta el día presente. No hemos sido muy inteligentes, solamente hemos obedecido lo que otros tantos han impuesto como verdad, bueno o correcto. Pero la realidad es más compleja que eso, mucho más. No se puede reducir a una decisión de probabilidades similares, mucho menos a posturas absolutas. Yo creo que el suicidio es lo mejor, pero quizá no sea así; solo quiero creerlo así. Es lo mismo que todos hacen con cualquier otra idea, solo que algunos intentan imponerla a otros mediante la manipulación emocional o la fuerza bruta. Al fin y al cabo, el mundo es un putrefacto tablero de ajedrez pésimamente diseñado; encima, nosotros no hemos sido más que peones sin voluntad ni mente propia con los cuales cualquier mano poderosa puede hacer lo que se le antoje cuando le venga en gana. ¡Cuánta hipocresía e ignorancia guían los pasos de la triste humanidad! ¿Cómo es que alguien puede todavía conservar esperanza alguna al respecto? Sí, creo que es mejor imaginarse reinos en los cielos o inventarse dioses que supuestamente velan por los asuntos terrenales; esto resulta mucho más consolador que afrontar cara a cara la sórdida, vomitiva y cruenta verdad: estamos solos y no somos importantes; somos solamente un vil e insignificante engrane más en esta maquinaria siniestra que nos exprime día con día hasta dejarnos vacíos y exhaustos de tanta insustancialidad.

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Nunca debemos asumir que otros están mal del todo por creer en esto o aquello, sino que debemos siempre asumir la posibilidad de que cualquiera, en todo momento, puede estar en lo cierto o en lo falso dependiendo del contexto, la perspectiva y el orden establecido. La verdad, ciertamente, puede no ser sino una ilusión más; acaso una aún más perniciosa que la de la libertad o más destructiva que la del amor. ¡Cuántas cosas sin sentido hemos creído y, peor todavía, hemos hecho de ellas una doctrina! ¡Cuántas personas sumamente irrelevantes han gozado de nuestra presencia y les hemos dedicado tan infelizmente nuestro tiempo! No cabe duda de que nos amamos muy poco, de que la soledad nos aterra quizá casi tanto como la incertidumbre y que no estamos hechos para lograr grandes cosas. En todo caso, nuestros supuestos logros u obras que creamos más espectaculares no son sino meras bagatelas ante los ojos del tiempo, la eternidad o el infinito. Me culpan por encerrarme en mi habitación y deprimirme hasta el amanecer, pero incluso en esto yace algo de mágico y sincero. Me sentiría terriblemente mal de volver a ser como todos ellos: ansiosos por pegar sus repugnantes cuerpos en la oscuridad, por reproducirse como cucarachas funestas y por cumplir con su papel de títeres perfectos de la todopoderosa pseudorealidad. ¡Qué lástima me da la humanidad entera, qué asco pertenecer a ella! ¡Yo escupo sobre todos ellos y preferiría matarme mil veces antes que volver a encarnar siendo parte de este vómito sin sentido! Sí, yo abrazo la desesperanza y me refugio en la melancolía; y es así porque la supuesta felicidad o bienestar que pueda obtener en este plano anodino me produce atroces náuseas e infinito malestar. ¿De qué sirve estar bien en un mundo que, de antemano, ha estado y estará por siempre mal? ¡Déjenme en paz, yo a todos ustedes los detesto con todo mi ser! Moriré tal como he vivido: solo, triste y loco; mas al menos, espero, habré vivido y muerto fiel a mí y solo a mí.

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Lamentos de Amargura


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