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Romántico Trastorno 37

La existencia no era algo bello para nada; no era algo deseable ni que debiera prolongarse. Era más bien un constante estado de crisis interna e infernal desesperación del cual únicamente el encanto suicida podía escindirnos. Habíamos sido abandonados aquí a nuestra suerte, cruelmente atacados por todo tipo de absurdas ideologías y forzados a alimentar a la abyecta pseudorealidad mediante el consumo, la reproducción y la proliferación de más mentiras. Todo estaba perfectamente diseñado para ocasionarnos un sufrimiento a fuego lento y despedazarnos hasta la demencia. Nuestras opciones habían sido determinadas previamente y tan solo la muerte era nuestra única salvación, nuestra madre protectora ante los funestos insultos de este naufragio aberrante y totalmente innecesario.

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¿Hasta cuándo aceptará el ser que todo lo que es, piensa y hace carece de todo sentido? ¿Hasta dónde llegará ese sutil engaño que hace creer a las personas que sus miserables y patéticas vidas tienen un propósito? ¿Cuál podría ser, en todo caso? ¿Reproducirse, contaminar el planeta, esparcir más ignominia? Lo absurdo de la cuestión habla por sí mismo y nos obliga a confrontar nuestros más profundos desvaríos. Sobre todo, el infernal dilema que jamás lograremos resolver: ¿para qué diablos estamos aquí? Me parece, no obstante, que la ignorancia y la insustancialidad han sido hasta ahora nuestros únicos aliados; en sus dominios nos sentimos plenos, porque nos aterra demasiado desnudar nuestro ensangrentado espíritu y fundirnos con la solitaria silueta de la libertad.

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En realidad, ya solo espero algo de la muerte; pues en la vida he perdido cualquier esperanza de un efímero bienestar o incluso de una felicidad simulada y originada por cualquier trivial fantasía impuesta. Lo que mi corazón anhela con tanto ahínco no creo que se halle en este plano anómalo y execrable; aquí solo abundan sombras de ignominia y fantasmas de errante insustancialidad. Quisiera conocer a un ser superior, divino y sublime; a un ser más allá de lo humano y lo terrenal. Quisiera hablar con él o ella profundamente, y contarle que este encuentro para mí tiene más sentido que todos los días que pueda pasar en el insoportable tormento de mi patética y carnal existencia.

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Y, paulatinamente, aquellas disfunciones existenciales también envenenaron mi cabeza, arrastrándome de manera irremisible hacia mi naturaleza: el fracaso, la náusea, el suicidio… Solo en estos estados podía yo danzar todavía un poco, solo en ellos podía encontrar ya sentido alguno. Toda mi agonía no se iría jamás, no disminuiría; ¡solo se incrementaría conforme más tiempo permaneciera con vida! La solución siempre había estado ante mis ojos deprimidos, pero pretendí no reconocerla hasta que era ya demasiado tarde, hasta que todas mis esperanzas fueron grotescamente masticadas por el pánico y el rencor. ¿Qué quedaba de mí ahora? ¿En qué otra estrella perdida podría hallar los deslumbrantes colores que en tu tumba fueron masacrados para siempre? Solo resta el elíxir de la muerte por degustar, pues cualquier otro ya no me sabría a nada y no me interesa en absoluto.

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No entender a los demás, al fin y al cabo, no importa. Lo verdaderamente grave es nunca entenderse a uno mismo, pues eso sí que es el comienzo de la locura más recalcitrante. Aquel que se halla siempre al límite, en ese abismo en el cual la luz y la oscuridad no pueden ya separarse y la verdad es solo un cromatismo dependiente del tiempo y el caos, deberá aceptar el sinsentido en plenitud o ser consumido por la incertidumbre más bestial. Y ¿qué certeza tenemos, al fin y al cabo, de que nuestra existencia, tan efímera y trivial, no es solo una mentira más en la que hemos decidido depositar toda validez solo porque es lo único que pueden percibir nuestros tristes ojos y lamentables razonamientos? El destino siempre va un paso adelante, nuestro libre albedrío solo sonríe ante el desfase tan atroz de dimensiones y percepciones matizadas por el vacío y la limitada desilusión en la que nos refugiamos todavía.

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Cada día que pasamos sin suicidarnos es una constante reafirmación de lo arraigados que aún estamos, lo aceptemos o no, a esta vida asquerosa y trivial. Y, entre más vivimos, más adictos nos volvemos a esta pesadilla de miseria recalcitrante e infinito malestar. Eso si es que se le puede llamar vida a esta agonía sin precedentes que debemos forzosamente experimentar; más bien, yo le llamaría sobrevivir y no vivir. En última instancia, hasta casi se podría decir que esto es solo un sórdido castigo; una lamentable experiencia en la que el sufrimiento y el aburrimiento son lo más real y profundo que se pueda conocer y sentir. Somos aciagos peones en un juego que está totalmente en nuestra contra y cuyo resultado inclusive se ha determinado desde el comienzo: el fracaso de todo cuanto creamos valioso, importante o trascendente.

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Romántico Trastorno


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