¡Qué abrumadora me parecía siempre la compañía de las personas! Sus pláticas absurdas, sus ridículas creencias y sus mediocres ideales no podían sino hacerme sentir náuseas. La soledad, claro, era entonces mi único amor verdadero. Ella siempre me comprendía, siempre me escucha pacientemente y me invitaba a conocer a su mejor amiga: la muerte. Yo quería también conocerla, embriagarme con sus esquizofrénicos y perfectos matices, soñar con su sinfónica catarsis hasta que sus caricias de tragedia inexplicable me extrajeran de la horrible realidad que habito sin sentido alguno. ¡Oh, verdaderamente era yo tan infeliz y estaba tan roto! No había nada para mí aquí, nada que me hiciera permanecer ni que me inspirase a levantarme por las mañanas. La desolación era mi emblema, la lluvia oscura que abatía mi espíritu diariamente y que, en las madrugadas de peor infierno mental y emocional, me suplicaba por cortarme las venas para beberse toda mi sangre con exquisita indiferencia. Y quizás era hora ya de hacerle caso, de permitirle acariciarme la cara marchita con frenesí demente. Para este mundo absurdo y patético, yo estoy ya muerto. Lo he estado desde hace mucho, pero me he negado a reconocerlo… ¿Por qué? ¿Qué queda para mí aquí sino la devastación total de mi alma taladrada y ultrajada por las artimañas de lo incierto?
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No estoy amargado ni loco, simplemente ya no quiero seguir autoengañándome como el resto. Si tal condición es indispensable para seguir existiendo en esta pseudorealidad infestada de espejismos nefandos y monos sumamente adoctrinados, entonces prefiero no seguir respirando. No quiero ya relacionarme con nadie, no quiero ir a ningún lugar ni llevar a cabo ningún proyecto. Los demás solo me hartan con sus presencias tan insoportables e inferiores; denotan todo aquello que yo quisiera no ser y contra lo que lucho. Efectivamente, yo mismo soy una trágica contradicción del azar cuyo origen y destino no podrían ser más sombríos; ¿podré todavía proferir un último suspiro antes de que la soga me lo arrebate todo al amanecer? Vagará en solitario con mi sombra melancólica por las calles de la ciudad mientras la lluvia me empapa con su nostalgia perenne… Lo haré hasta que haya difuminado cada recuerdo tuyo, cada suceso en el cual nuestras almas fueron protagonistas irremediables. Y la sangre escurrirá sin parar, al igual que los lamentos perdidos en el olvido del infierno encarnado; en esa dulce pesadilla que he habitado desde que no nos vemos más y el anhelo de volverte a besar me consume ferozmente y sin compasión divina. La soledad es un lugar increíble cuando tu corazón ya no puede volver a romperse sin que el suicidio sea testigo de la paradoja celestial conectada a mi catarsis de destrucción terrenal.
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Genuinamente, creo que toda esperanza termina por ser más que fútil. El amor, la libertad y la compasión no son sino quiméricos conceptos idealizados y esparcidos como paliativos en un mundo donde imperan el sufrimiento, el horror y el miedo. No es difícil percatarse de la veracidad de mis palabras, basta con informarse un poco de todas las atrocidades e injusticias cometidas día a día en nuestra sociedad. Lo mejor, así pues, es rezar sin parar porque sea mañana o muy pronto el día en que finalmente ya no estemos más aquí. ¡Qué fantasía tan desconcertante y lóbrega! El único anhelo que permanece inmutable en mi corazón es el de desvanecerme por completo y no volver a desear nada más. No es adecuado vivir demasiado, porque se torna en adicción y hasta puede hechizarnos más de lo ordinario. El peligro es mayor cuando se vive añorando no hacerlo, porque en el límite todo parece terminar en un instante que suena a eternidad. Pero no importa cuánto nos entreguemos a ello, existe hora fatal para todos nuestros sufrimientos y todas nuestras entelequias desbordadas en el ocaso de la fúnebre estrella batida de sangre y esperma. Ir hacia ella deberíamos, sin importa si esto implica abandonar nuestro cuerpo y colocar nuestra mente en un camino del que ya no es posible retornar. Mas quien añore el regreso, seguramente perderá la cordura durante el camino inverso que no puede sino conducir a lo nauseabundo y abyecto. ¡Vamos más lejos, nos fundimos con el vientre de la bestia y no prestamos ya atención a los quejidos del tiempo infecto!
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Tal vez es inútil seguir luchando, seguir intentando darle la contra a la pseudorealidad. ¿Cómo esperar vencerla si yo mismo me siento abatido en todo sentido por dentro? ¿De dónde sacaré la fortaleza y la voluntad para superar mi nauseabunda humanidad? ¿Es que acaso todavía tengo que destruirme un poco más antes de que el fénix emprenda el vuelo hacia la eternidad y de que las cenizas sean arrastradas por el viento hacia la muerte? Mi final está ya muy cerca, tanto que puedo olerlo y rastrearlo en las veredas donde las almas solitarias y atormentadas lloran sangre y sonríen con desasosiego infernal. Nunca pedí formar parte de este mundo y nunca tuve razones para hacerlo; y, sin embargo, lo he hecho hasta ahora. ¿Para qué? Todo está podrido, contaminado por la vehemente insensatez del mono que no deja de ocasionar más miseria y devastación. El problema yace acaso en la naturaleza misma de lo que nunca debió haber sido, de todos los desvaríos liberados cuando el primer acto comenzó del modo más impertinente y obsoleto. Mañana un nuevo día comenzará sin sentido alguno, sin que existan motivos para vivirlo y mucho menos para dejar de deprimirse. ¡La flama que aún arde en mi interior solo pide ya no seguirlo haciendo! ¡Y que todo se apague abruptamente, que cada recoveco de mi ser sucumba en la tumba de lo imperfectamente atroz! Nunca nada ni nadie ha valido la pena: esa es la verdad con la que me mataré frente al sol de más sublime resplandor y purificación menos irreal.
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Si crees que tu vida es importante, entonces he ahí el principal error y el posible origen de tu humano sufrimiento. ¡Nada lo es ni lo será! La existencia de la humanidad y de este mundo es un problema que será resuelto muy pronto, aunque el tiempo ni siquiera intervenga en la sincronía de posibilidades infinitas. Si pudiéramos ver más allá, nos explotaría la cabeza en un suspiro de avanzado anonadamiento. No estamos listos todavía y acaso resulte imposible mantenerse en pie hasta que el universo colapse y las dimensiones se desgarren con el crujido del último reloj atemporal. Todo lo que pueda decirse estará de más, no servirá sino para hacer más recalcitrante nuestro siniestro sufrimiento existencial. Creer que debemos perpetuarnos solo porque ya somos no es sino soberbia y ego enmascarado detrás de ideologías sin fundamento ni solemnidad. Tenía yo razón cuando supuse que la historia era solo una broma en un circo de irrelevancia sempiterna en el cual la angustia nunca sería menor que la bienaventuranza. Tal vez simplemente quitarse la vida sin pensarlo tanto pueda ser ya hermoso: un suicidio después de los más dementes estados y fulminantes reflexiones. ¡Esa sí que sería auténtica libertad y puede que hasta sea la única que podamos saborear antes de atravesar el enigma del máximo desprendimiento estelar!
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Sempiterna Desilusión