Preferiría nunca haber existido antes que ser consciente de pertenecer a esta ridícula y adoctrinada raza de seres cuyos espíritus han sido extirpados y cuyas vidas son la insignificancia y la intrascendencia llevadas al extremo. ¿Por qué existe la humanidad? Esa es la pregunta que, me parece, jamás podrá ser respondida por ningún humano y quién sabe si por algún dios (si es que existe algo así). La desesperación más avasallante surge, no obstante, al intentar hallarle un mínimo de lógica a aquello que, en su más primordial origen, parece ser únicamente una endemoniada y eviterna contradicción: nuestra existencia y todo lo que de ella se desprende y nos atormenta al tiempo que nos encanta.
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¿Qué era la humanidad sino solo la expresión de una equivocación divina, con su evidente e impresionante carencia de talento, ausencia de intelecto, falta de intuición, omisión de sentido común, escasez de raciocinio, estrechez de genialidad y depravación de la sublimidad? Y, pese a todo, también en toda esta inmundicia fulguraba, a veces más y a veces menos, una luz tan refulgente que ni todas las miserias y tristezas del mundo podrían apagarla. Y quizá por eso y solo por eso la vida podría ser algo que, por contradictorio y extraño que suene, valía la pena apreciar en su más mínimo detalle.
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Desprecio a la raza humana a causa de su despampanante estupidez, y lo confieso: hubiera preferido no haber existido nunca que ser humano, tan maldita y asquerosamente humano. Pero esto ya no era posible, solo existía en mi retorcida imaginación donde tarántulas rojas y ciempiés dorados se escabullían por cada recoveco que nunca pude explorar dentro de mi atormentada consciencia. El laberinto era cada vez más inmenso, el rompecabezas cada vez más complejo y la verdad cada vez más falsa. No era en la razón donde se podrían hallar aquellos símbolos para descifrar los mensajes que llegaban a mí desde algún desconocido y paradójico universo; era en el corazón donde debía buscar. Y, sin embargo, antes de esto primero debía encontrar mi corazón; primero debía volver a sentir, a llorar, a sufrir, a amar, a decepcionarse una y mil veces y, finalmente, a reconocer que yo, pese a todo, no tenía culpa de nada; aunque todo allá afuera gritara estrepitosamente que sí…
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Era simplemente que no quería seguir viviendo, aun si se me proporcionase la locura como remedio o la felicidad humana como consuelo. Yo no buscaba ya nada de eso, nada que este mundo pudiera ofrecerme me interesaba en lo más mínimo. Lo único que yo buscaba ya era conectar con ese algo superior, con esa sibilina voz que siempre me acompañó en mis momentos de mayor soledad y angustia; con aquello que no puedo ver, tocar ni escuchar, pero que puedo sentir en cada parte de mi cuerpo, mente y alma. ¡Oh, si pudiera tan solo vislumbrarte por milésimas de segundo! ¡Oh, si pudiera tan solo rozar tu perfecta esencia y experimentar un amor que no tiene comparación alguna! ¿Es que acaso podré verte más allá de las cadenas de este cuerpo y esta realidad algún día en alguna clase de extraño universo? ¿Podré correr hacia ti, con lágrimas de sangre en los ojos y, entre tu luz y tu eternidad, olvidar todo el sufrimiento que aquí mi débil y frágil alma ha soportado? ¡Ay, qué será de mí sin tu calidez, sin tu bondad y sin tu infinito amor! Si pudiera, daría todo lo que tengo con tal de estar contigo desde ahora y para siempre; con tal de dejarlo todo atrás, de olvidarme por completo de este mundo y de su horrible gente… Sí, lo daría todo con tal de mirarte fija y plenamente a los ojos con mis propios ojos; con unos ojos que ya no reflejan tristeza, melancolía ni desesperanza, porque te han encontrado a ti.
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Toda criatura en esta falaz existencia, por muy nefanda que parezca, me resulta soportable, excepto el humano; ese es grotescamente miserable y absurdo se le mire por donde se le mire. Su maldad, crueldad e intrascendencia opacan por mucho los bellos y divinos atributos que raramente pueda poseer. He llegado a creer que quien se ha equivocado todo este tiempo soy yo, que quien jamás a sabido cómo amar a otro ser humano soy yo, que quien nunca ha podido apreciar la belleza en la decadencia y la virtud en el vicio soy yo. Y, en última instancia, siempre fui yo quien nunca pudo entenderse a sí mismo; quien siempre fue un extraño, un náufrago, un asesino de mi propia esencia.
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La Execrable Esencia Humana