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Amor Delirante 55

Lo que por ti sentí ese día que te conocí superó cualquier cosa experimentada hasta entonces; pues tú me hiciste creer, por unos instantes, que valía la pena luchar y seguir viviendo… Lamentablemente, el tiempo me mostró la cruda realidad y tus palabras se esfumaron sin dejar rastro alguno. Luego, tú te marchaste y yo, viéndome en tales condiciones, no tuve otra opción sino quitarme la vida. ¿Qué más habría podido yo haber hecho sin ti, mi eterno e imposible amor? ¿Qué más habría para mí luego de ti que no fuera la muerte, el olvido eterno o la nada? Te amé tanto y con tal locura que mi alma murió el día en que tus labios ya no buscaban solo impactarse con los míos y en que tu cuerpo no vibraba tan enloquecedoramente cuando aquel místico desvarío nos embriagaba con sus formas multicolor y olores oníricos en los cuáles desnudábamos todos nuestros monstruos y los integrábamos en una melodía de apocalíptico fenecer… De eso no quedó nada: ni de ti, ni de mí; nada que evocara nuestro melancólico encuentro en aquel mundo humano donde fuimos condenados hasta el ocaso por la vida y aniquilados por el vacío más desgarrador.

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Y, cuando tu mano rozó a la mía, supe qué era lo quería para siempre: hundirme en la inmarcesible hermosura de tu boca y en la sibilina melancolía de tu mirada. Supe que, si podía besarte y contemplarte solo una vez más, entonces ya la eternidad para mí sería incluso efímera e insignificante. Solo contigo me perdería hasta el fin, en un lugar donde el tiempo dejase de existir y el infinito sufrimiento de nuestros corazones atormentados fuese eclipsado por la mística magia de nuestros cósmicos renacimientos.

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Enamorarse con bestial insania es, quizá, lo más cercano a la constante idea del suicidio; pues le confiere un exquisito toque de emoción y sentimiento a la tediosa senda de la vida donde tan asquerosamente nos hemos resignado a divagar sin rumbo alguno. Aunque tal condición solo dure un efímero periodo, es al menos lo suficientemente poderosa como para que nos acordemos de ella el resto de nuestras patéticas madrugadas. Aparte de amar con locura, ¿existirá alguna otra razón para seguir respirando? ¿No son las pasiones más siniestras y enloquecedoras las que nos hacen sentir que la existencia puede no ser tan aburrida e indiferente a nosotros? Aunque quizá después haya que matarse irremediablemente, porque el corazón atormentado no soportará el infame retorno a la cotidiana y estúpida rueda del día a día; que nos envuelve como si de una sombra demoniaca y aciaga se tratase. ¡Qué ironía que solo aquellos estados de máxima contradicción y sórdido estremecimiento interno sean los que, a veces, nos mantienen aún atrapados en esta grotesca y vomitiva dimensión!

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Al final, tú no eres culpable de nada; solo yo y mi mente delirante hemos sido víctimas de tu sibilino hechizo… Sí, pues yo fui quien se enamoró del etéreo almizcle que reverbera en el ápice de tu sublime y espiritual encanto. Fui yo el pobre tonto que se enamoró tan perdida y obsesivamente de ti, cuando tú ya solo pensabas en la muerte. Y cuando todo lo que entre nosotros existía era una alucinación mía que decidí creer como real; acaso solo tan real como tu mística silueta en aquellas noches donde la soledad me consumía tan siniestramente. Entonces mi desesperado corazón se imaginó que tú y solo tú podrías salvarlo de su inminente devastación, pero todo fue en vano; ahora yo estoy encerrado en este manicomio y tú ya no te apareces más desde que me obligan a tomar aquellas malditas pastillas…

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Cuanto más te veo, más te anhelo y más me enamoro de tu silueta centelleante; y cuando no te veo, sufro y me retuerzo al saber que a otro más tu etéreo tesoro ya entregaste. Pero así es como he elegido amarte yo, sabiendo de antemano que no sería cada noche solo yo el predilecto huésped de tus sensuales aposentos. Mas esto resulta de una sensibilidad extrema, me conduce a un estado de esquizofrenia suicida que ni las pastillas mágicas ni la embriaguez más mística podrían apaciguar. Todo lo que quiero es volver a tenerte, aunque sea solamente durante una hora, aunque sea solo antes de mi extraña y delirante muerte. Y es que, por una sola de tus caricias, yo podría hacer lo que fuera; incluso si se tratase de exterminar a la humanidad entera o de condenarme a los peores tormentos de cualquier posible averno.

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Te amé tanto que me sentí sumamente dichoso de no haberte arruinado la vida aferrándome a estar contigo cuando tu corazón ya por mí no palpitaba. Ahora, aunque sé que jamás podré olvidarte, no tengo otra opción sino soñar con tu sonrisa y pretender que la realidad es menos real que mis sueños más dementes y mis fantasías más oscuras. Las memorias de aquellas tardes a tu lado permanecerán, no obstante, intactas en mi alma lúgubre y contrita; ¡nada podrá diluir los mágicos instantes en que tu boca ensangrentada se unía con la mía hasta hacer retumbar el firmamento con la vehemencia de cada devastador beso! No era esta la época adecuada para amarnos, mucho menos siendo todavía tan humanos; mas esperaré por ti si es preciso hasta que el tiempo se revierta y el infinito se destruya.

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Amor Delirante


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