Tú me obsequiaste algo más allá de este lamentable mundo cuando te conocí: me conferiste un resquicio de vida cuando ya estaba casi muerto… Pero ahora que te has ido para siempre, y me pregunto: ¿acaso la dulce fragancia del más allá vendrá y fungirá como mi único y último consuelo? ¿Acaso podrán los encantos del suicidio reemplazar a los tuyos y las caricias del vacío sustituir a tu boca fulgurante? No puedo concebir mi vida sin ti, pero debo hacerlo… Sé que ya jamás volveremos a entrelazar nuestros cuerpos y que tu soledad no volverá a consolar a la mía cuando el trágico y anómalo anochecer nuble y empape mi rostro afligido… Quizá sea mejor así, quizá nuestro delirante amor estaba destinado a esfumarse con una velocidad inimaginable para ambos. ¡Ay! Nosotros… Dos almas rotas y necesitadas de tanto amor, comprensión y cariño… Mas nunca olvidaré la magia de tu mística sonrisa ni el halo de tu celestial espíritu, pues tú me salvaste en más ocasiones de las que me pudo haber salvado cualquier sustancia, bebida u oración… No sé si podré continuar así, porque tú eras el amor de todas mis vidas y la supernova en donde yo ansiaba desvanecerme con fulgor inmarcesible. Pensaré en ti como un parpadeo de melancólica lucidez, uno en el cual yo me perdí a mí mismo sin siquiera percatarme en lo más mínimo. Quisiera que esto fuera menos doloroso para ambos, menos sombrío y un poco más digerible… Y quisiera, sobre todo, que mi corazón pudiera olvidarte fácilmente, tanto como tú me olvidaste ya… Quisiera no extrañarte tanto en las penumbras de mi nostalgia recalcitrante, justo ahí donde divago en la más sórdida oscuridad y donde lo único que añoro ya, desde tu insensata y lóbrega partida, es la muerte.
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Tú me hiciste recordar que todavía existía en mí, aunque sea tan absurdo, un profundo amor que solo vibraba por ti… Al menos eso creí siempre, hasta el día en que manchaste con tu sangre mis manos para completar el ritual prohibido. Desde entonces, vuelvo cada noche a aquel sepulcral cementerio donde por última vez nos vimos; todo con la única esperanza de volver a acariciar tu fantasmal reflejo y perderme para siempre en tu gélida belleza. Miro, como si mirase a través de un cristal, cada instante en que tu sonrisa y la mía coronaron el firmamento desgarrado. Y no puedo sino sentirme feliz de tu partida, porque con ello te unificaste con el origen y la muerte selló tu sempiterna libertad. El ser no sabe amar, solo controlar e imponer; cada vez resulta más evidente que así es. Pronto iré contigo, sé que así será; mi eterno e imposible amor. Me cortaré las venas frente a tu tumba y, si existen en verdad los ángeles, confío en que alguno de ellos bajará del cielo para limpiar mi sangre con tus alas centelleantes. Mientras tanto, debo continuar y aceptar mi destino, sin importar la complejidad o el tormento que aún me reste por atravesar. ¡Oh! Si pudiera tan solo por una milésima de segundo volver a sentir tus aladas caricias o besarte hasta el día de nuestro atroz apocalipsis… La incertidumbre alcanza su punto máximo y el réquiem del vacío se agita en mi corazón suicida, mas debo ser fuerte y enfrentar la oscuridad antes de poder refulgir en el templo del sol perenne. En mi espada de luz quedaron tatuados los arabescos de tu espíritu catártico, pues eras tú la supernova que iluminaba mis tinieblas y que hacía llevadera mi inmanente miseria. En los aposentos de mi lúgubre soledad, creo reconocerte en tu verdadera forma y siento que no soy digno de una sola de tus estrellas. ¿Te veré nuevamente cuando el umbral así lo indique? O ¿estaremos condenados a amarnos sin que nuestras atormentadas y rotas almas puedan consolarse en ningún otro universo o dimensión? Algo en mí quiere aún ir hacia ti, pero debo amarte y dejarte ir. Te amo tanto, pero la verdad es que yo solo quiero que seas libre; sobre todo, libre de mí.
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Abrázame por última vez tan fuertemente como puedas, porque ya casi no me quedan fuerzas para contemplar tu alma inmarcesible y acariciarla en la trágica noche de las bestias aladas… Ya casi es el momento de desprenderme de este cuerpo humano y atravesar los muros de cristal infinito para hundir tu recuerdo en la nada y consagrar mi suicidio en lo eterno. Tu dulzura la llevaré conmigo a donde sea que me dirija, porque en tu sempiterna hermosura hallé yo el más valioso de todos los tesoros: uno que no puede compararse con las cosas mundanas que las personas suelen ambicionar, uno que solamente puede equipararse al de mi catártica muerte. Aunque fue muy corto el tiempo en que tus fulgurantes labios rozaron a los míos, yo te llevaré en mi melancólico corazón hasta que el apocalipsis de mi espíritu afligido termine por diluir tu recuerdo sin que nada pueda hacerme volver a ti.
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Mírame aquí, prosternándome ante la famélica esencia de la locura y suplicando por un poco de piedad que deshaga el nudo que aprieta mi ensangrentada garganta… Desgarrando atrozmente el matiz reluciente en donde jugamos a ser felices, pero sin conocer la culminación de este amor delirante que ahora nos pudre desde nuestra humana simiente. Todo fue siempre falso, o ¿no? Al menos, disfruté, con amarga ironía, estar a tu lado antes de disfrutar los besos de la dulce y embriagante muerte. Te extrañaré eternamente, eso no lo dudo; mas sé que, permaneciendo juntos, nunca conseguiremos aquello que tanto anhelamos desde las profundidades de nuestra alma atormentada: la libertad, el amor; rozar lo divino…
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Prefiero mejor estar lejos de ti y mirarte sonreír con alguien más que estar cerca y mirarte llorar. Porque, bien lo sé, nunca, en ningún mundo o dimensión, llegarías a amarme… Quizá todo lo que vivimos no fue sino un sueño fúnebre en el cual me encargué de autoengañarme más de lo debido. Y es que tus fulgurantes besos, ciertamente, sabían demasiado bien como para negarlos o considerarlos inmerecidos. Me perdí en tu sempiterna hermosura, en tu cuerpo tatuado de cromatismos inexplicables y en tu trágica melancolía. Poco antes del final, puedo decir que no me arrepiento para nada y que quisiera volver a mirarte sin todas esas máscaras que ahora nos han separado eternamente. Sé que nadie más podría comprenderlo, que esta locura de muerte es mía y no de ambos… ¡Ay! ¡Cuántas veces más me atormentará tu ensangrentado retrato mientras el amanecer deprime mi alma asesina! No cabe duda de que la soledad es un lugar más inexplorado y siniestro de lo que cualquier mortal haya alguna vez concebido, y que solo en el más infausto aislamiento podemos comenzar a amar(nos) de verdad. Fue bueno, no obstante, haberte conocido… Tu voz angelical aún resuena en mi corazón suicida y me llena de una falsa esperanza que me embriaga cada oscura tarde de este periodo en donde mi vida parece una insostenible pantomima de llanto y depravación. Así debe ser y así será; ¡no más cortinas detrás de las cuales ocultar mi verdadero yo! Y, pese a todo, no puedo evitar amarte en mis más inhumanos delirios y contemplar en el peculiar brillo de la navaja una sonrisa cuyo misticismo solo pude yo hallar en tu rostro inmaculado. ¿Cómo es que aún no me he matado? ¿Cómo es que aún no se ha desvanecido toda mi tristeza en una sinfonía de perfecta nostalgia? Pronto, muy pronto no quedará rastro alguno de nada: ni de tus manos que acariciaban como las alas de un ángel, ni mucho menos de nuestro fatal desamor marcado por el sinsentido de cada día sin haberte besado espiritualmente. Donde sea que te encuentres, lo que sea que creas o sientas, yo siempre voy a desear volver a conocerte por encima de cualquier otro ser y en cualquier posible universo. ¿Será esta separación eterna o temporal? ¿Volveremos a pretender que nuestro vínculo ha fenecido tras unas cuantas estrellas colapsadas en el infernal despliegue de sentimientos rotos y sombríos? Quisiera solo comunicarte la sentencia final que se ahoga en mi interior y que me asfixia cada vez que añoro no seguir viviendo si no puedo dejarte ir sin que mi alma muera en el intento…
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Amor Delirante