Capítulo II (CIyS)

La señora Laura no prestó atención a Vivianka y siguió hablando, ya estaba acostumbrada a la indiferencia de su hija en estos asuntos. Su fracasado matrimonio había diluido cualquier sensación de cariño y amor hacia las personas, o eso creía su madre.

–Se cuenta que este joven era filósofo. Pasaba todo el día planteándose teorías extrañas y ajenas a su época, cavilando los misterios del universo y del libre albedrío, inquiriendo sobre el destino, los universos paralelos y, sobre todo, planteando explicaciones concernientes al amor y al deseo. Al final enloqueció, presa de ira, tristeza y decepción. La razón nadie la sabe, pero se sospecha que fue a causa de la muerte del amor que sentía hacia aquella princesa. En un principio ellos dos se amaron más que nunca, pero, después de un tiempo, aquel amor fulgurante que arrasó con toda la existencia se tornó igualmente sinsentido, destruyendo la fuente de inspiración del joven. A partir de ese día ya no pudo filosofar, todo se tornó de un gris terriblemente amargo. Así nada más, tan inesperada y raudamente como se había enamorado, también se había extinguido su amor. Esto llevó al joven al delirio, pues había prometido amar a la princesa para siempre; sin embargo, jamás sospechó que los sentimientos son lo más parecido al azar, que no pertenecen a los humanos, que representan el caos en la vida, que cambian, que van y vienen de un lugar no profanado aún. Sí, esas sensaciones tan intrínsecas no pueden ser prometidas, arrebatadas, otorgadas ni forzadas. Y todo lo que podía hacer este joven era atisbar la decadencia de lo más inefable en su vida. Se cuenta que su final llegó en un día cualquiera, cuando la última chispa de su amor terminó en brazos de una mujer totalmente ajena al amor puro, que, en cambio, satisfizo los deseos sexuales que por su amada no pudo alcanzar. Todo lo que encontraron los que se percataron de su muerte fue un gran amasijo de poesía bañada con la sangre del joven, quien se había apuñalado el corazón con una daga. Lo último que escribió fue:

Las bugambilias se han congelado sin que el hielo las haya alcanzado, han sido arropadas por un gélido matiz más infernal que el desamor. Ya nada tiene sentido en un mundo desprovisto de libre albedrío, donde todo cambia cuando más impertérrito se cree es el dudoso destino. La contradicción enferma y obnubila la vida que me ha sido negada.

Esa misma mañana, al ver su cadáver, la princesa se suicidó arrojándose al lago helado adyacente al árbol más sublime del bosque. Y esto sin sospechar que aquella mujer ajena que danzara con su amado la sinfonía prohibida, imposible para ella, había sido su propia hermana.

–¡Qué triste! Pero, si la amaba, ¿por qué haría algo así el joven filósofo? Entonces no se trataba de tal sentimiento –replicó Erendy, un poco ensimismada.

Ninguno de los ahí presentes sospechaba entonces lo que había sido trazado, o al menos esbozado para ellos. El destino, o lo que fuera, no se doblegaba ante la voluntad de los seres inferiores. La naturaleza enseñaba lecciones que ningún dios se atrevía a cuestionar, en caso de existir. El cambio y la transformación mediante la destrucción daban lugar a un ser mucho más refulgente en las sombras de la agonía más execrable.

–¡Alister, ya se nos hace tarde! ¡Es hora de irnos! –dijo Erendy, rompiendo el incómodo silencio.

–¡Oh, cierto! Había olvidado la hora. Disculpen, pero ahora nos vamos. Muchas gracias por el desayuno y los pastelillos, todo estuvo exquisito.

–Sí, no se preocupen. Solo les pido que tengan cuidado, el mundo es un lugar cada vez peor, e incluso respirar es peligroso –argumentó la señora Laura.

–¡Mamá, ya sabemos! No tienes por qué espetar tan absurdas palabras.

Erendy y Alister viajaban en el tren mientras ella se recargaba en su hombro. Esta salida no era otra más, sino que iban a festejar el medio año que ya llevaban juntos. El tiempo transcurría misteriosamente, con un tinte incisivo de sarcasmo mal disimulado. Al llegar al bosque de los árboles rosas, caminaron tomados de la mano y cavilaron por separado. Ese era el lugar en que todo había comenzado, en ese lugar Alister había prometido amor eterno a Erendy y habían compartido momentos mágicos. El aroma, el sol, el viento, los árboles, y esas misteriosas flores llamadas bugambilias, con su raro matiz centelleante de sentimientos encontrados. Todo había sido idílico desde que se hallaron, sus vidas habían sido atadas por el mismo destino, o eso creían ellos. Finalmente parecían tener una razón para existir, solo que Alister no sacaba de su cabeza aquella historia sobre el joven enamorado que halló la muerte en el velorio del amor.

–Eres lo que más amo y atesoro, nunca quisiera privarme de tu esencia divina. Eres la fuente de energía de un corazón en estado decadente.

–Y yo me solazo entre tus brazos, estar a tu lado es abrazar la pureza reservada solo para los iniciados y los dioses.

Fue entonces cuando ante ellos apareció un bucólico lago. Era demasiado bello e, incluso, parecía no pertenecer al ya de por sí ataviado paisaje que venían contemplando. No era tan amplio, pero estaba ahíto de bugambilias que brillaban intensamente en el fondo. Alister pensó si en el fondo se encontrarían los restos de la princesa.

–Es demasiado bello, tanto que no parece pertenecer a nuestra realidad –expresó Erendy, que constantemente mostraba una nostalgia sin igual por la belleza tan distorsionada y olvidada en el mundo. Resaltaba en todo momento lo oculto de las cosas, le agradaba señalar lo que nadie más podía atisbar.

–Sí, mucho. Y, de hecho, dudo que sea real, parece de otra dimensión.

Entonces Erendy se apresuró y con un rápido movimiento envolvió los labios de Alister con los suyos. Era una sensación única sentir esos labios carnosos y esas sensaciones etéreas, sin duda era amor.

–Estos meses han sido los mejores de toda mi vida. Quiero que me prometas que me cuidarás por siempre, como prometiste amarme eternamente al comienzo de nuestra historia –dijo Erendy.

Alister dudó por unos momentos, pues pensaba en cómo hace un año aproximadamente se encontraba en una de sus crisis existenciales. Ahora todo era distinto, pues tenía esas sensaciones perfectas que le proporcionaban al menos un placebo. Aunque, por otro lado, se aferraba al vacío con todas sus fuerzas.

–Sí, te cuidaré por siempre, Erendy. No me alejaré nunca de tu lado, pase lo que pase ahí estaré eternamente,

Los ojos de Erendy centellearon y nuevamente unió su boca con aquel hombre que ni siquiera podía intuir la intensidad de los sentimientos de aquella joven. Finalmente, la tarde acaeció y la pareja de enamorados regresó. Una vez en el hogar de Erendy comieron una deliciosa y misteriosa pasta verde, luego Alister recordó que tenía que volver a su casa. Al despedirse de Erendy, ésta lo miró detenidamente y preguntó:

–Y en un año ¿tus sentimientos hacia mí permanecerán impertérritos?

–¿A qué te refieres, Erendy? No comprendo a qué viene esa cuestión.

–Y, si en un año te repito la misma pregunta, ¿me amarás igual? Solo eso quiero saber, pues añoro la certeza de tu calor. Deseo mirarme por siempre en el dulce y armonioso resplandor de tus enormes e inmarcesibles ojos.

–Simplemente no podemos saberlo, tal vez incluso el más grande amor sucumbe en esta execrable realidad. Sin embargo, te amaré por siempre porque nada podría disolver nuestros sentimientos.

–Siempre tienes respuestas interesantes e inesperadas. –exclamó Erendy con algo de vergüenza, y luego ambos caminaron en silencio– No te quito más tiempo, es hora de que regreses a casa, cuídate mucho. Espero verte el próximo viernes, mi vida. Te amo tanto.

Fue así como, tras un beso donde se intercambiaron hasta el alma, Alister partió dejando atrás a su amada en la noche de las almas estrelladas. Y también fue así como un año pasó, tan rápidamente como si la concepción humana del tiempo se tambaleara ante algo supremo e incomprensible. Alister y Erendy se vieron cada día tanto como pudieron, todo fue acomodándose poco a poco. Ambos conocieron un pedazo más del otro, pelearon, lloraron, perdonaron, durmieron juntos. Todo seguía su paso, pero para ellos el resto del mundo no importaba, las galaxias que podían separarlos habían estado hasta entonces tan cerca como sus bocas y tan bien habían sabido alejarlas. Podrían haber vivido ese año una y otra vez por siempre. Pero es demasiado pendenciero querer eternidad en un mundo temporal, y, como todo aquello que simplemente muere, el amor de aquellos enamorados se fue extinguiendo sin que siquiera lo notaran. Y, tan súbitamente como llegó, así un día se fue para jamás volver, o al menos no de la forma en que anhelaban.

–Hola, pasa. Pensé que llegarías un poco más tarde –replicó Erendy.

–No, es que tenía que terminar mi trabajo de cuántica.

–Sí, pero, si estabas ocupado, no tenías por qué venir. Alister, no me gusta que te distraigas conmigo.

–Está bien, no importa. Puedo hacer mis cosas aquí.

Hace unas semanas Erendy y Alister habían discutido dado que ambos estaban más ocupados últimamente. Él estaba en la parte final de su carrera, le apasionaba el mundo de la física y deseaba desentrañar los secretos del tiempo y de la vida. Ella, por el contrario, estudiaba criminología y recién había comenzado, no le interesaba lo económico ni esperaba vivir de lo que estudiaba, pues creía ser buena y lo hacía solo por gusto.

–Pues ya que estás aquí, le diré a mi hermana si puede checar lo de tu muela.

–No me gustaría incomodar. Además, sabes que no tendrá tiempo, tiene que cuidar a sus pequeños.

–No debes preocuparte por eso. Tú le agradas demasiado, ya te lo había dicho.

Alister reflexionó un poco y eran ciertas esas palabras, pues siempre que Vivianka lo veía solía entregarle una hermosa sonrisa y buscaba hacerle la plática. Le parecían muy interesantes sus ideas sobre la vida en sí misma, lo escuchaba casi con una atención igual con la que le prestaba Erendy, pero había algo raro en eso.

–Sí, claro. Entonces esperaré aquí hasta que venga. De cualquier modo, algún día se lo pagaré.

–No tienes que hacer eso –intervino una voz angelical–, ya te había dicho que para mí no es alguna molestia atenderte; al contrario, me gusta ayudar a la gente. Pasen, aprovechen ahorita que no tengo gente, porque si no luego me ocupo demasiado; además, debo hacer unas placas para un niño con severos problemas, quizá hasta necesite operación.

–¡Vamos Alister, no tengas pena! Vivianka es la mejor dentista en todo el mundo, incluso estudió un año en el extranjero –mencionó Erendy.

–No es eso. Es solo que, es extraño. Hace años que no iba al dentista, nunca me traté la boca y tengo algo de pena por lo que pueda hallar.

De pronto, Alister observó un extraño cuadro en la pared del consultorio. Sin recostarse en la silla para ser atendido, todavía la vergüenza lo invadía. O se trataba de algo más, tal vez…

–¿Qué es eso? Jamás vi algo igual, parece contener un recuerdo muy melancólico y a la vez encierra un toque especialmente grotesco.

–¿Qué? ¿A qué te refieres? –respondió raudamente la dentista.

–Esa pintura, es muy extraña… Esa, la que se alza sobre las demás en la pared frente a la sala de espera.

La dentista volteó, sonrío ampliamente y luego respondió:

–¡Ah, sí! Me la obsequió uno de los pacientes. Me pareció muy representativa y decidí colocarla ahí sin sentido alguno.

La pintura en cuestión mostraba una niña desnuda con cabellos negros y alas azules como de mariposa. Se hallaba sentada sobre la ancha rama de un árbol cuyas flores parecían arder en un violeta parecido al del bosque de las bugambilias. La niña miraba un increíble atardecer y el cielo estaba totalmente despejado, bañado de un tono rojizo ahíto de tristeza.

–Pero ¿qué significa? Causa una impresión sumamente inexplicable, ¿no tiene alguna explicación? –preguntó Alister, totalmente poseído por la curiosidad.

–Bueno, ciertamente, no lo sé… Hay una explicación, pero… El paciente que me la regaló era muy extraño, solamente vino una vez aquí y jamás ha vuelto. Ella no tenía cómo pagar y, aunque yo no le cobré, se empeñó en darme esa pintura a cambio de mis servicios.

–¿Ella? ¿Acaso era mujer la artista tan maravillosa? –intervino Erendy.

–Sí, era una muchacha invidente y de comportamiento muy taciturno. Tal como les digo, nunca ha vuelto. Me agradó su dibujo y lo coloqué ahí, todos mis pacientes piensan que yo lo hice.

–Pero ¿qué significa? Debe tener algo oculto, no puede ser así de simple. No lo sé, me identifico con él de alguna forma –agregó nuevamente Alister.

–¡Ah, cierto! Lo había olvidado. La extraña muchacha dijo que era un dibujo que englobaba, en esencia, tres sentimientos: angustia, decepción e inconformidad. También dijo que representaba la destrucción y el renacimiento vinculados en el mismo origen.

–¡Muy interesante! Parece estar vinculado con algunas ideologías ocultistas y esotéricas que he analizado –expresó Erendy.

–Sí, además es muy profundo y bucólico –complementó Alister, como hipnotizado por aquella fantástica pintura.

–Y también me contó otra cosa que ya había olvidado –agregó Vivianka.

–Ah ¿sí? Y ¿qué es? –inquirió apresuradamente Alister.

–Representa la muerte del amor y un violento despertar sexual. Ella mencionó que la niña retratada era solo un sueño que se repetía una y otra vez.

–Y ¿te contó de ese sueño? –cuestionó Erendy, quien igualmente se dedicaba a leer cosas sobre el posible significado de los sueños y sus consecuencias.

–Bueno, eso está más borroso en mi memoria. Ya no logro traer a mi mente aquellas explicaciones tan confusas.

–Trata de recordar, Vivianka, por favor –rogó Alister.

Justamente en ese momento la madre de las dos mujeres entró en el consultorio para avisar que ya estaba lista la comida. Había preparado una exquisita lasaña y un sápido flan napolitano para completar el deleite.

–Y ahora ¿por qué esa comida? –preguntó Erendy sorprendida.

–No puedo creer que lo hayas olvidado. Es el cumpleaños de tu abuelo y ya no tarda en llegar.

El resto del día fue irrelevante, tan desesperante para las almas concomitantes en el lugar preciso donde el tiempo y el espacio convergían súbitamente. Los ánimos se apagaron, cada criatura tomó posesión del descanso merecido y la oscuridad reinó en los confines del mundo. Lo que no comprendían los integrantes de aquel juego absurdo era la insensatez y contrariedad con que los sucesos ocurrían, ese caos que en sí mismo no representaba sino una guía en el camino al futuro infinito en sus diversas formas.

–¡Déjà-vu! ¡Déjà-vu! El sonido rasga la creencia en el ímpetu.

–¿Qué dices? ¿Quién está ahí? ¿Dónde estoy?

–¡Déjà-vu! ¡Déjà-vu! El placer seduce al encarnado en la experiencia fútil.

Alister despertó y se hallaba en una extraña casa donde las paredes parecían distorsionadas y se mezclaban con una esencia púrpura, de la cual emanaba un funesto gas que jamás en su vida había percibido; su olor era nefando, parecía una mezcolanza de rosas y muerte.

–Por aquí, ven por aquí si saber quieres sobre tu conocimiento.

Alister siguió a la voz. A decir verdad, no tenía opción. La casa era muy rara en todo sentido, pues parecía que el suelo no existía y que flotaba en una dimensión donde todo estaba supeditado a los designios de la conciencia. La casa tenía dos pisos, todos los cuartos eran seguidos y había otros dos unidos por un estrecho pasillo. Lo más extraño fue cuando llegó al baño, pues al abrir la puerta se liberó una inmensa cantidad de sombras amorfas y pestilentes que impregnaron todos los rincones de la casa envolviéndola en una incipiente oscuridad.

–Pero ¿qué demonios es eso? –cuestionó Alister al vacío.

Para comprobarlo entró al baño y en la pared estaba escrito: Belz, la oscuridad que nace allí donde quiera que se contamine la sabiduría divina y la conciencia suprema de los elegidos que reencarnan en la eterna cadena.

–¿Qué es esto? ¿Quién vivió en esta casa? ¿Por qué estoy aquí? –continuaba Alister torturándose con esas preguntas.

El joven se acercó a una puerta que separaba la regadera del resto. Al abrirla quedó perplejo, pues contempló a un hombre con cabeza de pescado que boleaba sus zapatos mientras el agua lo bañaba y le despellejaba la piel sin que él mostrara signos de dolor. Cuando Alister intentó tocarlo, éste comenzó a desvanecerse y solamente, quizá en su locura o su confusión, al muchacho le pareció que aquel ser murmuraba algo como Silliphiaal.

–¿Qué dices? No entiendo a qué palabra te refieres. ¡No te vayas, vuelve aquí!

Pero aquel ser había desaparecido completamente. Alister notó que, en la parte superior, había dos crucifijos calcinados. Igualmente, le pareció interesante que la pared estuviera tapizada con azulejos blancos y negros al haber entrado, pero ahora todos eran de este último color. Justamente cuando iba a tomar uno de los crucifijos, todo dio un giro y se esfumó.

–¿Qué pasa ahora? Nunca había vivido algo así, debo estar alucinando.

Alister despertó vestido de sacerdote y, aunque su físico era distinto, se sentía él mismo experimentado otra realidad. Fue conducido por una fuerza misteriosa hasta un subterráneo que parecía no tener fin, mientras podía atisbar extrañas estructuras con una geometría impensable en su mundo y figuras que parecían representar deidades existentes hace eones, o al menos así lo percibió.

–¡Vaya, ahora solo espero que esto se termine pronto! –pensaba el joven sacerdote en su inocencia.

Cuando finalmente todo se calmó, Alister apareció frente a cuatro encapuchados y un ataúd. A su lado se agrupaban ángeles con espadas, uno de los cuales se le presentó como Mateo.

–¿Tú puedes explicarme de qué se trata todo esto?

–Yo no puedo hacer eso, puesto que yo no existo y tú tampoco. Solo somos creaciones sin sentido en un universo perdido y colapsando por tanta degeneración y miseria, donde el tiempo se ha fortalecido y el bajo mundo engrandecido. Ahora que ha sido liberado, se ha roto el sello que en una sociedad lejana alguna vez fue enmarcado a la bestia.

–No entiendo ni una sola palabra de esas extrañas profecías que pareces conocer, solo quiero salir de aquí.

–Imposible, nadie puede salir. Solo echa un vistazo y tu mente vibrará.

Cuando Alister miró hacia atrás, contempló horrorizado una sombra con alas gigantescas y que de alguna forma completamente inhumana le parecía familiar. Pero lo que más lo amilanó fue que detrás de esa cosa parecían hallarse millones de galaxias amontonadas y burbujeantes hoyos negros surgían de todos lado. Por otra parte, al subir la mirada, un extraño e imponente ojo lo observaba atentamente mientras fulguraba de un azul extraño, uno muy oscuro. Alrededor de dicho ojo había pirámides que chocaban unas con otras, y de esos choques emanaban unos relojes con manecillas y notaciones totalmente ajenas a la percepción normal del tiempo.

–¿Qué demonios es este lugar? –gritó sobresaltado Alister.

Pero justo en ese momento el ataúd se abrió y una blasfemia se levantó. Su piel era gris y sus cabellos andrajosos, tenía los dientes podridos y parecía más una carroña vieja que algo existente. Se contorsionaba de forma horrible, brama incoherencias y de su boca brotaba espuma. En una de esas, totalmente fuera de control, brincó sobre Alister.

–Tenga cuidado, yo lo protegeré –exclamó Mateo, al tiempo que se lanzaba contra aquella repulsiva criatura.

–¡No, no lo hagas, por favor! –replicó Alister.

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Libro: Corazones Infieles y Sumisos


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