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Contaminación

Me doy cuenta de que es cierto: todo lo que rodea al humano está enfocado a contaminarlo de manera aciaga y absoluta. Pero también sé que el humano no necesita nada de esa miseria para elevarse por encima de la incisiva cicatriz del absurdo, pero es atacado por doquier hasta que termina por desprenderse de su supuesta sublimidad, de entregarse al placer terrenal y la banalidad más grotesca. El humano debe ser libre, nacer y morir sin esa contaminación psicológica que le es introducida en la cabeza por esta ilusoria realidad, gracias a la cual llega a creerse vivo. Y es que realmente el humano no necesita nada para vivir, pues al morir nada más importará. Es solo una ridícula fantasía creer que lo material, el sexo, el dinero y la compañía de sus semejantes lo arroparán en el momento del colapso. Nada lo hará y creo que no hay verdad más elevada que esa: la muerte es nuestro único destino. Pretender que algo de esta vida alguna vez nos satisfará por completo es engañarse tontamente.

El gran problema es que el ser se ha acostumbrado a su condición miserable y superflua y, una vez contaminado, es jodidamente difícil que llegue a desprenderse de todo lo que le ha sido injertado mediante espejismos funestos para ser parte del rebaño; tan hambreado de vicios y carente de sueños. El ser está tan acondicionado y se siente tan apegado a un mundo cada vez más obsoleto y putrefacto que, en su ignorancia, confunde la felicidad con la sublevación y el conformismo. Y solo una cosa siempre ha sido cierta desde el comienzo de los tiempos: la libertad no existe porque el ser la ha rechazado a cambio de una falsa imagen que resulte más conmovedora, sin importar que sea la peor mentira. Pero ¿qué no lo sería? Es decir, ¿existirá algo en todo mundo que no raye en lo miserable y lo falso? ¿Existirá algo que pueda hacernos experimentar una auténtica sensación de paz y bienestar de manera prolongada? En mi experiencia, me atrevo a afirmar que algo así es más que irreal.

Me entristece no tener certeza de lo más mínimo en esta cerval humanidad, ciertamente. Creo que moriré sin entender por qué existe una raza como la nuestra, sencillamente no hay un motivo para todo este sufrimiento. Las cosas buenas de la humanidad no son suficientes para justificar toda su maldad y estupidez. No veo ningún sentido en que este mundo siga envileciéndose y eternizando su miseria, pero no hay algo que pueda hacerse para cambiar el anodino y horripilante panorama de putrefacción que todo lo ha contaminado. Y solo contemplo, con extraña agonía, que jamás me equivoqué cuando supuse que la humanidad era un siniestro error del cual me asqueaba haber sido parte; solamente una estupidez cuya trivial existencia estaba lejos de agradarme. ¡Oh, corazón mío! ¿Es que se han ya agotado todos los soles que otrora iluminasen temporalmente la infernal oscuridad que consume todo en mi interior? Quizá solo la muerte pueda aclarar todas mis dudas, o quizá ni siquiera ella.

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Repugnancia Inmanente


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