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Desasosiego Existencial 52

En la vida, es mejor no tener un plan ni nada por el estilo, pues mayor será nuestro dolor cuando veamos cómo se desmorona lentamente todo eso que anhelábamos y que ilusamente creíamos nos podía acercar a una efímera felicidad. Mejor es ser solo como una hoja arrastrada por el viento, yendo de un lado a otro sin rumbo alguno: seca, podrida, sin esperanzas de volver a ser verde y, sobre todo, que busca cuanto antes caer y desintegrarse en la nada.

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¿Qué es el cuerpo sino una cárcel de carne y huesos que tal vez aprisiona nuestro verdadero yo? Una cárcel carnal dentro de otra cárcel llamada existencia; una cárcel que debemos alimentar, cuidar, moldear y demás tonterías, pues, de no hacerlo, nuestro sufrimiento se potencia. Al fin y al cabo, tener un cuerpo es el mayor impedimento para ser libres. Por eso, quizá la auténtica libertad solo se halle en la muerte. Mientras permanezcamos con vida, deberemos resignarnos a ser esclavos de todos nuestros impulsos y necesidades; o, en el peor de los casos y como suele ocurrir con gran frecuencia, de los de otros.

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Morir… Tan solo eso necesitaba ya en la vida, tan solo no volver a abrir los ojos nunca más en ningún mundo, universo o dimensión; en ningún otro cuerpo, en ningún otro tiempo, en ningún otro yo…

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La existencia es una funesta pesadilla de incuantificables sufrimientos que se dilatarán tanto como nos resistamos a entregarnos al encanto suicida. Y es que entregarse a la muerte es aceptar que no tenemos ninguna razón para seguir respirando y que todo cuanto hacemos en todo momento es alimentarnos con cualquier cúmulo de mentiras que nos hagan sentir más cómodos en medio del caos infernal del cual tarde o temprano seremos presas. La burla es entonces creer que al morir tendremos respuesta alguna o que valdrá la pena haber soportado todo este galimatías abyecto; y, sin duda alguna, quien más reirá ante nuestra paradójica miseria será el vacío.

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¿Qué otra opción me quedaba sino hablar del suicidio cuando bien sabía que no podía hacerlo? Cuando menos, tenía que pregonar mis ideales y dejar bien en claro lo mucho que odiaba esta existencia humana. Quizá yo simplemente había enloquecido desde hace mucho presa de la infame desesperación que carcomía mis entrañas y mi consciencia, quizás era que nunca pude sentirme parte de nada ni identificado con nadie. Y todos los placeres, vicios y lugares de este mundo siempre me parecieron una tontería, un sinsentido que, aunque a veces lo experimentaba, nunca terminaba por convencerme ni por justificar mi propia esencia.

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En este mundo absurdo y trágico, lo mejor es ser una mala persona; así al menos nos hallaremos casi siempre del lado del que abusa de otros y no del de los abusados. Ponerlo de ese modo resulta bastante triste y desesperanzador, pero no por ello implica que sea menos cierto. De hecho, creo que, si existiera algo ligeramente parecido a la verdad, su naturaleza sería algo similar: algo demasiado lejano y opuesto a todo lo que creeríamos que es la verdad. Nosotros somos los tontos y el destino es el indiferente dios ante el cual nuestras acciones y pensamientos no pueden sino hundirse más allá de donde nadie osará alguna vez rescatarlos.

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Desasosiego Existencial


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