Todo muere inevitablemente, esa es la gran y única verdad que el ser se empeña en olvidar a toda costa. Las personas mueren todo el tiempo, la vida es en gran parte un acto de perpetua y hermosa muerte. Incluso el sol, el sistema solar, la vía láctea y el universo entero morirán algún día. ¿Qué más da, entonces, que muera también nuestro amor esta noche…? Y ¿qué más da si esta noche, también, incrusto finalmente esa resplandeciente navaja en mis venas y me sumerjo en el dulce abismo del silencio eterno? No tendría ningún caso continuar aquí, en este mundo enfermo y triste que tanto detesto y en el que jamás quise estar… Algo o alguien me forzó a existir en esta deplorable forma humana, por alguna razón que no puedo reconocer. Lo que sí puedo hacer, no obstante, es acabar conmigo de la manera más contundente… Sí, acabar de una vez por todas con mi tristeza, mi soledad y mi sufrimiento; hundirlo todo en un lamento final de fatal melancolía del cual no sea posible retornar nunca. Eso y no otra cosa es lo único que añoro ya, porque seguir viviendo así, sin tus besos ni tus caricias, es para mí lo mismo que estar muerto.
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Vale realmente la pena preguntarse si amar no es el acto más absurdo dentro del infinito absurdo de esta infernal existencia. ¿Qué es amar, para empezar? ¿Acaso no es injusto el amor? ¿Dar todo por alguien que no da nada por nosotros? O, en su defecto, ¿que no lo da en igual proporción? ¿El amor es reciprocidad entonces? ¿Qué no es el amor? ¿Por qué queremos amar? O, tal vez, ¿solo queremos ser amados? ¡Que me lleve el diablo! Por mi parte, prefiero estar borracho mil veces antes que estar enamorado. Y prefiero un millón de veces quitarme la vida antes que amar a otro ser humano, antes que volver a creer que es posible sonreír en esta anómala dimensión y que existe esperanza alguna para un patético mortal como yo. ¿Qué será aquello que se oculta detrás de todas mis lágrimas nocturnas? Aquella bestia crucificada en el altar de los impíos, ante la cual mi felicidad es solo una tragedia de mis más humanos delirios. ¿De qué sirve existir? Sufriremos hasta el final, sin que nada ni nadie pueda hacer algo para evitarlo. Somos, a lo mucho, marionetas funestas de alguna entidad retorcida que se regocija en su trono atemporal con nuestra miseria cotidiana y que defeca en cada una de nuestras aciagas plegarias.
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No tenía nada por lo cual seguir viviendo aquel viernes por la tarde. Solo permanecía ahí en mi alcoba, tirado como un perro, brutalmente ebrio y también drogado. Estaba muy solo, pero sabía que era lo mejor. No tenía novia, amigos, familia y no los necesitaba… Entonces ¿por qué no hacerlo hoy? ¿Por qué no poner fin al fin a mi infinita miseria? Un eco retumbaba en mi cabeza más fuertemente que nunca y esta vez estaba decidido a hacerle caso. Sí, este lluvioso viernes de verano a las 6 pm yo, sin importar lo que pasara, iba a colgarme.
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Aislarse del mundo es más que una obligación si uno en verdad desea encontrarse a sí mismo. Y es que, según me parece, el mundo está confeccionado para impedir nuestra trascendencia y crecimiento; es decir, para demoler nuestra personalidad usando las estratagemas más oscuras e inimaginables. ¡Ay! ¿Qué podemos hacer entonces? Quizás únicamente refugiarnos en nuestra fatal soledad y hacer de ella nuestro único consuelo, pues, en última instancia, ¿es que acaso algo nos pertenece realmente aparte de nuestra infinita miseria y nuestro inmanente sufrimiento? Somos mártires de una horrible realidad a la hemos sido arrojados de la manera más insensata, y de la cual resulta prácticamente imposible escapar. Tal vez solo la muerte pueda aliviar nuestro dolor y mitigar nuestro hastío, porque en ella, al parecer, serán disueltos todos nuestros recuerdos, amores y tragedias… Sí, al cruzar aquel desconocido umbral, espero, podremos olvidar para siempre la insoportable náusea de haber sido tan humanos en un mundo tan enfermo y triste. Después de todo, nuestra existencia nunca significó nada y a nadie le importó en lo más mínimo; mucho menos a ese farsante llamado Dios.
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No era que ella no me gustara o que tuviera algo de malo. Claro que no, por el contrario. Me encantaba todo de ella: su cuerpo, su cara, sus ojos, su cabello, sus labios y, sobre todo, su vagina. Podría fornicarla de aquí a mi muerte y eso sería grandioso. Pero es que no sé, algo en mi corazón no cuadraba. Nunca encontraría la respuesta, pues sabía que podría amarla como a cualquier otra mujer atractiva, virtuosa e inteligente. Pero tal vez el problema radicaba en lo opuesto: simplemente no me interesaba ser o no ser amado por ella. Estaba hundido en una especie de indiferencia infernal y cruenta amargura que en todo momento se apoderaban de mi corazón. Ya ni siquiera sabía quién era yo en realidad, pero sabía que todo lo que pudiera ser jamás sería suficiente para hacerme olvidar la sórdida tragedia de existir. Lo mejor sería que ella se marchara, que se olvidase de mí para siempre y que yo me matase esta deprimente noche en la cual no me queda ningún ánimo para continuar aquí… Mi ocaso ha llegado y, con una sonrisa indefinible e inefable, me hundo en él con una felicidad fúnebre y absoluta.
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El Color de la Nada