Un violento huracán de sentimientos encontrados que colapsan en las tinieblas del desasosiego y la angustia. La agonía de ser taladra en cada capa de mi endeble constitución y lo desmorona todo. Aquellas falsas fachadas de felicidad no fueron sino la cúspide del adoctrinamiento en el cual me he balanceado desde que tengo consciencia de lo que creo ser. Pero ¡ya no más! ¡Hoy se termina esta tragicomedia existencial que ya he prolongado sin ningún sentido por tanto tiempo! ¡Esta noche al fin me corto las venas! Y, si no, al menos morirá en mí todo deseo de continuar… Nada ni nadie puede ayudarme ni mucho menos salvarme; yo mismo me he condenado y sé a la perfección que mi destino es la tragedia. Tal es la estrella bajo la que he nacido y en su mortal brillo habré de despojarme de mi humana esencia, una que rechazo constantemente y que me somete a los designios de esta carnal realidad. Aquel que quiera aproximarse a la verdad deberá atravesar previamente dos estados: la locura y la soledad. Y no muchos, sino es que casi nadie, los soportaría por un periodo prolongado. Correrían a refugiarse en brazos de cualquier pasatiempo, persona o situación con tal de evitar su propia libertad y posterior evolución. ¡Qué fácil resulta perder el rumbo, ceder ante las garras de todo aquello que creíamos ya haber superado! Mas nos percatamos, con inaudito pesimismo, de cuán engañados hemos estado todavía: no hemos superado nada y hasta podría decirse que solo nos hemos hundido más en el fango conforme más hemos creído salir de él.
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El incendio no tuvo parangón alguno, pues derruyó mi hogar hasta hacer cenizas mi espíritu. Las voces seguían aullando y suplicando por ser salvadas del abismo, pero ¿acaso merecían salvación? La tormentosa neblina que sobrevino tras la consumación de las llamas negras que corrompieron al ave sin nombre no dejó lugar a dudas: debía arder todo aquello que, por destino o azar, tuviera todavía algo que ver con esa falacia llamada humanidad. Este mundo no debía proseguir, sino todo lo contrario: debía ser exterminado, erradicado por completo del cosmos infinito. De cualquier manera, no haría ninguna diferencia al respecto. Nuestro parpadeo es nada y nuestra esencia también; demasiado ruido hacemos para lo efímero que resulta nuestro atroz peregrinaje por este pandemónium aberrante. Quisiera escapar, volar muy lejos de toda esta miseria humana y conocerte… Sí, poder tocarte o al menos contemplarte en tu inmensidad y fragancia superior. Jamás seré digno de ti, siempre seré un pobre idiota atormentado por su mente y pensamientos más oscuros. Por siempre seré indigno de tu celestial halo, de tu luz inmaculada y presencia eterna; ¡qué lamentable escribir la imposibilidad de un futuro encuentro! ¿Cómo puedo proseguir así? Absolutamente entregado a la desesperanza y con el alma paralizada por este horror existencial ante el cual me encuentro más que indefenso y pulverizado.
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Todo lo que quería era volver a sentir algo; mejor dicho, sentir algo por primera vez en mi vida. Pues siempre fue una cerval apatía la que me caracterizó como persona, pero quizás antes era mejor. Sentir dolor o paz, amor u odio o, cualquier otra cosa, no significaba nada. No comprendía cómo los humanos podían dejarse arrastrar como trapos viejos por el imperante torrente de emociones que moldeaban esta patética realidad. Para mí, tan solo el homicidio o el suicidio valdrían la pena por experimentarse. Nada más me interesaba ya y nada más buscaba aquí; para mí, este mundo estaba acabado y los seres que lo habitan no son sino meros recipientes carnales de energía que es constantemente usada para alimentar a la pseudorealidad. Todos somos peones de intrascendente divagar condenados a una vida de miseria y soledad, a un sufrimiento inexplicable y más allá de lo que se puede soportar. ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué debemos experimentar esta vida absurda e infernal? ¿Por qué debemos ser humanos, enamorarnos y luego tener que olvidar? ¿Qué es el amor en realidad? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la muerte? ¿Qué es el yo? ¿Cómo vivir cuando uno se siente solamente impelido por un frenético y profundo deseo de desaparecer por completo de toda posible dimensión?
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Dejar ir a alguien, desterrar sus memorias de nuestra mente, arrancar sus palabras de nuestros oídos y tener plena consciencia de que jamás volveremos a reflejarnos en su mirada es, posiblemente, una especie de muerte que experimentamos en vida. Al menos contigo así es como ha acontecido, pues en verdad siento que te llevaste contigo gran parte de mí… ¡Y qué amargura me invade al reconocerlo! Quisiera extirparte de mí, olvidarme de cada uno de tus dulces besos y etéreas caricias. Quisiera olvidar todo lo que alguna vez vivimos como si de un cuento funesto se tratase, como si tu boca y la mía nunca se hubiesen rozado en ningún mundo o universo paralelo. ¡Cuánto llegué a amarte, aunque no sé si aquello era amor! ¿Qué importa? Nunca pude definir qué era todo lo que por ti sentía, todo lo que me consumía cuando te marchabas y la soledad me cobijaba en sus brazos sombríos. Tu ausencia es lo que nunca pude soportar, lo que siempre torturó mi corazón agonizante y deprimido. Vine hasta acá solo para verte, pero creo que no sirvió de nada. Al contrario, lo que con ello conseguimos fue lo que cada interacción entre dos personas tan rotas, solas y tristes como nosotros puede conseguir: sufrimiento. Sí, conseguimos lastimarnos y destruirnos más de lo imaginado; quizá tanto o más de lo que alguna vez creímos amarnos. Ni hablar, esta lúgubre historia entre dos seres dementes infestados de nostálgicos sentimientos parece llegar a su fin. Y creo que, aunque volviésemos encontrarnos cara a cara, ya ningún caso tendría. Ahora tú y yo habitamos en realidades muy diferentes donde volver a unir nuestras almas se siente como la mismísima muerte.
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No podía contener el llanto, te lo juro. El miedo se había ensañado conmigo y no quedaba en verdad nada por lo cual seguir adelante. Nunca creí que llegaría este fatídico día, pero es tan cierto que hoy ya no volverán tus pasos a escucharse por esta lúgubre casa ni tu sonrisa volverá a alegrar un poco mi amarga existencia. ¿Qué hacer, pues? ¿De qué forma sobrellevar y aceptar que te has marchado para nunca más volver? ¿Cómo seguir viviendo si eras tú mi única fuente de vida? ¿Por qué habría de postergar más mi encuentro con la soga si resulta evidente que la muerte, ahora ya sin ninguna duda, sería lo mejor? Creo que en verdad te amé con atroz locura, con insidiosa obsesión; mas todo fue en vano, puesto que, como cualquier otro suceso en esta pesadilla absurda que es la vida, nuestro vínculo terminó por corromperse y pudrirse. Y aquello que creíamos importante y sagrado terminó por convertirse en algo rutinario, obsoleto e irrelevante; fuimos devorados por una oscura fantasía en la cual ilusamente nos refugiamos hasta comprender la imposibilidad de cualquier posible destino juntos. Ambos siempre soñamos con suicidarnos juntos, pero ahora creo que eso ya no será posible… Ahora solo resta hundirse en la más deprimente melancolía hasta que aquella silueta tuya en el espejo de mi consciencia termine por difuminarse en la noche que enfría todo calor y opaca todo color: la noche batida de cada beso tuyo que habré de recordar hasta el último día de mi infame y lamentable existencia.
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El Color de la Nada