Si la existencia es algo tan sagrado, ¿por qué habría de serle concedida a seres tan despreciables, ambiciosos y putrefactos como los humanos? Es un absurdo y un desperdicio que no puede tolerarse más y la imposibilidad de que cese hace aún más miserable todo. ¿Por qué no evaporarlo todo en un sublime arrebol de locura y muerte? ¿No es la nada igual de bella que la vida misma y todas las mentiras que en ella constantemente abrazamos? ¿En qué hemos de refugiarnos ahora sino en la decepción más absoluta de cada instante en el tiempo olvidado y mancillado por la agonía de ser? En el trono ya no se sienta más el rey, se alejó con mirada triste cuando se percató de su aburrimiento tan atroz en aquel páramo de desolación sin fin. Como él, nosotros también seremos arrastrados por el sinsentido y lamentaremos haber llevado una existencia tan inútil e infame; mas será acaso la paradoja del estío no soñado la que habrá de devolvernos a la mísera penumbra en donde se originó nuestro sepulcral y eterno abatimiento.
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Creo que vivir nunca ha tenido ningún sentido, pero lo verdaderamente fatal sería que morir tampoco lo tuviera. Y muy bien puede que así sea, que no exista respuesta alguna para todo lo vivido y que el más allá encierre aún más incertidumbre o indiferencia a nuestras dudas existenciales. Ya en la vida bastante hemos sufrido y nos hemos deprimido debido al lúgubre tormento que hemos soportado sin ningún sentido, que hemos atravesado como un requisito acaso para el despertar divino de nuestra afligida consciencia. El ocaso se halla muy cerca, tanto que puedo olerlo como una fiera salvaje puede hacerlo con la sangre y el miedo en su presa. Deberé mantenerme firme en mi propósito suicida y no mirar atrás… ¡El pasado nunca ha existido sino solo en los desvaríos más atroces de mi mente, en aquellos laberintos en los cuales constantemente he masacrado mi amor propio a cambio de mentiras efímeras y aberrantes! Ya no más, esta espectral sinfonía debe culminar en cuanto el amanecer acaricie mi ventana rota y mis muñecas ensangrentadas. ¡Oh, en verdad este será el apocalipsis único y eterno en el cual conoceré la última metamorfosis del sol negro!
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Acabar conmigo, colgarme en esta catarsis de psicosis existencial, injuriar mi vida al punto de no retorno… ¡Oh, cuán magnificente sería esta noche si al fin pudiera cumplir tales cometidos! ¡Qué monumental retorno a la nada, a la divinidad más allá de las falacias de este mundo estúpido y horrible! No dejo de pensar en lo maravilloso que esto sería, en todo el sufrimiento que ya no tendría que experimentar… Pero sigo vivo por desgracia, continuo en esta pesadilla de náusea extrema en la que no hallo motivos para continuar. Escribo esto, pero más bien debería acabar conmigo mismo en un irrefrenable acto de amor propio. La muerte es lo que más anhelo, el deseo que centellea con fuerza imposible de contener en mi lúgubre espíritu. Ya no me interesa conocer a nadie, viajar a lugar alguno ni mucho menos volver a relacionarme con los humanos. Lo que quiero es aniquilar la humanidad que todavía vive en mí y permitir a mi alma ser libre al fin; que vuele lo más lejos que pueda de este infierno absurdo en el cual he estado atrapado desde mi vomitivo nacimiento.
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Sería incluso inmoral no sentirse asqueado de la humanidad, tanto de la propia como de la ajena. Y sería una grosería que no merecería perdón alguno no suicidarse tras haber entrado plenamente en el halo de la desesperación. ¿Quién podría soportar su avasallante presión por un largo periodo? ¿Quién no enloquecería ante la brutal incertidumbre que encierran sus bordes anómalos y sombríos? El viento oscuro que raspa la mente y que corta la garganta, que desangra nuestra alma en colores extraños y de viscosidad inconcebible. Solo unos pocos, solo unos cuantos poetas-filósofos del caos podrían sumergirse en su vorágine de eviterno fulgor e impresionante demencia. ¿Cuántas verdades masticadas y vomitadas por la insustancialidad debemos desprender todavía de nuestro espíritu antes de dar el gran y último paso hacia nuestro destino inmaculado en la cúspide donde el fénix será inmortalizado desde el origen supremo? Tan reducida es la puerta y tan inciertas las probabilidades que el llanto y el azar terminan por unificarse en un suspiro de final de divino sufrimiento estelar y singular devastación interna.
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Cuando la poesía y la filosofía dejaron de serme algo útil para desaburrirme de esta existencia tan inútil, comprendí que era ya hora de extinguir mi lóbrega esencia. ¿Para qué seguir adelante? ¿Qué otra cosa podría interesarme? Nadie podía hacerme permanecer, puesto que desde hace mucho había ya decidido que mi destino se hallaba muy lejos de este mundo putrefacto y anodino. Quería explorar otras realidades, embriagarme con la fragancia de otros universos y conversar con seres de otros planos; ¡qué enfermo y asqueado estaba ya de esta realidad tan mundana y material! Debía acaso proseguir el camino inmaculado, pero con una luz mucho más poderosa de lo acostumbrado. La oscuridad era demasiado inmensa, aunque no quería opacarla, sino unificarla. En mi interior sentía nacer toda clase de perspectivas más allá del bien y del mal, más allá de toda doctrina, teoría o ideología que los títeres a mi alrededor parecían abrazar. Probablemente, todos ellos habían creído por mucho tiempo en cualquier falacia como un mecanismo de defensa; ¿en qué creerían si no? ¿Es que acaso el mono parlante era supersticioso en extremo y no podía soportar su patética estancia en este mundo si no se inventaba cultos o dioses a los cuales adorar y en los cuales basar sus actos? La libertad, ciertamente, era algo terrible para seres como los humanos que habían nacido para ser esclavos físicos, mentales y espirituales de la todopoderosa pseudorealidad.
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El Halo de la Desesperación