El momento ha llegado, ahora ya nada ni nadie más importa. Así es como llego al final de mi lamentable existencia, una que siempre estuvo regida por el sufrimiento y la tristeza. Pienso en todas las personas que conocí, en todas las mujeres que me enamoraron, en todos los amigos que intentaron animarme, en todas las cosas que siempre hice mal… Pienso en mis padres y en que para ellos siempre fui un fracaso, pero era natural que así fuera. Pienso en mi eterno e imposible amor y en la manera tan trágica en la que todo se desmoronó para jamás volver. Pienso en todos los momentos donde sonreí falsamente, en todos los lugares donde lloré amargamente y en todas las veces que maldije mi exótica suerte. Pienso en cuanto llegué a odiarme y en todas las cosas que nunca pude decir o las que debí haber callado… Pienso en que nunca quise llegar a este momento, pero no tuve otra opción… Ahora mis pensamientos se desvanecen ya entre los primeros rayos del amanecer y, con ello, la soga estruja mi cuello para poner punto final a mi humana e irrelevante miseria. ¡Oh, espero conocer un poco de libertad entonces! ¡Que la muerte me abrace y me consuele en aquel umbral suicida que siempre estuve destinado a degustar!
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Sé que nada ni nadie secará mis lágrimas ni calmará mi dolor, pues nada existe en este mundo ni en ningún otro que pueda hacer que tú y yo volvamos a estar juntos otra vez. Ni siquiera la más mínima de todas las posibilidades en el infinito podría volver a unirnos, porque quebramos las estrellas con cada uno de nuestros lamentos y despedazamos el vínculo etéreo que nos unía más allá del caos supremo. La oscuridad sobrevino con fuerza imposible de contrarrestar, como una espesa neblina que penetra donde sea que se expanda. Nuestros atormentados corazones fueron víctimas irremediables de las lágrimas del diablo, aquellas que por tanto tiempo tratamos de evitar con fatal voluntad. Permanecer no había sido labrado en el pergamino de nuestros destinos tan efímeramente entrelazados y la vorágine de melancolía presionó con demasiada vehemencia en cada uno de nuestros sueños. Podría haber luchado más, quizá renunciamos el uno al otro demasiado pronto; quizás aquella dulce y sincera melodía no podía ser silenciada con un grito proveniente del mundo humano. La tortura se impuso como la única verdad para aquellos cegados y consumidos por la sangre de los dioses asesinados en el ocaso de la irremediable pesadilla más allá de la luz divina. Entonces quisimos huir muy lejos, refugiarnos en donde todavía pudiéramos sentir la sincronía con el celestial hado de sempiterna belleza. Tú y yo, dos seres perdidos y aterrados de una existencia tan grotesca y ridícula como esta en la que ya nunca volveremos a amarnos.
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De hecho, la mayoría de las veces lo que creemos que es amor no es sino una enfermiza necesidad de atención y dominación hacia el supuesto ser amado. Así pues, resulta demasiado fácil enmascarar el amor bajo numerosos artificios y engaños que pueden llamarse de múltiples formar excepto amor. Y es así puesto que, en realidad, el amor verdadero implica libertad; y la libertad, a su vez, implica soledad y no posesión, que es lo que casi siempre terminamos haciendo. El amor no es complacer a nuestro ego ni al de la otra persona, sino precisamente lo opuesto: hacerlo a un lado por primera vez en nuestras vidas para descubrir que existe alguien más a quien le importamos además de a nosotros mismos. ¡Qué tergiversados están hoy en día los conceptos más básicos en las relaciones interpersonales! Pretendemos poder amar a otros cuando jamás hemos siquiera intentado amarnos primero; tal sinsentido puede únicamente conducir al inminente fracaso de todo romance. Pero no espero que seres tan sórdidos y absurdos como los monos parlantes puedan comprender esto, indudablemente está más allá de sus limitadas capacidades. Y es así porque, para empezar a amarse a uno mismo de verdad, uno debe atravesar estados de soledad, desesperación y sufrimiento que casi nadie podría soportar ni siquiera por un par de horas. La raza humana es débil, patética y aberrante; su estupidez los ha protegido hasta ahora, pero muy pronto dejarán de cobijarse en todas sus falacias y verán (¡sí, por primera vez!) la extrema putrefacción y miseria de la que no han querido ni podido escapar. No obstante, será demasiado tarde ya para arrepentirse o implorar salvación. Aquel que nunca quiso salvarse a sí mismo, estará condenado solo a repetir el ciclo infernal una y otra vez hasta que el sol se desintegre en un desgarrador espectáculo de beatífico renacimiento universal.
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Me pasaré el resto de mi vida pensando en ti y en por qué ya no estamos juntos a pesar de habernos amado tanto. Y, si es que existe algo más allá de la muerte y su celestial eternidad, pues entonces también ahí te seguiré pensando y amando eternamente. Lo haré tal y como lo prometimos aquella tarde en la que alucinamos con suicidarnos juntos bajo los árboles gemelos y las flores rosas que incitaban a la destrucción absoluta de cada partícula todavía existente. No sé si podré continuar mi vida a partir de este momento, no sé qué pasará cuando recuerde tu cuerpo balanceándose como un péndulo siniestramente en aquel cuarto donde tantas veces me consolaste entre tus brazos etéreos. ¿Tendré que perseguir a tu fantasma y pedirle que haga más soportable la soledad? ¡No, mejor así! Aunque una parte de mí murió contigo, la otra ya no quiere saber más de ti. El espejo sugiere que mi forma se distorsiona cada vez más y que mi rostro se convierte en el de aquel sangriento asesino de insaciable esquizofrenia en cuyos más brutales desvaríos tú y solo tú fulgurabas como un sol eviterno. Quisiera volver a besarte, quisiera contemplarte una vez más y pedirte que me lleves contigo al más allá; ¡quisiera no haberte abandonado aquella tarde en la cual la tragedia derrumbó todos nuestros besos!
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Ya no puedo más, creo que este es el límite de todas mis fuerzas. Es ahora cuando vendrá la tristeza para terminar de devorarme y, con ello, entregarme, cual vil recluso existencial, a la muerte de mi último suspiro. Pero es esto precisamente lo que requiero para completar la metamorfosis divina, para volar como un pajarillo benevolente hacia el dorado palacio donde se encuentra la verdad fuera de todo sinsentido. No aquí, no en este averno es donde debo buscarla; en las lejanías de cerúleo resplandor pueden vislumbrarse los vestigios de aquella batalla que culminó con mi razón. Puede que sí, que sea yo solo un tonto egoísta; mas no creo que valga la pena centrarse en nada más. ¿Qué me importan a mí los demás? ¿Qué me importa a mí el mundo entero o la realidad? ¿Para qué empeñarse en algo que no tenga que ver con el yo? Si el yo es lo más real y acaso lo único que tenemos, además de aquella supuesta ilusión llamada tiempo. En el yo nos hemos originado y en él moriremos; todo lo demás bien podría ser solo una fantasía o una alucinación. Y puede que en verdad no hagamos otra cosa sino soñar: soñar que vivimos, soñar que poseemos un cuerpo, soñar que la vida y la muerte no son solo el encuentro final entre todos nuestros pensamientos, sentimientos y dolores. ¿Todo habrá culminado entonces? ¿O será que recién comenzará algo nuevo y misterioso? ¿Esperaré aquí pacientemente por la respuesta o tendré al fin el valor de llevar a cabo el último y más hermoso acto de amor propio? ¡El suicidio es, quizá, la catarsis final más allá de toda mentira, espejismo o posible despertar! Lo descubriré en breve, lástima que de la muerte nadie, ni antes ni después, volverá.
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Los días finales se acercan, puedo sentirlo. Hay algo desconocido que me atrae demasiado hacia el vacío y me hace experimentar convulsiones internas al alucinar con ese magnífico instante donde finalmente me desprenderé de todo lo que supuestamente soy. Ya no tendré más un cuerpo y acaso tampoco una consciencia. ¡Quién sabe qué seré entonces, si es que aún seré algo! Pero no importa, porque precisamente la nada es lo que añoro y lo único que espero tras una existencia como esta donde jamás quise permanecer. ¡Qué bueno que ya no exista vuelta atrás! ¡Qué bueno que esta vida sea solo un efímero accidente que hemos sido obligados a experimentar sin sentido alguno! Aquí nuestro libre albedrío es pisoteado sin piedad, acribillado por todo tipo de siniestros laberintos en los cuales nos perdemos tan tristemente todos los días. La vida aquí se siente entonces como un castigo divino, como hallarse en el infierno de donde nadie puede salvarte. El rescate habrá de llegar, sí; pero ¿después de cuánto? ¿Por qué endemoniada razón es que naufragamos tanto antes de apagarnos por siempre? ¿Quién diseñó así esta funesta pseudorealidad con todas las ridículas leyes y contradicciones sin fin que la componen? En cualquier caso, nosotros no tenemos ni voz ni voto; somos solamente los peones de más baja categoría y esclavos de todo aquello que socava nuestro espíritu acongojado. ¡Qué lamentable saber todo esto, quizá aún más que seguir existiendo del modo miserable e ignorante en que los rebaños se alebrestan! Pese a todo, supongo que debemos tener algo de esperanza… ¿En qué? ¿En los dioses, en la providencia, en el destino, en uno mismo, en la muerte? Nunca nada está claro y esa es la maldición que nos enloquecerá sin duda: la incertidumbre detrás de cada muro del cual creíamos poder sostenernos, pero que, al fin y al cabo, no puede ni podrá impedir nuestra caída en el abismo donde rugen el caos y el azar como dos amantes atemporales y apasionados. ¡Ay, ya no sé si es mejor quedarse o irse! Y, ciertamente, nunca tendré forma alguna de saberlo; mucho menos con plena certeza… Mi mente se retuerce y llora mi alma, pero quizás algo de todo esto es en verdad necesario.
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El Réquiem del Vacío