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Encanto Suicida 02

Llegó el momento en que la agonía de existir fue tan profunda y rimbombante que, en mi inútil humanidad, me hundí en la crápula y la decadencia para sentirme un poco menos muerto; al menos por unos insignificantes momentos. A fin de cuentas, lo hacía solo para divertirme; aunque con el paso del tiempo también esto terminaría por aburrirme. Pero ¿qué no me parecía ya aburrido, banal o tan poco importante? Todo lo humano, y también todo lo divino, carecía de sentido para mí. Sí, sabía que también llegaría el punto en que me hartaría de los vicios, los impulsos, las mujerzuelas y las borracheras. Me hartaría de esto, así como me había hartado ya antes de las virtudes, los valores, las plegarias y la santidad. No sé entonces qué era lo que yo buscaba, lo que mi alma añoraba y lo que mi corazón requería para seguir latiendo. Quizás era que yo no estaba hecho para esta vida, para este ridículo peregrinaje por la más ilusoria de todas las realidades. Mi problema entonces se reducía a una sola cosa: matarme o seguir soportándolo todo hasta quién sabe cuándo.

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Tan triste y miserable era la humanidad que dos personas del sexo opuesto no podían tener otra razón para permanecer juntos por más de unas cuántas horas que no fuera unir sus cuerpos en un absurdo intercambio de sensaciones semimuertas que avivaran someramente el fuego que la banal existencia había helado desde el comienzo. Así pues, lo trágico del asunto resaltaba a simple vista: el mono parlante no tenía otro motivo para respirar que no fuera la fornicación o el desenfreno. Este ser supuestamente racional era esclavo de sus impulsos, prisionero irremediable de ideologías impuestas y adorador de falsos ídolos que pudieran redimirlo temporalmente de sus ilusorios pecados. E, incluso lo más espléndido o sobresaliente en esta odiosa criatura no bastaba para compensar toda su miseria e insustancial cotidianidad. La mundanidad en la que se hundían las marionetas estaba lejos de finalizar, empero. Recién comenzaba este funesto teatro repleto de contradicciones, emociones nauseabundas y errores irrefrenables. El caos de la ominosa existencia reinaría y reiría por siempre, y todo lo que nosotros (seres aberrantes e inferiores) podíamos hacer era masturbarnos mentalmente con nuestra propia muerte o, acaso, llevar a cabo el indispensable acto suicida al que tanto evocábamos siempre que sentíamos arder en nuestro interior la verdadera voz de dios.

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Vivir es decadente, vivir siendo humano es la muerte. Buscar en el exterior aquello que solo debería encontrarse en el exterior es con toda seguridad el camino más evidente hacia la perdición y las tinieblas. ¿Por qué nos cuesta tanto comprender esto? ¿Por qué constantemente buscamos en personas, libros, doctrinas, filosofías, ideologías, lugares o momentos precisamente aquello que deberíamos buscar dentro? Renunciamos con lúgubre facilidad a nuestra sabiduría interna, a la sangre que corre por nuestras venas y a los susurros de nuestra alma… ¿Y todo a cambio de qué? A cambio de placeres, dinero, materialismo, mentiras y horrores que nos impregnan de tristeza y aún más sinsentido. Mas tal es la naturaleza humana, la ignominiosa realidad que tantos ni siquiera pueden percibir. ¡Qué horrible debe ser nunca haberse cuestionado nada de esto! ¡Qué abyecto de ser nunca haber sentido deseos de destruirse a uno mismo con la misma intensidad con la que podríamos amarnos! ¡Y cuán desesperanzador debe ser el pretender que algo o alguien más puede salvarnos (salvarnos ¿de qué?) y, con ello, no aceptar las sombras de las que, a veces, nace algo grandioso y bello que no podemos contener dentro? Nuestra esencia es la decadencia, mas a veces algunos destellos de sublime genialidad también la acompañan de alguna extraña manera.

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Me sentía miserable cuando miraba a las personas a mi alrededor porque sabía que ellas, siendo mil veces más ignorantes y estúpidas, también eran infinitamente más felices, humanamente felices. Ese era, sin embargo, el funesto regalo por negarse a ser uno mismo; por haberse entregado tan cómodamente a la intrascendencia que caracterizaba al vomitivo rebaño, por haberse olvidado de cómo se escucha la voz interna y la dulce sinfonía del más allá que resuena a cada momento en aquellas almas que simplemente no pueden compaginarse con la falsedad de este espejismo viviente. Supongo que no tiene caso hablar de esto, aunque yo lo he hecho muchas veces y lo seguiré haciendo. Los humanos son seres de los cuales uno debe alejarse lo más posible; seres imbéciles que solo obstaculizarán nuestro camino hacia el resplandor del sol inmaculado; seres totalmente dominados por vicios, pasiones y doctrinas que los cubren de irónica alegría. Yo no pertenecía a esta realidad, a esta raza, a este cuerpo ni a este tiempo… ¡Yo no era un sabio ni un santo, sino solamente un maldito loco a punto de suicidarse y al que ya nada podía curar!

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Cualquier intento por cambiar el mundo es lo más valioso que pueda concebirse, el problema fundamental se presenta cuando uno se percata de la imposibilidad de cambiar aquello que no desea ser alterado. Los patéticos seres que habitan esta grotesca pseudorealidad están más que satisfechos con sus mentiras, su miseria y su abundante ignorancia. Les fascina relacionarse con otros seres igual de vacíos y adoctrinados que ellos; y luego, como si esta aberrante unión no fuera ya en sí una estupidez, se atreven a engendrar una criatura a la cual se encargarán de infectarle la mente y a la que obsequiarán con todos los sufrimientos, desdichas y horrores de esta vomitiva existencia carnal. Este infinito ciclo de infamia, no obstante, es algo alabado y buscado por todos aquellos que no tienen nada en ellos mismos que consideren lo suficientemente valioso como para centrarse en ello. Y por eso buscan desesperadamente reproducirse, para así arruinar la vida de otro ser y no sentirse tan solos en su propia ruina. La humanidad es algo excesivamente lamentable y putrefacto, algo digno de una novela de horror cósmico de proporciones incuantificables. Exterminarla me parece muy poco, hacerla pagar por cada uno de sus crímenes terrenales sería lo que un dios verdadero debería llevar a cabo.

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Encanto Suicida


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