Era peligroso cuestionarse y darse cuenta de que la verdad que tanto se buscaba no existía por ninguna parte. Cuando menos, no se hallaba en libros, doctrinas, templos bonitos ni enseñanzas arcaicas. De existir algo así como la verdad, supongo que debería encontrarse dentro y que variaba de persona en persona; no era algo naturalmente objetivo. Podía haber distintos caminos para llegar al origen, y precisamente el error era asumir que solo el que nosotros seguíamos era el indicado. Tanto ego en supuestas enseñanzas que intentaban deshacerse del mismo, en una inútil máscara detrás de la cual se ocultaban los mismos impulsos y pasiones que a toda la humanidad enloquecían. Pero siempre ha sido así: quien más niega su esencia más profunda es quien está destinado a olvidarse de su propio camino hacia la perfección.
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Proseguir por ese sendero eventualmente ocasionaría un desenlace trágico, pues involucraba desprenderse de toda la basura que se había introducido en la mente desde el comienzo, desgarrarse el alma para averiguar quién se era realmente, rechazar todo tipo de contacto humano y hundirse en la inevitable percepción de que la humanidad es solo una equivocación. Claro que la gran mayoría no estaría dispuesta jamás a emprender esta búsqueda, a darse una ablución de sincera introspección ni mucho menos a reconocer su propia miseria. Pero así era el mundo: mentiras, ilusiones, falsedad, hipocresía y demasiada estupidez goteando por doquier. Nuestra misión empezaba aquí, pero culminaba más allá de los eones; ahí donde jamás la inmundicia del ser podría propagarse. Aquí todo se pudre lentamente, todo nace absurdamente y muere con exquisito fulgor. Lástima que el ser no encaje, que su esencia sea un desperdicio de lo más vulgar y que su mente esté ya tan enferma por al atroz e infernal pseudorealidad.
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Una vez recorrido el sendero del autodescubrimiento, tarde o temprano, ya nada más quedaría; todo se tornaría banal e insulso. Cualquier compañía sería tediosa y anodina; solo una superflua distracción en nuestro inevitable camino hacia la gloriosa muerte. Incluso la filosofía, el misticismo, los libros y las artes, todo eso seguiría siendo muy humano y algo de lo que uno terminaba hastiándose. Nada había en este mundo que valiera la pena hacer más de un par de veces; personas por conocer menos y hasta estaba ya aburrido de mi propia persona. Quería matarme, aunque aún no era mi momento. Debía entonces resignarme a enloquecer un poco más, a saborear estos tragos amargos en el frío invierno de mi alma. Tormentas eléctricas y huracanes de sórdida intensidad chocaban en mi interior; por todos lados la intriga continuaba y yo deliraba cada vez más. ¿Era este mi fin o tan solo otra noche más de psicótica y extenuante perturbación homicida?
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Entonces se comprendía la advertencia fatal, pues en el intento de hallar la sabiduría perenne lo único que se conseguía era desprenderse de uno mismo, de lo que había sido implantado en la mente para permanecer vivo. Así, no quedaba otro remedio que elegir el mejor y más hermoso día para cometer el exótico acto suicida. Pronto sería el día perfecto, el tiempo de apagar las luces eternamente y escapar muy lejos de todo cuanto vomito y aborrezco; especialmente de mí. He perdido toda inspiración y fuerza para seguir adelante; y es principalmente porque no me interesa ya nada ni nadie. Posiblemente sea yo aún joven e inexperto, pero no tanto como para no comprender el aberrante sinsentido de mi vida. ¡Que todos los demás vivan, que lo hagan por siempre! ¡A mí déjenme morir en paz, olvidarme de cada fragmento que me recuerde lo que alguna vez fui, soñé o aluciné!
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Si los humanos fuesen un poco menos estúpidos, elegirían liquidar a todas sus abominables criaturas engendradas y luego se matarían en favor de un mundo maravilloso. Y es que la reproducción de esta ominosa y absurda especie no podría ser otra cosa sino una desgracia que no podría tener perdón alguno. La esencia humana es algo horrible, algo de lo que uno podría asquearse en cuestión de segundos. No sé cómo puede parecerle a alguien hermosa esta mísera creación plagada de defectos, vicios y un ego de cristal. Supongo que cada uno podrá afirmar esto o lo otro, ensalzar dicha obra o alabar cierto matiz del espectral y confuso conglomerado de emociones y pensamientos que nos conforman. Para mí, he renunciado a todo esto y no puedo volver a considerarlo valioso en modo alguno. ¡Ojalá todavía pudiera decepcionarme de algo, ojalá todavía pudiera volver a enamorarme de alguien! Pero ya no, ya no es posible para mí volver a mi estado humano donde todavía podía mentirme hasta cierto punto y delirar con ensoñaciones imposibles de realizar.
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Las mejores personas que he conocido en esta repugnante existencia no han pasado de prostitutas, alcohólicos y maniáticos. Y de las peores no quiero hablar ya, pues las miro diariamente en cuanto pongo un pie en la supuesta civilización; cuando entro a una iglesia, a un colegio, a una corporación o a un bonito edificio. Nunca he sentido atracción por esto, por la gente promedio, por todos aquellos en cuyo interior ha muerto la voz de su propia sabiduría y, en su lugar, solamente imperan ya los míseros ecos de todo tipo de falsas doctrinas y cómicos mandamientos que harían a cualquiera con un mínimo de sentido común desternillarse sin parar.
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Encanto Suicida