¿Cómo se esperaba que los humanos fuesen seres divinos si sus mismos dioses son tan miserables como ellos y quizás aún más?
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Me niego constantemente a creer que esta existencia patética y efímera es todo lo que hay e intento contradecir esos murmullos cuya veracidad se torna cada vez más evidente. No obstante, entre más virtudes concedo a los humanos, las únicas pruebas que recibo indican exactamente lo opuesto. Yo mismo soy también un infeliz más, una marioneta errante entre un infinito mar de pestilencia y estupidez que atravieso diariamente. ¿Cuándo culminará este ominoso calvario? ¿Tendré que soportar todavía mucho tiempo más esta infame condición llamada humanidad? ¡Oh! Solo espero que mi funeral llegue muy pronto; tanto que pueda ya degustarlo y, así, olvidar de una vez por todas que alguna vez, por desgracia, tuve que existir en este mundo deplorable y absurdo. Sí, olvidar por completo este plano repugnante del que jamás quise formar parte y al que detesto con todo mi putrefacto ser.
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La depravación del mundo es el único “progreso” alcanzado por esta infame especie humana. O, al menos, es de la que más pruebas se tiene… Basta con salir un poco a las calles y analizar lo que a los monos divierte y entretiene. Y quizás, en el fondo, todos somos parte de la mentira universal; de la eviterna danza cósmica en la cual nuestras almas se pudren y renacen sin sentido alguno por capricho de oscuras entidades desconocidas. Somos seres inferiores, eso es lo que pienso y siento con toda sinceridad. Nuestro cruento sufrimiento no le importa a nadie, y quizá no tendría por qué. Quien sea que nos creo y nos abandonó aquí sabía muy bien lo que hacía: cometió con ello un crimen imperdonable, acaso el mayor de todos… La existencia de seres tan limitados y decadentes como nosotros no podría ser jamás una obra divina o celestial; sería, en todo caso, un experimento fallido expulsado de cualquier posible paraíso.
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El que realmente haya conseguido ser él mismo en algún mundo, aunque sea el más lejano o extraño, que no vuelva jamás a la vida… Que no retorne sin importar si es la eternidad misma quien se lo pida o si es la divina providencia quien se lo suplique, que no ose poner en duda la esencia del más allá que lo cobija y lo protege de las infinitas tragedias de esta execrable humanidad. Quizá cuando morimos es cuando volvemos a nuestro verdadero origen, al halo misterioso y celestial del que temporalmente nos hemos desprendido para experimentar el sufrimiento más infame hasta el final; hasta que nuestras lágrimas de sangre no sean suficientes en la más deprimente y solitaria desdicha. ¿A dónde iremos? No sabemos de dónde venimos y nos vemos obligados a divagar absurdamente en este plano ominoso, plagados de una incertidumbre sin límites y aferrados a una falsa esperanza sin la cual, tal vez, ya nos habríamos matado desde hace tanto.
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Nunca he conocido a un ser cuyos ideales sean inmanentes y no los inculcados por sus padres, la religión, la televisión, la educación o cualquier artificio del opresor. Para ser uno mismo, según me parece, se debe experimentar un nivel de soledad y desolación sin presentes. De tal magnitud debe ser nuestra náusea existencial, que nos veamos obligados a refugiarnos en nuestro interior y comenzar a escuchar, acaso por vez primera, la voz divina cuyos ecos retumban sin cesar en nuestro corazón atormentado. Para encontrar quiénes somos de verdad, es indispensable primeramente no ser alguien; es decir, desprendernos de todas las máscaras funestas que el mundo y los otros se han encargado de colocarnos tan repugnantemente. Sobrescribir una y otra vez nuestros valores y creencias, siempre con nuevos lápices y sin temor a “perder” algo en el camino. ¿Qué más puede perder aquel extranjero que se ha cerciorado de no pertenecer a ningún lugar y de no adular ningún Dios?
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Encanto Suicida