Quizás, a final de cuentas, soy solo otro triste esclavo más que ve su libertad claramente, pero que no se atreve a tomarla, que se balancea en la desesperanza y añora la ostentosa iluminación del alba para aniquilar su alma tras haber fracasado en sus intenciones suicidas.
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Tan menguante es el pensar en la extinción del amor cuando ni siquiera lo hemos vivido y cuando tan solo lo hemos degustado en sueños… Y es que no sé cómo pasó que nos hayamos encontrado, pero lo que sí sé es cuánto te he mentido. Finalmente, ninguno de los dos pudo superar su atroz humanidad y terminamos por sucumbir al inevitable ciclo de miseria y sinsentido que envuelve todo el mundo. Lo mejor será separarnos para siempre y no volver a encontrarnos hasta que ambos hayamos resuelto todos los enigmas en nuestros corazones atormentados y todas las dudas en nuestros espíritus afligidos por una melancolía imposible de describir. Hasta entonces, te extrañaré con cada átomo de mi ser y confiaré en que algún día, aunque quizá no en esta vida ni en esta dimensión, nuestras bocas volverán a entrelazarse para ya jamás tener que volver a separarse. Mas en verdad creo que tal suceso solo es un delirio de mi mente trastornada y que ni tú ni yo volveremos a encontrarnos en ningún otro plano, universo o realidad.
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Quisiera que solo fuera eso de lo que hablara, que solo se tratase de mi corazón roto y mi alma compungida… Así, quizá podría no sentirme tan agobiado, pero hay muchas cosas que me abruman y que necesito saber. La filosofía me gusta mucho, es cierto, aunque solo es un camino de entre millones; se trata de un fruto que deleito ocasionalmente, pero que no calma mis ansias por atiborrarme de un supuesto conocimiento trascendente. Y puede que nada lo sea realmente, puede que tan solo el vacío y el sufrimiento sean lo más cierto y duradero. La filosofía no arregla nada, tampoco la literatura. No pueden ser más que palabras bonitas y oraciones compuestas por el intelecto humano; todo en un frenético intento por escapar de lo inevitable… Sí, por huir de manera desesperada de la soledad que siempre vuelve, la tristeza que siempre se impone y, sobre todo, la muerte que siempre acecha en las noches más frías y dementes. Pero finalmente nada queda sino aceptar la miseria en nuestros corazones y hundirnos en nuestro propio laberinto de humanas y sombrías contradicciones.
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La incertidumbre no es el fin, sino solo el principio de la incesante búsqueda. Y es asquerosamente abyecto que los tontos humanos ni siquiera osen iniciar el camino, pues están demasiado satisfechos con sus quiméricas certezas. Aunque creo que es natural, porque se nos ha programado desde siempre para obedecer y seguir los patrones impuestos sin cuestionarnos lo más mínimo. Vivimos como nefandas marionetas, abrazando simulacros de felicidad y refugiándonos en cualquier falacia que nos despoje temporalmente de nuestra insondable y sempiterna miseria.
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¡Qué miserable debe ser una raza como la nuestra que prefiere permanecer felizmente ignorante a intentar un cambio verdadero en este fatídico sinsentido! Aunque, quizá y después de todo, no haya nada qué cambiar… Este mundo inmundo continuará su feliz camino hacia la desgracia, envileciéndose cada vez más y anhelando cada vez más poder, dinero y sexo. Sus habitantes, nosotros, estamos condenados y nada puede hacerse al respecto. Nuestro único crimen fue haber nacido siendo humanos y tener ahora que morir en las mismas condiciones, presas en una infernal nostalgia que nos destroza el alma y de un desasosiego funesto que jamás se aparta de nosotros sin importar a dónde vayamos o con quién estemos. Por mi parte, he decido ya no luchar más contra todo esto y abrazar mi solitario destino; ese que, bien lo sé, solo puede culminar en la más misteriosa de todas las tragedias.
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El Halo de la Desesperación