Quizás incluso en el fondo ese tal Dios, del que tantos ignorantes no dejan de esparcir mentiras, esté tremendamente harto de nosotros; mas no nos extermina porque, sin nosotros, quizá se hartaría todavía más… Somos su aciago entretenimiento, la aberrante tragicomedia con la que se solaza y hace más llevadera su celestial y eviterna soledad. No lo culpo, yo también me aburriría siendo todopoderoso y no teniendo nada ni nadie con qué entretenerme. La perfección entonces no es del todo perfecta, porque siempre se requiere de lo imperfecto para tener un punto de comparación con el cual denotar que es mejor, que es perfecta. Otra paradoja más en el infinito cúmulo de paradojas que parecen dar origen a nuestra supuesta existencia racional, aunque no se trate más que de una fábula abyecta. No sabemos de dónde venimos ni hacia dónde vamos, somos víctimas del tiempo y verdugos de nosotros mismos. Hay algo en nuestro interior que parece estar siempre en constante contradicción, que busca elevarnos a la vez que hundirnos; el bien y el mal en similar proporción, torturando nuestra mente antes del apocalíptico desenlace de esta pesadilla bastarda.
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Sí, podría haber tenido sexo desenfrenado con mil mujeres… Pero la verdad es que ninguno de esos efímeros encuentros íntimos se compararía jamás con un solo beso de tus suaves y tiernos labios, con una sola de tus etéreas caricias o con el simple hecho de escuchar el melifluo de tu voz y sentir que mi corazón estallaba en inmensa alegría mientras tu sonrisa iluminaba mi mundo entero y me hacía volver a soñar con una realidad donde podía besarte hasta que el universo retornara a su origen. Entonces comprendí que todos estos años en completa soledad solo me habían hecho amarte y añorarte todavía más, solo habían contribuido a incrementar el bestial deseo de contemplarte una última vez antes de suicidarme. Quizá, por extraño que suene, solo por ello no me maté en alguna de esas tormentosas noches en que la muerte parecía embriagarme más que tu melancólico recuerdo y que los nostálgicos instantes en que tu esencia me protegía de la horrible realidad. Ahora no queda nada por qué vivir, nada por lo que debería seguir fingiendo que no tengo unas ganas terribles de cortarme las venas esta misma tarde. ¿Qué me importan ya el mundo, la humanidad o el tiempo? Para mí todo ha perdido su significado y me hallo como en un túnel; totalmente incapaz de continuar, pero sin ninguna opción de volver atrás o mirar hacia algún lado. No hay esperanza aquí en este abismo demente y caótico, solo un sincero deseo de desaparecer por siempre.
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Para un espíritu verdaderamente libre y curioso, cualquier cosa de este mundo tan banal e insulso siempre le parecerá insuficiente. Y no solo eso, sino que la vida misma le será algo tortuoso y carente de todo sentido. Y es que tal vez para un espíritu tal, únicamente la muerte pueda complacer sus exigencias más solemnes. Los besos de la vida, aunque puedan parecer sumamente placenteros y cautivantes, terminan por no complacerme del todo. Y, ciertamente, no tendrían por qué. La vida no había sido hecha para mí, ni yo para ella; estábamos a mano y manteníamos un duelo sin fin hasta el amanecer más trágico e incierto. La forma en la que se daban las cosas era lo que más me atormentaba, lo que siempre terminaba por arrojarme en esa lúgubre espiral de agonía y desasosiego de la cual no podía escapar ileso. Cada vez más cicatrices y decepción inaudita, más desesperación sin límites acompañándome camino a casa y envolviéndome en su sombra cada anochecer. Me sentía más que abrumado por todas estas lágrimas que brotaban sin que pudiera hacer nada para evitarlo, ¡y quizá ya ni siquiera eso me importaba! Estaba tan solo y roto, pero no tenía opción; volver a relacionarme con la humanidad, sin importar de quién se tratase, me era ya impensable. Preferiría entonces la soledad, la tristeza y, ¡cómo no!, la muerte antes que la vida mundana, la falsa felicidad y la compañía de cualquiera.
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Pienso en ti como quien piensa en el más bello poema de amor, locura y muerte: parece increíble todo lo que me haces sentir, pensar y hacer. Y, aunque te he leído ya tantas veces, siempre encuentro cada vez algo nuevo, sublime y encantador que me hace querer volver a leerte; a consumirte como una droga, a beberte como un vino, a desnudarte como una musa y a penetrar en ti con la ingenua esperanza de poder, así, conocer de una vez por todas todos y cada uno de los secretos que se hallan en lo más profundo de tu inefable y etérea silueta. Mas divago, ¡qué engañado me encuentro en esta mi fatal y solitaria habitación! Tú no estás por ningún rincón y no aparecerás ya jamás; te has marchado a otra dimensión en donde no puedo volver a tocarte y ni siquiera a contemplar tu halo. Si pudiera, intentaría alcanzarte ahora mismo; pero sé que eso no es posible. No importa cuánto lo intente, nuestros cuerpos nunca volverán a rozarse ni por casualidad y nuestras almas están condenadas a no volver a encontrarse ni siquiera en la mismísima eternidad. Este dolor no sanará nunca y el tiempo se volverá la navaja que más y más se hundirá en mi garganta flagelada y mi voz silenciada por la brumosa pintura tuya a la que intento tan desesperadamente hacerle el amor a falta de algo más real y como consecuencia de esta alucinación sin parangón. ¡Qué sombrío puede volver a un espíritu atormentado la locura producto de un asesinato propiciado por su otro yo!
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Y la verdad es que dudo mucho que exista algo como un dios o un demonio. Lo único que creo que existe es infinidad de gente asustada de cuestionar, de reflexionar, de dudar, de filosofar, de ser ellos mismos, de ser libres… Y es así porque la libertad es lo único que el mono no puede soportar, puesto que no sabe qué hacer con ella y resulta fácilmente conquistado por el infinito cúmulo de posibilidades que se abren a sus ojos y que lo trastornan espantosamente. He ahí, quizás, el por qué la humanidad hasta ahora no ha querido ser libre y creo que jamás lo será. Siempre es preferible dejar que otros (supuestos líderes religiosos, políticos, militares o de cualquier otra índole) decidan por las masas lo que debe hacerse y la dirección que debe tomar la sociedad. Por lo demás, los rebaños se sienten satisfechos de ser guiados hacia su abyecta devastación; incluso enloquecerían o matarían si se intentase despojarles de su ominosa esclavitud mental y emocional. Así es como se completa el ciclo perfecto de miseria y decadencia: la esclavitud ahora es tan sutil que los esclavos pueden hasta llegar a amarla y se negarán a despojarse de su fatídico yugo. Se ha encontrado la manera en la cual la libertad sea más temida y rechazada que nunca, en la cual los pueblos ya no se preocupen por la búsqueda de la verdad ni por conocerse a sí mismos. Cada individuo ha sido previamente adoctrinado y la pseudorealidad conoce de antemano las debilidades, vicios y demonios de sus hijos malditos: todos nosotros. Parece que esta vez la suerte está echada y ni siquiera el arte o la literatura podrán rescatar al ser de su inminente y sempiterno fracaso.
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Lamentos de Amargura