Todo está mal desde el momento en que comprendemos qué significa en realidad estar aquí: el mayor sacrilegio existencial alguna vez pensando, la mayor condena alguna vez concebida por el más vomitivo de todos los dioses o demonios. El sufrimiento y/o aburrimiento experimentado no tiene parangón, simplemente destruye todo a su paso y doblega nuestra voluntad irremediablemente. ¿A quién no le ocasionaría náuseas este mundo y la humanidad entera? ¿A quién podría gustarle la vida tal como es y los execrables espejismos con que nos trastorna la mente diariamente? ¿A quién podría parecerle adecuada la perpetuación de un error como este, de proporciones inmensas y contradicciones blasfemas? Todo lo que tenga que ver con lo humano me hace vomitar una y otra vez, pues me recuerda, asimismo, que yo también lo soy. ¡Cómo quisiera acabar con todo en este preciso instante! Sí, acabar conmigo y con la vorágine de miseria, caos y angustia en la que he estado inmerso desde hace tanto… ¿Por qué he seguido? ¿Qué diablos me ha mantenido aquí, justo donde no quisiera estar? ¿Cómo escapar y a dónde? ¿Acaso suicidándome podría al fin contemplar la verdad o no existía tal cosa? Cuando pienso en todo esto, solo termino convenciéndome de lo inefable y deseable que sería jamás haber existido ni haber conocido nada de todo esto. Este mundo es un nefando error y nosotros somos los únicos necios que aún nos aferramos ridículamente a él a falta de algo mejor con qué entretenernos y, por supuesto, también porque somos demasiado cobardes como para pegarnos un tiro esta noche absurda y decadente.
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Me odio, pero no podría ser de otra manera; pues soy humano, y todo lo que tenga que ver con la humanidad solo puede y debe ser odiado. Incluso las cosas buenas o agradables que parezcan rescatables son, en el fondo, un efímero consuelo ante la inmensa magnitud de nuestra trágica y sórdida esencia. En infinidad de ocasiones, he sentido un irrefrenable deseo de acabar conmigo mismo o con otros. ¿Qué caso tiene seguir adelante cuando todo en tu interior implora por no hacerlo? Cuando lo único que anhelas desde hace tanto es desaparecer, ¿acaso se puede volver a concebir la idea de la felicidad? ¿Qué sería la felicidad, de cualquier manera? Otro concepto más tan erróneamente definido y malinterpretado por los funestos monos que contaminan esta dimensión anómala; así como el amor, la existencia y muchos otros. ¿Es que podemos creer que nuestras teorías, ciencias y doctrinas tan obsoletas servirán de algo o impedirán nuestra inminente caída? Nada lo hará, porque hemos estado condenados desde el principio y porque solo la muerte es nuestro origen y destino unificados. Y es una suerte que así sea, no puedo imaginarme algo tan imperfecto y nauseabundo como lo humano existiendo por siempre; ¡eso sí que sería el auténtico y perfecto pandemónium!
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Eso era lo que el psiquiatra me había recomendado hacer, pero era precisamente lo que más hacía a pesar de saber que no era bueno para mí: pasar mucho tiempo a solas conmigo mismo. ¿Qué opción tenía? ¿Con quién debía pasar mi tiempo entonces? ¿Con los vomitivos humanos? ¡Qué patético! ¡Qué estupidez tan recalcitrante y sórdida! Por supuesto que alguien como yo ya no podía relacionarse con esos monos adoctrinados y encantados con su sempiterna miseria. ¿Cómo podría siquiera haber un punto de comparación entre ellos y yo? Existía, ciertamente, un abismo insondable; era como intentar unificar el cielo y el infierno. Simplemente no se podía, estábamos en estratos muy distintos de la existencia y el tiempo. Y, sin embargo, lo que más me atormentaba era saber que, al fin y al cabo, tanto yo como ellos habitábamos en la misma realidad y bajo las mismas condiciones… ¿Se puede pensar en algo más descabellado, en algo más ilógico? Esta gran humillación, este calvario atroz que debía yo padecer y al que había sido destinado a someterme me tenía siempre con la navaja a punto de desgarrar mi cuello o con el hermoso revólver acariciando mis sienes. ¿Cómo no iba a querer suicidarme si yo era humano?Había nacido siéndolo y moriría también así; no podía pensar en un mayor castigo que ese, al menos para mí.
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La realidad es, quizá, solo una inverosímil ilusión de nuestras mentes terrenales. Y puede que, en realidad, jamás sepamos cómo es la realidad en su totalidad y ni siquiera en su esencia más fundamental. Pobres idiotas e ignorantes como nosotros no podemos aspirar a comprender los secretos y enigmas detrás del velo de lo absurdo y lo mundano; nuestras almas aún no están preparados para ello. Puede que nunca lo estén y que cada vez nos alejemos más de la verdad, puesto que cada vez abrazamos más ingenuamente las mentiras que otros intentan imponernos en su repugnante afán por mantener el control sobre lo más irrelevante y terrenal. Creemos que nuestra ciencia y tecnología nos brindarán las respuestas y nos refugiamos detrás de su frialdad y conocimiento… Pero ¡si todo esto no deja de ser parte de lo mismo, de lo humano! Jamás alcanzaremos el conocimiento más profundo y divino mientras en nosotros impere la sombra del adoctrinamiento y el aferramiento a las cosas del mundo. El tiempo, empero, es escaso y nuestra consciencia se atrofia raudamente; ambos parecieran conflagrarse para desfragmentarnos y enloquecernos como si de un espejismo sangriento se tratase. Y todos nuestros sentimientos al respecto eran solo una tontería mayor, una falsa certeza detrás de la cual creemos sentirnos seguros hasta que, en los momentos finales, podemos contemplar en su totalidad la magnífica inutilidad de todos nuestros delirios y sufrimientos.
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Quizá lo que la sociedad comúnmente denomina como estar loco no es sino el principio de la auténtica razón. Locura y verdad, soledad y libertad, bien y mal… La paradoja habla por sí misma y nos deja sin guía que pueda dirigir nuestros pasos (¿hacia dónde?). Tal vez es porque somos seres débiles para quienes la verdad y la libertad resultan algo demasiado insoportable, tanto que requieren ser controlados y dominados por otros. Y aunque esos otros también sean igual de ignorantes que nosotros, al menos son lo suficientemente astutos para usar nuestra ignorancia y miedo a su favor, además de la culpa. Estos conceptos los podemos apreciar claramente en todas las religiones, doctrinas, sectas, gobiernos, organizaciones y mecanismos que, a lo largo de la historia, no han hecho otra cosa sino intentar dominar a las masas e imponer su sistema. Así es como también podría resumirse el patético divagar de la humanidad hasta ahora: la constante lucha por el poder más efímero e irreal de todos, pero el que más es capaz de envenenar nuestro espíritu de la mejor manera. Ya ni siquiera deseo imaginarme cómo será el sombrío futuro de esta raza aberrante, porque lo sé de antemano. La esclavitud es cada vez más sutil, las personas son cada vez más idiotas y el oscuro poder es cada vez más evidente. Al fin y al cabo, uno no puede sentirse demasiado culpable por experimentar un incuantificable desasosiego existencial que nos va sumergiendo lenta y trágicamente en un trance de soledad y anhelo de muerte del que difícilmente se puede volver… Y ¿por qué insensata razón querríamos hacerlo? Es decir, que ya nada importa ni vale la pena para los seres como yo: aquellos poetas-filósofos del caos quienes están cansados de vomitar una y otra vez la pestilente y blasfema pesadilla de la vida, tal cual es en la actual modernidad de la que ya nada puede ni debe esperarse. ¡Oh, alabado sea el suicidio y que pronto nos hallemos en su eterna e inmaculada gloria!
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Desasosiego Existencial