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El Color de la Nada 63

Claro que, para aquellos pobres diablos cuyas vidas son sumamente obsoletas y que divagan en el más nauseabundo sinsentido, el ridículo acto de procrear parecerá la más grande de todas las maravillas.

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Todos a mi alrededor lloraban en el funeral de aquel hombre, se lamentaban de que ya no estuviera vivo y parecían estar brutalmente tristes. Yo, por otro lado, también estaba muy triste, pero mis motivos eran totalmente opuestos a los de aquellos idiotas, pues lo único que yo lamentaba era no estar en el lugar de aquel hombre. ¡Qué envidia me daba verlo metido ahí en ese ataúd y hasta casi esbozando una ligera sonrisa, mientras yo tenía que seguir vivo y soportándolo todo!

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Si no me soporto a mí, mucho menos voy a andar soportando a otros. ¡Qué se vayan al diablo todos! ¡Que me vaya al diablo yo también!

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Inútilmente transcurría aquella fatídica ilusión llamada tiempo y, con ella, en paralelo, se esfumaba también nuestra aún más inútil existencia.

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Alentar a alguien a seguir viviendo será siempre algo horrible, algo que no deberíamos hacer en ninguna circunstancia. Recomendar a alguien la vida por encima de la muerte es el peor de todos los sacrilegios que podríamos cometer; es el mayor de todos los pecados existenciales, y vaya que hay muchos…

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El Color de la Nada


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