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El Color de la Nada 66

Ya casi no me interesa nada, menos yo… ¿Cómo interesarme por mí cuando me odio tanto y odio esta vomitiva existencia en la que me siento como un vil prisionero? ¿A qué más podría aspirar sino a desaparecer por completo, a matarme en mi deprimente soledad donde me hundo cada vez más y manera más precisa? Jamás sabré quién soy en realidad, porque quizá la única certeza es que nunca seré algo o alguien en concreto; indefinible y, al mismo tiempo, atormentado por todas las limitaciones de su horripilante y triste humanidad.

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Las verdaderas crisis existenciales siempre dejan la peor resaca y las secuelas solo pueden ser aliviadas, quizás, con la muerte… No tenemos forma de saberlo, no podemos comprarlo. Todo lo que podemos hacer es renunciar a toda esperanza y a cualquier posible bienestar; porque precisamente para eso nos abandonaron aquí en este pantano de inmundicia eviterna: para sufrir hasta que nuestros huesos se conviertan en polvo y nuestro espíritu se desangre por completo. Algo superior quiso ofendernos del modo más abrupto, quiso ocasionarnos un daño irreparable… Y entonces nos escupió en esta horrible realidad, absolutamente desamparados y sin ninguna luz que sirva como guía en medio de la insondable y trágica oscuridad que nos envuelve y que gobierna cada rincón del universo. En nuestro inmanente tormento, ¿qué más puede consolarnos sino únicamente el suicidio? Cualquier otra cosa nos sabría demasiado irreal y hasta creo que sería una ofensa para la infinita agonía de nuestra alma divagante.

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La vida es, en mayor o menor medida, un gran acto de resignación; más aún, de absoluta humillación. Se trata de un sistema de tortura perfecto, a fuego lento y con ocasionales simulacros de felicidad que nos inyectan migajas de esperanza; pero solo para después arrebatárnosla con una ferocidad indescriptible y colocándonos con ello en una miseria espiritual sin parangón. ¡Ay! Nunca sabremos por qué hemos tenido que experimentar todo esto, por qué esta deprimente tragedia tuvo que ocurrirnos precisamente a nosotros… ¿Acaso hemos hecho algo tan “malo” para merecer la existencia humana? Y, pese a todo, pareciera que algo en nuestro interior se resiste a dejar de soñar; algo que profiere extraños ecos de amor en donde creíamos que no quedaba nada. No importa si nos hallamos sumergidos en una infernal vorágine de inenarrable amargura y melancolía siniestra, todavía parece haber en nuestro jardín una pequeña flor que tiene el valor de saludar el nuevo día y secar sus solitarias lágrimas con un resplandeciente halo multicolor.

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¡Qué ingenuo, vacío y trivial es el ser! Mas no cabe duda de que precisamente estas características, entre otras igual de repugnantes, son las que le permiten seguir existiendo; aunque sea del modo más patético, estúpido y nauseabundo. La incertidumbre es nuestro emblema, sin importar de cuánta supuesta sabiduría creamos habernos bañado… Y sin importar nada más, moriremos como el resto y seremos olvidados en un tiempo ridículamente corto… Lo único que yo espero, así pues, es volver a recordar tu hermosa voz y escucharla cantar a lo lejos; como una dulce sonata de muerte que me tome entre sus brazos y me haga olvidar que nunca más volveré a besarte ni en esta ni en ninguna otra dimensión.

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¿Por qué demonios debería agradecer el estar vivo cuando todo por lo que suplico de rodillas y besando el suelo cada noche antes de acostarme es precisamente por lo opuesto? Cada vez entiendo menos cosas, pero creo que resulta natural que así sea. Y supongo ese es parte del castigo por ser humano y por ser yo: no recordar el origen, solo tener que experimentar el sendero de lo oculto sin tu luz ni tu amor. ¡Oh! ¿Dónde podrían estar ahora Dios si no es en el abismo de cada pensamiento suicida y en el llanto de cada corazón que late por mera obligación?

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La existencia no es más que eso: un acto de creación y destrucción interminable, carente de sentido y absolutamente caótico. Un completo galimatías de siniestras contradicciones en el que jugamos un papel inferior al de los peones en una partida de ajedrez. La existencia para seres tan inferiores como nosotros es un insulto de la peor calaña, ciertamente. Es un escupitajo de lo incomprensible y lo incierto directo a nuestras estúpidas caras. Es el vómito cósmico bañándonos hasta ahogarnos en su misterioso pantano de incertidumbre y locura. Finalmente, viéndolo así, solo puedo concluir una cosa: es un auténtico milagro que no nos suicidemos tan pronto como somos mínimamente conscientes de lo que en verdad significa existir… Aunque claro está que, como nota final y en tales condiciones, enloquecer siempre está más que justificado y es hasta deseable.

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El Color de la Nada


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