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El Color de la Nada 65

No me arrepiento de nada en mi vida, salvo de una sola cosa: haber vivido. Sí, así es… De haber nacido en un mundo absurdo y corrupto como este, donde la miseria y la crueldad gobiernan por encima de todo. Un mundo abandonado por Dios, carente de amor y plagado de imbéciles marionetas. ¡Qué feliz me siento al saber que, en breve, ya no formaré parte de esta caterva de monos parlantes que se hacen llamar seres racionales! Moriré y, con ello, morirán mi tragedia y la soledad que siempre me acompañó en los días más grises y melancólicos… Morirá también mi nostalgia encarnada, siempre presente para recordarme lo poco que amé y lo lejos que se haya de mí cualquier posible paraíso. Ahora ya todo es vano, ya de nada sirve lamentarse en las ruinas de este inmanente y siniestro colapso.

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Mis sueños estaban rotos, tanto como mi alma; fracturada por el caos y la miseria que en el mundo imperaban. Ya en mi dañada mente sobresalía tan solo un último anhelo: irme a acostar por la noche y no volver a contemplar ningún otro absurdo amanecer. ¿De qué serviría volver a despertar por la mañana? De nada, sencillamente de nada. Sería otro día lamentablemente absurdo y en el que tendría que volver a soportar a las estúpidas marionetas que me rodeaban. No debía continuar, ciertamente no. ¿Por qué lo hacía? ¿Qué clase de infernal y magistral fuerza era la que me impulsaba a salir de la cama y empezar nuevamente el mismo tormento de 24 horas que se repetía incesantemente? Lo que yo añoraba era la locura de muerte, el encanto suicida y el réquiem del vacío… En lugar de eso, ¿qué obtenía? Vivir sin sentido en una pseudorealidad grotescamente nauseabunda y atrapado en una fúnebre prisión llamada cuerpo.

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Solía creer que la vida era una tragicomedia absurda, hoy sé que ni a eso llega… Nosotros somos actores secundarios, empleados acaso solo para el entretenimiento inicuo de entidades más allá de nuestra comprensión. Creemos ser relevantes, ser el centro de la creación y el destino del universo… Quien quiera que nos haya contado estas y otras tantas mentiras, tenía quizá la única intención de endulzarnos el oído ante la cruda verdad; ante el sórdido abismo en el que retumban una y otra vez nuestros sueños rotos y nuestras esperanzas carcomidas. ¡Qué ilusos hemos sido hasta ahora! Pero puede que no sea culpa nuestra, pues aún puede que tengamos otra oportunidad de volver a soñar con menos culpa implantada y más consciencia emergente.

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Abandonar este mundo, sin importar lo que sea que otros digan, siempre será lo más acertado… No solo resulta indispensable abandonarlo en el tiempo y lugar correctos, sino sobre todo a pesar de lo que se intente para convencernos de lo opuesto. La muerte estará siempre ahí, sonriendo frenéticamente ante nuestro infinito temor y nuestro miedo más profundo, ¿qué más podría esperarse? El tiempo nos asfixia lentamente, como un asesino silencioso y fiel servidor del vacío que tanto nos empeñamos en no mirar. Ese es, quizá, nuestro mayor talento: evadir la realidad y aferrarnos con todas nuestras fuerzas a cerrar los ojos tanto como podamos. Entre más falsa esperanza es inyectada en nuestra sangre, más felices nos esparcimos por la eterna desgracia de la que invariablemente algún día seremos raptados sin consideración alguna. Así es como hemos llegado aquí y así mismo nos iremos muy pronto: sin saber ni entender nada, solamente sujetos a una experiencia de sufrimiento insondable y horror sin límites.

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Podemos intentar huir de todo y de todos, excepto de nosotros mismos… Y ese es el mayor problema de todos, esa es la manera más fehaciente de confrontarse cara a cara con la agonía de ser. Entonces entendía por qué todos ellos estaban ahí, sonriendo y simulando tan bien que sabían lo que hacían. Yo, por mi parte, había decidido no mentirme más y no huir más de mi soledad. ¿Quién más sino solo ella podía enseñarme lo que era realmente importante y valioso para mí? ¿Quién más sino únicamente el divino eco del silencio podía ilustrarme mejor que cualquier abyecto sermón, absurda perorata o trivial conversación? ¿Quién más sino la gloriosa esencia de la muerte podía susurrarme los enigmas de mi trágica existencia? Pero para escuchar todo esto, para escucharlo bien y de verdad, no bastaba con fingir saber, se debía estar dispuesto a sacrificarlo todo en su nombre. Es decir, se debía estar dispuesto a escalar las montañas más elevadas, a recorrer los caminos más tortuosos y a soportar las noches más frías y solitarias para el alma… Y no solo soportar todo esto, sino desearlo con el corazón: volverse uno con el abismo y conocer mejor que nadie las sombras de nuestro sangrante interior. ¿Cuántos estarían dispuestos a ello? ¿Cuántos no buscarían la inservible y ominosa compañía de los otros en lugar de abrazar su soledad y tristeza? ¿Cuántos preferirían seguir huyendo de sí mismos ante que forjar una espada con la cual asesinar todo lo que el mundo les ha convencido de ser? Todavía no sabemos qué es realidad ni mucho menos conocemos qué es el ser; ¿por qué entonces preferimos obedecer lo que otros imponen y no comenzar a cuestionarlo todo desde nuestro propio Sol?

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El Color de la Nada


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