Claro que el mundo es ahora un mejor lugar, aunque solo para aquellos que pueden pagarlo. Las mismas atrocidades e injusticias de siempre, pero enmascaradas tras fútiles actos de benevolencia y supuestas organizaciones que luchan por la paz mundial. ¡Qué asco de sociedad! Al fin y al cabo, todo vuelve a tender hacia lo mismo: el grotesco enriquecimiento de cada vez menos a costa del brutal empobrecimiento de cada vez más. La única errata en este circo de lo absurdo fue llegar a creer que, conforme el ser tuviera más ciencia y tecnología, la vida misma mejoraría para todos. El problema no está en la realidad, sino dentro de nosotros mismos: nuestro natural y aciago egoísmo que no nos permite vislumbrar algo más allá del beneficio propio y el materialismo más nefando.
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Tal vez cuando creamos finalmente haber encontrado el sentido de la existencia, careceremos instantáneamente de nuestro anhelado reflejo, pues nuestra limitada humanidad será nuestro mayor impedimento al intentar comprender lo incomprensible. Hasta que no nos hayamos despojado de todo impulso que nos arrastre de nueva cuenta a este plano sacrílego, la condena se repetirá una y otra vez. El tragicómico carrusel de mentiras nos atrapará como moscas en una inmensa y estúpida telaraña de la cual ya nada ni nadie podrá librarnos durante un largo tiempo.
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La miseria humana no es comparable a la que debe sentir cualquiera que quisiera alojarse en nuestro planeta; y creo que, irremediablemente, se suicidaría al primer día. Yo mismo me sobresalto al concebir todas las ocasiones en las que me he planteado seriamente abandonar esta horrible pseudorealidad sin que me importen las ulteriores consecuencias. Asimismo, me inquieto aún más al experimentar plenamente los desastrosos efectos del instinto de supervivencia. No me queda la menor duda: para matarse, lo primero que debe hacerse es no pensar en ello.
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Me sentía sorprendido al saber que, por el periodo de tiempo más ínfimo, todos podríamos ser reales por una vez en nuestras vidas; aunque acaso solamente lleguemos a tal estado en la mágica catarsis de la muerte. Mientras nos columpiásemos tan ridículamente en las cuerdas de la vida, nuestra suerte sería solo una mala apuesta. El azar y el tiempo casi siempre se emborrachan juntos y terminan fornicando con nuestra mente; nos trastornan de maneras tan pintorescas como sombrías, sin importar si lo deseamos o no. Somos asesinos de nuestros propios sueños y detractores de cada suspiro que en vano hemos proferido. Estamos tan cansados de nuestra impertérrita miseria, pero nos espanta sobremanera la idea de matarnos. ¡Cuán arraigados estamos en esta existencia infernal! Tanto que, aunque se nos ofreciera el paraíso ahora mismo, probablemente más de unos cuántos lo rechazarían sin dudarlo.
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El problema no es si dios existe, el problema es si a Dios le interesa existir. Y la verdad es que su silencio, indiferencia y hasta cierto sarcasmo me hacen pensar que en verdad existe, pero que es más caprichoso que mi exesposa y todas mis amantes juntas. Sí, ese ha sido el error más infame hasta ahora cometido y del que nadie ha querido sacar conclusión alguna: Dios, como la vida, es una mujer; solo que en constante periodo de menstruación.
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Cualquier intento de cambiar el mundo, por insignificante que parezca, vale más que todo el dinero que hay en él. Aunque al final no sirva de nada, puesto que este mundo ya no tiene ninguna posibilidad de ser salvado. Barrunto que inclusive desde su creación misma, este pandemónium de eviterna desdicha no tuvo de otra más que pudrirse lenta y dolorosamente. ¡Cuánto tiempo perdido en algo de lo que ya no puede surgir sino malevolencia y sórdida crueldad! ¡Cuántas veces no hemos caído todos en aquellas quimeras que hablan de un nuevo mundo repleto de amor, paz y dulzura! Más fábulas para quienes no tienen ya suficiente con qué engañarse, pero supongo que, desde cierta perspectiva, esto no está del todo mal. Una mentira no es ni buena ni mala, simplemente resulta desagradable para quienes aún buscan someramente la verdad.
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La Execrable Esencia Humana